En el seno del catolicismo la contemplación y el recogimiento estuvieron durante siglos en la cúspide de la adoración a Dios.

El trabajo material, que conducía a los bienes de este mundo, era una distracción del trabajo espiritual. La exhortación era amasar riquezas para el alma en la vida eterna y la pobreza era una vía segura para eso. La riqueza terrenal, en cambio, era una tentación del maligno.


El trabajo tenía otro significado: era una penitencia, una expiación. Peor: el libro del Génesis representaba al trabajo como el castigo divino a la desobediencia del hombre: “y el hombre tuvo que trabajar y arrancar a la tierra el fruto con el sudor de su frente”.


La Reforma protestante cuestionó los postulados católicos, entre ellos la necesidad de sufrimiento para ser grato a Dios y ganar el cielo. Además reemplazó estos valores por el derecho a la felicidad, a la dicha y al trabajo

La propia realización dejó de ser vista como una forma de soberbia, o de vanidad, o incluso de avaricia, todas ellas manifestaciones de lo que el catolicismo considera pecados capitales.


Los nuevos postulados que defendió la reforma protestante fueron llevados por la Reforma calvinista a un siguiente nivel. Con los calvinistas el trabajo dejó de ser definitivamente un castigo divino y se convirtió en un deber cristiano: no sólo no era un castigo, sino que Dios mismo mandaba al hombre trabajar para ser digno de su amor.


En el seno del calvinisno se engendró la secta radical de los puritanos que emigraron a América en pos de su propia tierra prometida. Las comunidades puritanas, con su concepto extremo y radical del trabajo, fueron uno de los pilares en la colonización de América. Se distribuyeron a lo largo de Nueva Inglaterra, en la costa este de los Estados Unidos, y luego participaron en la conquista del salvaje oeste.


Su entrega ferviente al trabajo, su devoción por el trabajo, y su estilo de vida austera, les permitió sobrevivir con estoicismo a las condiciones adversas y a los peligros de esa vida azarosa. Así forjaron comunidades fuertes y cometieron excesos como la cacería de brujas en Salem, Massachusetts.


Para estos pioneros el trabajo era una forma segura de adoración a Dios. Dedicaban a Él sus afanes y los rigores de cada jornada. La riqueza así obtenida era indicación de que su esfuerzo era grato a Dios, era la aprobación divina de sus esfuerzos. Por tanto, no se sentían culpables de vivir en la bonanza. Y la buena fortuna era el mejor indicador de que cumplían con su deber cristiano.


Como expone Byung-Chul Han en El aroma del tiempo, al elevar el trabajo a la categoría de un deber con Dios, a un imperativo divino, los calvinistas sentaron las bases del capitalismo


Sólo teniendo un origen religioso se entiende la fuerza y el poder de este principio de vida y de esta filosofía de organización política y social.
Y sobre esta base está forjada la nación más ambiciosa, poderosa y menos acomplejada del mundo moderno. Sobre esta creencia del derecho al propio destino, está cimentado el american way of life.



El catolicismo creó y encumbró la imagen del Dios manso y humilde en la figura de Jesús. Esta narrativa la empleó en la Conquista de América para someter la conciencia y la rebeldía de los pueblos autóctonos, dando origen a una cultura continental de individuos sometidos, con las siguientes características:

  • Aceptan su destino aciago, en obediencia a la exhortación de “si te golpean en una mejilla, pones la otra”.
  • Ofrecen su dolor a Dios.
  • Sufren para expiar sus pecados.
  • Exaltan el valor de la pobreza y desconfían de la riqueza que corrompe y que degrada, porque “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico llegue al reino de los cielos”.
  • Celebran a Dios con la fiesta y la molicie, pues el día dedicado a Dios es día de guardar en obediencia al séptimo día, el día que Dios descansó de la Creación.

Las consecuencias de estos preceptos religiosos han engendrado dos culturas: la de los conquistadores (los que van a la Conquista: de su desino, de su futuro, de su derecho) y la de los conquistados (los sometidos: al destino, a las condiciones sociales, a las circunstancias de la vida).

  • Ilustración: Nicola Verlato