Hace años pienso en una historia que tenga como paralelo o que cruce con el meteórico ascenso de Fernando Valenzuela en las grandes ligas.

Usar de pretexto al pitcher, figura de los Dodgers, se me antojó siempre como una especie de símbolo.

De Etchohuaquila para el mundo, me repito involuntariamente. Lo hago emocionado además pensando en las imágenes de algún documental sobre el jugador de beisbol que dormía en la misma cama con sus cinco o seis o diez hermanos, ya no lo recuerdo.

Me ha resultado una tentación o un estímulo, una necesidad. He intentado distinguir qué es lo que me orilla a figurar historias situadas en ese tiempo que yo distingo, además, como en Fujifilm o a través de una pantalla a colores, cuya nitidez es ridícula, en una trasmisión gastada o borrosa donde siempre aparece una mujer con caireles que suben y bajan al ritmo que ella corre.

A la mujer que corre se le ve una piel tostada y brillante, como de comercial de bloqueador solar (quizá sí es un comercial y se me quedó en el subconsciente) que se acerca al espectador corriendo en cámara lenta mientras se escuchan repeticiones de un sonido como de relámpago o de magia o algo estridente que indicaría una transformación o un esfuerzo o un triunfo.

Siempre pienso que esa mujer corre del agua de esa bahía porque es agua helada de playa de California con oleajes inclementes y temperatura como para tiburones

De hecho, debería decirlo, en mi historia todo debe ser leído así. Nada de vértigo de estos tiempos del HD, nada del maniqueo uso de los filtros del IG. Imagino una historia vista por un niño que nos llega gracias al filtro de su mirada, original, directa de la televisión donde se está exhibiendo al Toro Valenzuela lanzando un juego sin hit ni carrera mientras que, en las tribunas, hay muchos vestidos con la playera de los Ángeles, yérseis apretados para los muchachos, que lucen brazos como de Rocky, ombligueras o camisas de botones pero ceñidas a la cintura con un nudo que deja ver un poco del cuerpo curvo para las mujeres, que son mujeres de los ochenta.

En esta imagen, los pantalones de ambos, de hombres y mujeres, son acampanados. La tribuna, todo en la tribuna que panean las cámaras de alguna televisora que trasmite el juego y lo que sucede en el estadio, nos llega oscurecido porque el alumbrado es de luces blancas y esas luces apuntan al diamante pero no a los aficionados. Sabemos que se trata de algarabía, o al menos eso podemos imaginar: se bebe cerveza, se sonríen unos a otros, se abrazan, vitorean al pitcher en el que cimentan sus esperanzas ¿de éxito? ¿De triunfo? ¿De ilusión a la norteamericana? Y se habla inglés y español mezclados.

Ahí inicia, no la historia, sino mi visión. Una escenografía vista a través de un televisor que junta imágenes indiscriminadamente o literariamente, todavía no lo defino.  He conjeturado desde hace años esta historia en donde una muchacha de Mérida recorre todo México hasta llegar a Tijuana a la par de saber la historia de Valenzuela.

Existe permanentemente la conciencia de las dos historias que amenazan o prometen entrelazarse en algún momento; sabemos que existe el jugador de beisbol mientras seguimos o sabemos que existe también nuestra protagonista.

Cuando llega a Tijuana, unos tíos, que ya tienen papeles, que viven en el otro lado desde hace lustros, la recogen. Pasan por ella a una estación de autobuses lúgubre, como de la peor gasolinera del mundo, pero en donde no se teme, o no del todo. Es como si fuera un territorio neutro donde los bandidos son condescendientes con los paisanos y es la última orilla para no sentirse menos por ser mexicano o yucateco. Digamos que es una frontera del miedo antes de llegar frente a la migra que pide los papeles o revisa cajuelas de los automóviles con perros olisqueando o le habla a los peregrinos un inglés con acento alargado que reta. Se sabe esperar y el desierto que habita una muchacha tímida que aguarda a sus familiares le sirve para alimentar las esperanzas de que le vaya bien en el gabacho.

