A veces, los lugares más importantes te enseñan exactamente lo contrario de lo que esperas aprender. El Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares fue uno de esos lugares para mí.

Llegué ahí como escritor con cierta trayectoria, años en el oficio, alguien que ya había recibido algunos reconocimientos, pero que aún cargaba con esa ambición secreta que nunca abandona del todo a quienes escribimos. Este es el espacio donde cada abril se entrega el Premio Cervantes, el Nobel de las letras en español. Entre esos muros han caminado Borges, Octavio Paz, García Márquez y Vargas Llosa. Gigantes cuyas presencias parecían aún flotar entre las columnas renacentistas.

Me senté en una de las sillas del auditorio —no la de los galardonados, claro, sino una cualquiera de las que ocupan los mortales— y esperé sentir lo que creía que debía sentir: inspiración, determinación, tal vez un poco de esa hambre sagrada que mueve a los escritores a perseguir la gloria literaria. Pero lo que llegó fue completamente distinto.

Fue como si alguien hubiera apagado un ruido que llevaba años sonando en mi cabeza.

Durante años había cargado con una mochila llena de “deberías” literarios, incluso después de haber recibido algunos premios. Deberías escribir como los clásicos. Deberías dominar tal o cual estilo. Deberías buscar la originalidad, pero no demasiada. Deberías ser profundo, pero accesible. Deberías aspirar a este premio, a esa antología, a aquel reconocimiento mayor.

Sin darme cuenta, convertí la escritura en una carrera de obstáculos. Evaluaba cada texto que escribía no por lo que decía o cómo me hacía sentir, sino por qué tan cerca me acercaba a ese ideal difuso de “literatura seria”. Empecé a escribir no para los lectores, ni siquiera para mí mismo, sino para un jurado imaginario que vivía en mi cabeza y que tenía la cara compuesta de todos los autores que admiraba.

La ironía es brutal: en mi afán por llegar al templo de las letras, había olvidado por qué había empezado a escribir ficción. Allí, en ese anfiteatro cargado de historia literaria, entendí algo que suena casi sacrílego: el Paraninfo no era la meta. Nunca lo había sido

Los escritores que recibieron el Cervantes no escribieron para llegar ahí. Escribieron porque tenían algo que decir, algo que los quemaba por dentro y que necesitaba salir. El premio llegó como una consecuencia, no como un objetivo. Una hermosa consecuencia, sí, pero al final del día, solo eso.

Me imaginé a García Márquez escribiendo Cien años de soledad en su cuarto de México, sin saber si alguien lo leería, mucho menos si algún día estaría sentado en esta misma sala recibiendo aplausos. Lo imaginé escribiendo por pura necesidad, porque Macondo se le había metido en la cabeza y no lo dejaría en paz hasta que lo pusiera en papel.

Y entonces lo entendí: la literatura no es una escalera hacia el reconocimiento. Es una conversación. Un diálogo íntimo entre quien escribe y quien lee, mediado por las palabras. El Paraninfo, con toda su solemnidad, era solo el lugar donde a veces se celebraba esa conversación, pero no era la conversación misma.

Sentado ahí, hice un inventario mental de mi juventud, de todas las veces que mutilé una idea porque no encajaba en lo que creía que era “literatura de calidad”. Cuántas veces pulí una frase hasta quitarle toda la vida, solo porque sonara más “literaria”. Cuántas historias descarté porque me parecían demasiado simples, demasiado personales, demasiado… mías.

Intenté escribir como alguien más, para alguien más, sobre algo que creía que los demás querían leer. Debería comportarme a la altura del mercado y las tendencias. Confundí admiración con aprendizaje, fórmula con calidad, complejidad con profundidad.

Pero los grandes escritores —esos cuyos nombres graban en las placas de honor— no fueron grandes por seguir moldes. Fueron grandes por romperlos, por encontrar su propia voz y no soltarla jamás, incluso cuando el mundo literario les decía que estaban equivocados

En ese momento de silencio, rodeado por el peso de la tradición literaria, me sentí más libre que nunca para escribir.

Libre de la presión de ser profundo en cada párrafo. Libre de la obligación de citar a los clásicos. Libre de la necesidad de impresionar a nadie que no fuera el lector que, en algún lugar, estaría dispuesto a acompañarme en el viaje que mi historia propone.

Entendí que mi trabajo no era llegar al Paraninfo. Mi trabajo era sentarme cada día frente a la página en blanco y ser honesto. Contar las historias que necesitaba contar, de la manera que necesitaba contarlas. Confiar en que, si lo hacía con sinceridad y dedicación, encontraría a sus lectores.

Salí del Paraninfo con una sensación extraña. No había perdido el respeto por ese lugar ni por el premio que ahí se entrega. Al contrario, lo entendía mejor. Ahora sabía que el verdadero premio no era la ceremonia, sino el momento en que un lector, en cualquier parte del mundo, cierra tu libro y siente que algo ha cambiado en él.

El premio no es el reconocimiento de la institución literaria, sino la carta de un desconocido que te dice que tus palabras llegaron en el momento exacto en que las necesitaba. No es la foto en los periódicos, sino la certeza de que has sido fiel a tu voz, incluso cuando nadie más la escucha.

El Paraninfo seguirá ahí, majestuoso y solemne, esperando cada abril para celebrar a los grandes de las letras. Y está bien que así sea. Pero yo ya no escribo para llegar ahí. Escribo para llegar a ti, lector, donde sea que estés leyendo estas líneas.

Y esa, descubrí, es la única meta que realmente importa.

Porque al final, la literatura no se trata de llegar a lugares sagrados. Se trata de crear momentos sagrados, uno por uno, palabra por palabra, hasta que lector y escritor se encuentren en ese espacio íntimo donde solo importa la historia que se está contando.

  • Pintura: Marina Kovalena