¿Qué vemos cuando dirigimos la vista hacia alguien?

¿Qué nos comunica cuando ese alguien nos dice lo que sea? ¿Cuánto es real de todo eso que vemos y escuchamos en el otro? ¿Cuánto y qué nos atrae de un extraño? ¿Cuánto y porqué nos seduce o nos repele la presencia de alguien más en nuestra vida y termina por entrar en una categoría que no encaja con los amigos, la familia, los vecinos o la escuela, así, como el personaje de la novela Revival de Stephen King? Así, como Ben (extraordinario Steve Yeun), el imposible personaje de Burning (2018), una obra maestra del director coreano, Lee Chang-dong.

En esta cinta de Chang-dong, Ben es el deseo no cumplido de Shin Hae-mi (Jong-seo Jun), una joven edecán de una tienda cualquiera en Seúl. Es la visión del hombre que lo tiene todo y es capaz de satisfacer el “hambre mayor” de la joven. Ben representa también la obsesión de Lee Jong-su (Ah-in Yoo). Jong-su quiere ser escritor, pero no sabe qué escribir, es pobre y ve cómo el extraño Ben se ha apoderado de la voluntad de su joven amiga.

Pero he ahí la virtud mayor del director asiático, lo que en principio parece un simple triángulo amoroso, Lee Chang-dong se encarga de plantear una relación compleja en demasía, narra la historia de los tres de tal manera que no sabemos, quizá nunca, quién es Ben. Qué crece y se revuelve en la cabeza de Jong-su respecto a sus ansias de escritor incipiente, a su amiga y al enigmático hombre que termina también por obsesionarlo.

Qué sensaciones reales o no plantea el alma de Hae-mi respecto a sí misma y a los dos hombres que la rodean

En Burning nada es lo que parece y en esa expresión se incluye la moral. Cierto día, Ben le confiesa a Jong-su que le gusta quemar invernaderos, extraño pasatiempo que lo emociona, aunque esos invernaderos, inútiles e inservibles, le pertenezcan a otras personas.

Ben asume que el bien y el mal no existen, que lo predominante en la vida son los valores de la naturaleza, existentes en simultáneo: “Estoy aquí y estoy allá. Estoy en Seúl y estoy en África. Así, ese tipo de equilibrio”. Ben le habla de que al final de cuentas, cada quien accede a su propia moral. Nadie es completamente bueno, nadie es completamente malo. Es una cuestión de equilibrio, como la naturaleza: “La lluvia cae. El río se desborda y provoca inundaciones que desplazan a la gente. ¿Crees que la lluvia se hace preguntas? No hay ni bien, ni mal”.

Chang-do también expone la idea de la soledad en un mundo marcado por la modernidad en una Seúl que vomita el capitalismo por todas sus arterias. Y la soledad es también insatisfacción por lo que se es, por lo que se tiene y no, por lo que se sueña y no se puede alcanzar, por lo que se ha alcanzado y, sin embargo, no puede satisfacernos. Equilibrio, al fin y al cabo.

Ben, es millonario y joven, pero insatisfecho de lo que tiene; Hae-mi es joven, bella, pero busca en Ben lo que no tiene y Jong-su es joven, quiere trascender a través de la escritura, pero no tiene el dinero y el encanto de Ben, ni el amor pleno de Hae-mi. Los tres están solos y, si se mira bien, los tres son patéticos, hartos de sí mismos, asqueados de tenerlo todo y no tener nada.

Una tríada oscura y miserable que Lee Chang-dong quema lentamente, los consume a pequeños sorbos hirvientes, a temperatura que aumenta con plena gradualidad hasta el máximo nivel en que sabemos, los tres habrán de explotar y quedarán en nuestra memoria por mucho tiempo.

Hae-mi, Jong-su y Ben caminan en las penumbras, son seres solitarios. Quien esto escribe le pregunta qué es pues la soledad a tres personas distintas y una de ellas dice que “la soledad es abrir bien los ojos y despojarte de toda construcción, que la soledad es sufrir un poco al darte cuenta de que, únicamente estando solos, los demonios se reconocen y te invaden para volver a sentir culpabilidad”.

Otra más expresa que, por ejemplo, “la pandemia ha permitido a mucha gente, ese sencillo acto de soledad, sobre todo a la gente acostumbrada a estar aquí y allá, a relacionarse necesariamente con un otro, para sentirse completo, lo que para ellos, para algunos, significa existir: estoy con otro, luego existo; comparto, luego me desdoblo, al grado incluso de ser otro, parafraseando la extraordinaria novela de Luigi Pirandello, Uno, ninguno y cien mil, todos esos somos”.

Y una más señala que para “los “malacompañados”, la soledad puede ser un estado emocional devastador, que genera ansiedad, angustia e inseguridad y aterrados por no caer en ella, se rodean de la peor compañía”.

Los tres personajes centrales de la cinta de Chang-dong, son entonces culpables de su miseria y soledad, son personajes del aquí y allá, son personajes “malacompañados”. Hartos de sí mismos, Hae-mi, Jong-su y Ben habrán de frustrarse

Basada en el cuento, Quemar graneros, del escritor japonés, Haruki Murakami, Burning se encuentra también envuelta y alimentada por la literatura. Jong-su, ya obsesionado por saber quién es en realidad el enigmático Ben, termina por compararlo con un gran tipo, como El gran Gatsby, en referencia a la mayor obra literaria de F. Scott Fitzgerald, en donde narra precisamente la historia de Jay Gatsby, otro excéntrico, misterioso y millonario joven.

Y William Faulkner, el escritor favorito de Jong-su, que expresa, cuando lee la obra del artista estadounidense: “le recuerda su propia historia”. Faulkner, de hecho, es autor de un cuento titulado, “Barn burning”.

Ese es el laberinto narrativo de Chang-dong para su propia adaptación de la obra de Murakami, Faulkner y Fitzgerald: lanza poco a poco cerillos que parece se apagan pronto en los diálogos, las actitudes y el comportamiento de los personajes, pequeños fuegos que preparan un gran incendio del tipo forestal, pero del que no nos daremos cuenta hasta que el fuego sea incontrolable y devastador.

Así, Chang-dong atraviesa con destreza el carácter de los celos, la profunda desigualdad social en una Corea del siglo XXI que progresa a pasos agigantados en términos económicos, la soledad y el deseo sexual reprimido, la insoportable confusión de lo que es y lo que no es, de lo que aparenta ser y termina por engañar los sentidos, dinámica que terminará por dejar en el ánimo, dudas que nos cercan y atrapan y pondrá las certezas a una distancia muy lejana.

Naomi Kawase y Gabriela David

Esta Road Movie abordará en sus próximas dos entregas, a dos cineastas singulares de geografías distantes: la japonesa Naomi Kawase y la argentina Gabriela David. La primera, aún activa y la segunda, fallecida hace una década, apenas a la edad de 50 años. De la directora asiática analizaremos Aguas tranquilas (2014) y Una pastelería en Tokio (2015) y de la argentina, reseñaremos sus únicas dos obras fílmicas: Taxi, un encuentro (2000) y La mosca en la ceniza (2009).

  • Fotograma: Burning
BICI