Ella viene de la otra frontera, del roce con Belice.

Los familiares acuden por ella pasadita de la madrugada, casi al alba. La verán sentada en las bancas de la terminal al entrar, plataformas de correa, pantalones acampanados, blusa de cuellos grandes, un suéter gris, tejido, y pañoleta en el pelo. Ella ha viajado varios días y ha transbordado al menos una vez, quizá dos; depende de las corridas de autobuses. Podría decirse que viene de Mérida y pasa hasta la Ciudad de México.

Aunque también podría afirmarse que ahí, en la Ciudad de México, toma el primer autobús que la ponga en una ruta hacia el pacífico.

Ese autobús es el que la lleva a Irapuato y en la ciudad fresera toma otro que empezará a ranchear rumbo a Guadalajara. Podría ser la línea Tres Estrellas de Oro que la llevará a Tijuana ya sin tener que cambiar de carro. Esos detalles todavía no se saben

Los que sí creo que aparecerían corresponden a una parada en Mazatlán, no en una terminal de autobuses, sino en una especie de base: un restaurante carretero o paradero en donde abordan al autobús vendedores de alimentos y de recuerdos. En Mazatlán a la protagonista se le antoja un coctel de camarón que algún vendedor ofrece. Lo importante de este pasaje es que lo recordará como su primer probada de otro mar, el mar de Mazatlán.

Recordará el acento del vendedor y el cierto humor diferente al de Mérida, donde se habla con un acento absolutamente reconocible, pero que no es éste que escucha ahora. Este se come las s cuando se habla. Es un acento que jamás había escuchado e incluso se ve sorprendida sonriendo un poco divertida y también se emociona de entender este tipo de español. Siente que con el cambio de acentos también se acerca al norte o se siente en otro lado que ya no es la península desde donde partió. Sale de su pueblo. Empieza la aventura. Con miedo a una infección o alguna alergia se entrega a la temeridad de pedir a ese señor de gorra alusiva a algún candidato priista, Antonio Toledo Corro podría ser, un vasito con cóctel de camarón.

También la seguiremos en sus miradas al horizonte o a lo que se ve al otro lado de la ventana de ese autobús Dina que no conoce el aire acondicionado. Todo el camino mira al vidrio rayado y empañado y se entrega a los recuerdos. Intenta explicarse por qué carajos ha decidido viajar, incluso ha pensado en que no quiere volver a Mérida, no por un tiempo. Aunque volverá. Sus pensamientos no son nostálgicos. Contienen miedos y ansiedad, pero no nostalgia. Evoca sin afección, sólo como una cinta de fotografías que de pronto cobran movimiento pero en negativo. Es un rollo negro que le muestra personas blanco y negro.

 Es necesario describir a nuestra protagonista. No es Mia Farrow, la del comercial. No tiene caireles dorados ni su piel es tostada y brillante. La mujer en la que he pensado como protagonista de esta historia tiene nariz redonda, un lunar en el labio, del lado derecho, y cejas pobladas, como de diadema. Tiene los labios pequeños, como metidos. Los ha pintado de rosa pálido, así como los párpados de un azul cobalto muy de moda entre las actrices o entre las modelos de portada de las revistas que ha revisado en consultorios médicos o salones de belleza donde ha tenido que esperar alguna vez. Ha usado la base en el cabello desde que era casi adolescente, desde la secundaria donde todas se hacían la base. Pienso, no sé por qué, que es una moda de los ochenta y no de los noventa. Es, pues, una licencia poética si es que correspondiera a una década distinta ese uso en el corte de cabello.

