La expresión que da título a esta entrega de la Road Movie es del filósofo Norberto Bobbio. Citado por analista político Jesús Silva-Herzog Márquez en su libro La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política (FCE. 2006), Bobbio escribe que “el gran patrimonio del viejo está en el maravilloso mundo de la memoria”.

Silva-Herzog apunta la visión del intelectual italiano sobre esa etapa de la vida y dice: “la vejez es horrible. Engaña quien dice lo contrario. Con frecuencia hasta la memoria, la única fortuna se extravía. Camina despacio, se rezaga, se repite, aburre”.

Sí, la vejez es horrible decía el viejo Bobbio quien sabía, dice Silva-Herzog, que esa época es fea “y además dura una eternidad” y remata también el politólogo mexicano: “Basta ver el dolor de los hospitales, la soledad de los asilos, la desesperanza de los enfermos… Toda la vida por detrás. Ha llegado el final”.

El cineasta franco-argentino Gaspar Noé ha firmado su nueva cinta con un retrato cruel, terrorífico y devastador sobre la vejez y el umbral de la muerte

Noé se ha caracterizado a lo largo de su carrera por incomodar con su narrativa a los espectadores, no tiene concesiones con la vista de quien se atreve a contemplar su obra.

No olvidar la clásica escena de Irreversible (2002), en donde el personaje de Monica Bellucci es violada en una estación del metro y la secuencia es insoportable ya no solo por el hecho mismo del brutal acto si no también por la duración de la escena, nueve minutos perturbadores en donde el espectador exige para sí mismo que por favor pare.

En Vortex, Noé nos presenta a una pareja de ancianos interpretados de manera impresionante por Francoise Lebrun y Dario Argento. Ella, afectada por el Alzheimer y él, por males cardíacos, enfermedades que los hacen dialogar con la muerte y el dolor en una vorágine de tristeza, una intolerable angustia de ver el descenso y la decrepitud de un par de seres humanos, que sirven también como espejo y reflejo para vernos a nosotros mismos en la horrible realidad de esos viejos.

La nueva película de Gaspar Noé puede ser una paradoja demoledora porque Vortex es cruel, pero es al mismo tiempo conmovedora; es una historia de amor, pero también hace que probemos litros y litros de hiel; es íntima, pero también desnuda el alma sin pudor alguno.

Noé es un director acostumbrado a dar puñetazos indiscriminados a sus seguidores y a los que no lo son también. Vortex es difícil de ver, pocas películas manifiestan un dolor y una tristeza tan grandes como esta. La decrepitud mental y física que provoca la vejez, pocas veces es tan descriptiva, tan a flor de piel y en carne viva como el cineasta franco-argentino la lleva a cabo, pero quien conoce la obra del cineasta, sabe a qué va, sobre advertencia no hay engaño.

Apunte también que vale mucho la pena destacar es la forma en que Gaspar Noé narra la historia: lo hace a partir de pantalla dividida y en ambos cuadros, el director subyace un simbolismo sobre la decadencia del cuerpo y la mente

La pareja de ancianos convive en su departamento, pero al mismo tiempo parecen orbitar mundos distintos: mientras a ella el Alzheimer la derrumba gradualmente, él planea la escritura de un libro sobre el cine y los sueños.

Mientras él acarrea sus males cardíacos, ella vive ajena a la enfermedad de su esposo. Navegan en un mismo mar de soledades compartidas que la división de la pantalla hace más elocuente y gráfico porque permite vislumbrar ese vortex, ese remolino de emociones y sinsabores aderezados por un hijo que se confiesa incapaz de apoyarlos de manera adecuada en tanto él mismo lucha con sus propios demonios que no quiere ver reflejados en su primogénito. Un galimatías existencial que solo la muerte podría solventar con plena contundencia sin dejar lugar a dudas.

Esta nueva obra de Noé se une así a las no menos dolorosas cintas como Amour (2012), de Michael Haneke, película que narra la vida un anciano matrimonio azotado por el derrame cerebral que sufre la esposa y obliga a su marido a cuestionarse sus posibilidades para saber cuidar a su mujer y al mismo tiempo plantearse una redefinición del amor, del papel real de un cónyuge obligado moralmente a responderle a una pareja enferma y condenada a la postración.

Vortex también se hermana a esa otra cinta no menos brutal como lo es El Padre (2020), de Florian Zeller en donde un anciano padre de familia ve cómo su cerebro se apaga con la desmemoria y sufre la terrible confusión de sus días agobiantes, claustrofóbicos y sin sentido. Su mente es ya una ruina y su hija deberá lidiar con esa crucifixión existencial que la agobia hasta las últimas consecuencias.

La vejez es un tema tratado en innumerables ocasiones por el cine, pero no hay duda que Gaspar Noé toma la batuta para quitarle a esa etapa cualquier halo de romanticismo y lo convierte, por el contrario, en un paisaje de terror desolador

Vortex tiene que ser considerada en ese rubro, en ese género del horror real, porque real es la inquietud de saber que el paso de los años es también paso al cobro de facturas por una existencia vivida para bien o para mal. La muerte toca a la puerta, va a cobrar su derecho tempo-espacial. Nada más hay por hacer.

Volvamos a La idiotez de lo perfecto, el libro de Jesús Silva-Herzog Márquez y su referencia a El Hacedor de Jorge Luis Borges:

En el epílogo de El hacedor, Borges hace el retrato de un anciano. “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

La vida es una fiesta corta que pronto será olvidada

Cuando un nuevo ser humano viene al mundo y ve la llamada primera luz luego de nueve meses dentro del vientre materno, al menos desde la concepción de la vida y sus circunstancias más optimistas, pensamos que es motivo de festejo y celebraciones a granel. Una nueva existencia se avecina y promete enriquecer el mundo.

Luego se cumple entonces con la mínima expresión del devenir humano: se nace, se crece, se desarrolla y se muere. Un cementerio o una urna es el destino del que fue. Hay millones y millones y millones de muertos a lo largo de la historia del hombre.

Uno de los carteles promocionales de la obra de Gaspar Noé estampa una expresión lapidaria para esa fiesta del que nace y los que reciben esa promesa. Es el recordatorio de nuestra finitud y posterior ostracismo de la memoria: La vida es una fiesta corta que pronto será olvidada.

  • Fotograma: Vortex