“Con una botella de caña en la mano
gritaba ¡Viva Zapata!
porque era ranchero el indio suriano
era hijo de buena mata”.
Antonio Aguilar
En su libro Señales debidas (FCE, México, 2011), Guillermo Sheridan señala que, al arribo de las tropas revolucionarias a la ciudad de México en 1914, los zapatistas hicieron ceviche con la colección de peces japoneses que presumía José Juan Tablada en su jardín de tendencia nipona de su casa de Coyoacán. La afirmación sugiere dos aspectos.
El primero, un error gastronómico por parte de Sheridan, pues si algo pudieron hacer los revolucionarios con aquellos peces fue un buen sushi y no un ceviche estilo Caleta. El segundo, y por supuesto más importante, revela que posiblemente el ataque de los zapatistas a la propiedad del poeta no fue fortuito, sino más bien se trató de una especie de venganza debido a que Tablada escribió en contra de la causa sureña.
Desde las páginas de los diarios de la época, en el momento más álgido de la contienda revolucionaria y luego de la Decena Trágica, el poeta no se cansó de alabar al gobierno usurpador de Victoriano Huerta, pese a que las ideas y políticas públicas ideadas por este personaje perjudicaron a las fuerzas zapatistas, así como a todo el grueso de la población morelense.
A diferencia de los otros brotes rebeldes, la lucha en el sur no se componía de un Ejército insurgente, sino más bien se trataba de un movimiento social que se fue articulando durante más de tres siglos, con raigambre indígena, y cuya eclosión se dio alrededor de 1860, cuando los caciques y hacendados de la región llevaron a cabo medidas en prejuicio directo de los campesinos.
Por su labor militar en Morelos, Huerta conocía muy bien esta característica del zapatismo. No es casualidad que a su arribo al poder desde la prensa se fustigue al movimiento.
Los artículos publicados en El Imparcial dan cuenta de la manera en que se veía a los rebeldes sureños: “¿Por qué no decirlo, si el concepto está remachado con el hierro de los hechos en lo hondo de la opinión pública? Hay en estos momentos una idea que turba todos los espíritus, que se adhiere a todas las conciencias, que pugna por salir de todos los labios: o el Gobierno acaba en plazo brevísimo con el ‘zapatismo’ o el ‘zapatismo’ acabará, a la larga, con el Gobierno. Aquí hasta las piedras son zapatistas”, escribían los generales del Ejército federal para referirse a la imposibilidad de acabar con las fuerzas de Emiliano.
Y bien lo habían entendido los intelectuales de ese momento: el zapatismos se alejaba de ser un ejército. Era un pueblo, todo un pueblo, luchando desde las entrañas del sur del país: “los zapatistas son todos los que habitan en Morelos y están dentro de los límites del Estado”, se leía en los diarios
Buscando la “higiene pública” que periodistas y escritores exigían desde la prensa, Huerta mandó a Morelos al comandante Juvencio Robles para acabar con la insurrección bajo una nueva estrategia: despoblar regiones enteras del estado, para traer trabajadores más eficientes y no “contagiados” con el virus del zapatismo.
¿De dónde saldrían esos nuevos jornaleros si grandes sectores de la población agrícola, más allá de la tierra morelense, desde Yucatán hasta el sur de Estados Unidos, se estaban uniendo al Plan de Ayala? La respuesta no podría ser más extravagante: 30 mil campesinos venidos de Japón repoblarían Morelos una vez terminada la limpia llevada a cabo por el general Robles.
De manera increíble desde la prensa se apoyó esta media tan radical como absurda. Alguna de esas notas se tituló: “30,000 japoneses colonizarán Morelos. Los industriosos nipones irán a fertilizar los campos del rico Estado”. El texto afirmaba: “Por el impulso de los japoneses industriosos y trabajadores, aun cuando el estado de Morelos quede casi en ruinas y asolado por completo por la guerra que se ha librado durante tanto tiempo en sus tierras antes fértiles y productivas, en poco tiempo, en meses tal vez, los nipones harán que el estado adquiera su antiguo prestigio y esplendor, figurando como siempre como una de nuestras más ricas entidades”.
Uniéndose a los mismos discursos en apoyo de las medidas gubernamentales y dando con su figura de intelectual un rasgo legitimador al gobierno golpista, José Juan Tablada escribió en ese momento: “El general Huerta es semejante en su estoicismo impávido a los japoneses y a los guerreros del viejo Anáhuac. El pueblo cariñosamente, con evidente orgullo nacionalista, lo llama ‘el indio Huerta’. Tiene, en efecto, las virtudes insólitas de la raza en sus días heroicos. Es de bronce, ya lo he dicho, del mismo bronce de Cuauhtémoc, que no pudo fundir la infame hoguera”.
Y de forma panegírica, con halagos al por mayor, rayando en lo místico y con un estilo rimbombante cerraba el artículo: “Hay que apartar los ojos de los sombríos dramas callejeros, de la venganza innoble y del bajo rencor y levantarlos a lo alto donde brillan glorias como las que he intentado consagrar en estas líneas; genios como el de todos nuestros héroes, como el genio militar del general Huerta, brillan sobre la tierra convulsa, lucen con rayos de oro en el zodiaco de la Patria y hoy la iluminan y mañana la guiarán, como los astros del cielo guían a las naves sin rumbo en medio de la noche obscura y del océano proceloso”.
El resultado del pretendido exterminio de los zapatistas fue una peregrinación de violencia. Robles destruyó pueblos enteros, los soldados violaron mujeres, cientos de familias fueron desplazadas, hubo muertos y saqueos de los que incluso se quejaron los propios hacendados, quienes en un principio apoyaron las acciones oficiales. Mediante “la leva” cientos de campesinos fueron apresados para ser usados como carne de cañón en los enfrentamientos en contra de los rebeldes del norte: Carranza y Villa, los principales enemigos en esa zona de México.
Luego de la caída de la dictadura de Victoriano Huerta, dice Sheridan: “Tablada tendría que exiliarse a los Estados Unidos. Con ella se colapsó lo que restaba del ‘ancien régime’ al que Tablada había sido fiel durante lustros a cambio de una riqueza más que adecuada. Los zapatistas no tardarían en arrasar su casa y hacer ceviche con los ‘kio’ sagrados de su estanque”.
- Foto: Especial