“Existe un puente llamado Sirât que une infierno y paraíso.
Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho
que una hebra de cabello, más afilado que una espada”.
El epígrafe que da entrada a esta colaboración es una definición de la vida, la vida como riesgo, como éxito y fracaso, como el sentido que se busca y la vaciedad que nos acecha. La necesidad de saber qué es importante, qué lo urgente. Sirât es el puente advertido si decidimos cruzarlo, el peligro de quedar atrapados en esa hebra de cabello, de ser heridos en el filo de su espada.
Oliver Laxe es el director español que ha delineado con Sirât (2025), una historia perturbadora e inquietante sobre la búsqueda de un propósito en la vida, sobre la utopía de la felicidad y la libertad. La obra de Laxe es una road movie aleccionadora y envolvente por su ritmo electrizante que se escribe con música techno y personajes al límite de sus emociones en un mundo que se cae a pedazos.
Luis (Sergi López) es un hombre de mediana edad que viaja a Marruecos con su pequeño hijo (Bruno Núñez) para buscar a su hija Mar. Luis sospecha que desapareció en el desierto marroquí mientras asistía una fiesta rave y hasta ese ambiente se desplaza para iniciar su búsqueda en compañía de un grupo de ravers que serán su faro en el extraño viaje que le espera y al mismo tiempo, la concepción misma de un mundo que no entiende y habrá de envolverlo junto a su hijo y obligarlo a cruzar el puente existencial del Sirât.
La cinta de Oliver Laxe discurre luego en una serie de elementos simbólicos que cuestionan el mundo y su sistema de existencia, se sugiere, sin decirlo abiertamente, que el planeta ha colapsado debido a las ambiciones humanas y su espíritu bélico
Y en ese contexto, Luis, su hijo y los ravers representan una especie de huida hacia adelante, un desprecio por lo establecido y el dictado de una forma de vivir que no aceptan.
El desierto marroquí es el escenario monumental y despiadado que cobija a los protagonistas y en medio de la inmensidad, la música es el suplemento alimenticio del alma, el refugio en donde los compañeros de Luis se abandonan y confían en su ritmo sanador por medio de sus cuerpos que se balancean y desconectan de la realidad, característica confiada al arte y su generación de emociones.
Se dice que en su estreno en España, hubo espectadores que decidieron abandonar la sala ante el disgusto provocado por la película de Laxe, pero quienes nos quedamos en otras salas, en otras latitudes del mundo, decidimos como los ravers, abandonarnos a su narrativa por momentos casi hipnótica, al sufrir de los protagonistas y a los cuestionamientos sobre el arte de sufrir y aprender de ello.
Sí, no es una película fácil de digerir porque Laxe no se adhiere a los cánones básicos de un solo género, Sirât es una mezcla extraña de road movie, western, thriller y un complejo musical
El director español conjuga también la parsimonia narrativa con bombazos de adrenalina pura, largas estampas que nos permiten atesorar la belleza inquietante del desierto para azotarnos luego con su infierno y las desgracias que esconde.
El mundo puede caber en un automóvil o en una camioneta, pero no necesariamente sus razones o la fórmula para escapar de lo que no se desea en un mundo hostil. Luis, su hijo y los ravers conducen a través del desierto en busca una joven perdida y de una nueva fiesta rave, pero las circunstancias les obligarán a reflexionar la existencia porque por momentos, la inmensidad del desierto parece decirnos que viajan a la nada en busca de no sabemos qué.
Acudimos a una especie de travesía freak no solo en el encuentro de un mundo incomprensible para quien nunca se ha acercado a ese estilo de vida, también lo atestiguamos en sus formas de convivencia cotidiana, cercanía en la que Luis y su hijo encuentran una especie de familia elegida que los ayuda en la búsqueda de la hija y la hermana perdida.
Pero su alejamiento de las normas establecidas también lo podemos ver en su físico, a uno de sus personajes le falta una mano y a otro una pierna que sustituye con una prótesis de metal, verlos bailar bajo esas condiciones físicas nos adentra en un espectáculo fascinante a la vez que conmovedor no por morbo, sino por la imagen de libertad que emanan.
No es casual un detalle que puede parecer inadvertido, uno de los ravers viste una playera que tiene estampada una imagen de la clásica película Freaks (1932) de Tod Browning, obra espejo en la que ven reflejado su propia condición de marginación existencial
El mismo Oliver Laxe en una entrevista con eldiario.es decía que los ravers sentían que con Sirât por fin habían sido retratados con dignidad lejos de la imagen de vagos, perezosos y drogadictos, idea alejada, dice Laxe, de su verdadera identidad en donde muestran sus valores, su militancia, su coherencia radical, sus cuidados y su conciencia ecológica.
Y ese retrato fiel de los ravers es más auténtica cuando sabemos que se interpretan a sí mismos en la persona de Stefania Gadda, Jade Oukid, Richard Bellamy, Tonin Janvier y Joshua Liam Herderson, miembros de esa comunidad que no actúan, son naturales en sus diálogos y en la forma de ver la vida y la muerte como Laxe trata de plasmarla y entenderla.
Con guion del mismo Laxe y Santiago Fillol y fotografía de Mauro Herce, Sirât se ha alzado ya con cinco premios europeos y es la candidata de España para el Oscar a mejor película internacional. Oliver Laxe propone una nueva forma de narrar, y no invita, reta al espectador a enfrentar una obra descomunal en una muestra total de cómo las emociones humanas son llevadas al límite, por eso, cada premio ganado será bien merecido para un director al que hay que seguir poniéndole mucha atención.
Unas declaraciones provocadoras
En días pasados, Oliver Laxe hizo unas declaraciones un tanto cuanto polémicas cuando dijo que es nuestra culpa que los jóvenes no vayan al cine. Les hemos dado pan bimbo y su paladar ya no está acostumbrado al pan de cereal puro.
Las palabras de Laxe empatan con las que alguna vez emitió el ya fallecido cineasta William Friedkin, quien alguna vez también lamentaba la poca curiosidad fílmica del consumidor de películas. Dijo Friedkin:
El paladar de la mayoría de los cinéfilos está tan atiborrado de hamburguesas de McDonald’s que ya ni siquiera son capaces de reconocer la buena comida.
Ni cómo rebatir a ambos directores, tienen toda la boca llena de cereal puro y buena comida.
- Fotograma: Sirât