Entre los cadáveres de todo lo que niego, se encuentra una falsa conversación que (no) he tenido a lo largo de estos meses con la memoria de mi perro muerto.

Tropo era su nombre, un nombre adoptado, como el perro mismo. Desde su muerte, comencé a deshilvanar muchas resonancias: recordarlo, en primer lugar, era guardar un sonido que configuraba nuestra manera de llamarlo.

Hasta hace poco caí en cuenta que Tropo poco (o casi nulamente) había tenido cabida dentro de los diferentes espacios del imaginario social, y que por eso –a lo mejor– tampoco se hablaba ya de su recuerdo en casa; ni mis sobrinos; ni mamá; ni el vecino rejego; ni si quiera mi hermano, que había traído a Tropo.

Mi perro no se llamaba Argos, Cipión, Tintín, Orfeo, Toto, Abuatiu o Berganza. No estaba cercado con la vida de Rilke, no llegó a tener el Nombre del dolor en el imaginario de Nietzsche, no había paseado la tarde con Chéjov, ni había estado presente en los murmullos de Rulfo o en el póker de Cassius Marcellus.

Fuera de lo que las enciclopedias católicas, los diccionarios de musicología o de lógica y los mentirosos manuales de retórica digan, mi perro no había sido nombrado más allá de la cola o alguna de las patas cojas que llegó a tener

Entonces caí en cuenta de las pocas puertas que se les destinan a los perros muertos. Tropo, después de todo, no era un perro semihundido entre dunas, y no había tenido una pared entera (una parte de la Quinta del Sordo, me refiero) solo para él; no tenía un trozo de mural con el cual se le recordara cada que entrásemos o saliésemos de casa. Comencé a cuestionarme cómo podía yo hacer para crear un camposanto de memoria para un perro.

Pensé en la forma circular que su nombre dibujaba en mi boca, y en como algunas cosas comienzan a ser después de ser escritas (o de su intento de escritura); pensé en dibujarle con mis letras una fotografía desde cero que pudiera abrirse un lugar en el próximo altar.

Recordé uno de los grandes trazos: el llanto del niño Abigael Bohórquez a la muerte de su amigo más amigo:

la muerte de mi perro sin palabras

me duele más que la del perro que habla,

y engaña, y ríe, y asesina.

Mi perro siendo perro no mordía.

Mi perro no envidiaba ni mordía

No engañaba ni mordía.

No supimos la causa de su sangre

Recordé también la forma en la que Draupadí de Mora trazaba con pulso firme su comienzo, como el de las grandes historias: “un día murió la más grande de las perras, la más perra gris de todas…”.

Sueño con tener esta sonoridad mítica para mi perro. Tomo el viejo tazón arrumbado en el traspatio y dejo que se escurra de la lluvia acumulada: comienzo a dibujar una lengua gruesa: angulo con fijeza la forma curveada, llego a la punta y desdoblo: una pregunta. ¿Por qué se curva hacia arriba el agua en el lugar donde se encuentra con el vaso? 

Mi perro curvaba la lengua hacia dentro, creaba una zona de gran superficie con la cual llevarse una gran porción de agua, y luego la volvía a meter en la boca, curvando a toda costa. Lo intentaba todo el tiempo en cada sed, a pesar de que siempre había un escape, por mínimo que fuera. Mi perro sabía las formas del agua. El agua es escape. La sed y las ganas de sudar son un escape.

Suelto el tazón. Creo que he terminado. Este trazo era lo único que conocía íntimamente de Tropo y con lo cual puedo yo representarle para devolverle algo de la materia fiel que él me concedió. 

Pensándolo bien, no sé si yo le enseñaba la lengua para que él fuese mi doctor a todas horas, o viceversa.

  • Ilustración: Rufino Tamayo

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