Da la impresión de que huye, y tal vez sí, pero no sabremos de qué, o lo sabremos luego. Por ahora, la historia que se me ocurre desde hace años es una que tenga como marco la meteórica revelación de Fernando Valenzuela

Es una imagen en la pantalla de un televisor Hitachi, pero sin sonido. Un niño pequeño vestido de playera a rayas café y color crema ve estas historias simultáneamente. No se sabe cómo, cuando ve a la muchacha en el bus, también piensa en Fernando El Toro Valenzuela salido de un poblado de Sonora para triunfar en el diamante del Dodger Stadium.

 Todavía no sabremos lo que la mente de la protagonista está arrastrando desde Mérida hasta Long Beach o San Diego o San José, California, que es donde podría tener a estos parientes que irán por ella a la terminal de autobuses lúgubre de Tijuana. Es difícil de explicar. La historia que me supura entre las historias que querría contar es una sin nostalgia, quizá angustiante o triste, pero no nostálgica; agotadora y aventurera, llena de sueños, pero sin nostalgia. En todo caso, de interés. Sí. Causa curiosidad por un lado qué es la que hace que viaje o huya o simplemente haya tomado el autobús. Y, también, causa intriga qué es lo que sucederá cuando logre llegar, si es que cruza sin problemas la frontera por la línea de Tijuana, que es por donde han pasado sus familiares y se dirigen a recogerla.

Insisto. Esta historia se narra como si se estuviera viendo en una televisión Hitachi de los ochenta, sin control remoto. Desde un aparato de pantalla de vidrio que se enciende y que uno puede ver que funciona cuando en el centro de la pantalla chisporrotea una especie de centella para luego generar la magia que todos podemos interpretar o al menos ver sin complicaciones detrás de la pantalla.

Se trata de un aparato cúbico o con volumen, aunque no es simétrico sino que, en la parte de atrás, café y negra, se hace una especie de embudo, algo desconocido para estos días en que las pantallas son planas. Si abriéramos esa caja, veríamos bulbos y tablas verdes llenas de diminutos circuitos. Pero no tiene caso abrir nada. Aquí se trata de imaginar los cromatismos de una serie de televisión gringa que se llama Chips. Eso es. Desde ahí creo es donde se puede situar la historia que he soñado y que he querido emparentar con Fernando Valenzuela. Y, ahora, además de la historia del beisbolista que hizo soñar a los mexicanos, yo quiero que aparezca una mujer de cabello chino de salón de belleza que viaja.

A veces supongo algún asunto íntimo en esta obsesión por contar una historia que podría haberse contado en alguna película de Jaqueline Andere y cuyo soundtrack consistiría en un sonido de notas de órgano, cada nota más dramática que la anterior, como de intro de manga en el que las canciones nos hacen llorar todo el tiempo porque se evoca, sin que sea verdad ni cierto, una orfandad o una herida de abandono como la que podría experimentar mi protagonista que ha decidido viajar de Mérida a Tijuana.

Como si en esa historia encontrara un sino, un peregrinaje de la familia que supe desde siempre en el otro lado, no dejo de imaginarla. Algo me dicen desde niño las historias de mojados, de migrantes, de perseguir los billetes verdes

De hecho, ahora desconfío de que haya sido mi primera inspiración Fernando Valenzuela. Podría ser culpa de alguna película de Valentín Trujillo y Juan Gabriel. Imagino una historia de una muchacha de pantalones acampanados que recorre todo el país, desde Mérida hasta Tijuana, con tal de experimentar esa tentación de modernizarse, de hablar inglés, de liberarse o de huir de lo mexicano, como si hubiera algo de fascinante en irse, por culpa de un recuerdo casi borrado de haber visto una película de Valentín Trujillo y Juan Gabriel.

 Posiblemente era así. No he preguntado, pero me da la impresión de que significaba progreso eso de cruzar la frontera. El asunto es que hace años que quiero empatar las imágenes que tenemos de El Toro de los Dodgers con la historia de muchos mexicanos que se entusiasmaban con la idea del sueño americano. Es decir, la historia que quisiera contar estaría situada al final de los setenta y el principio de los años ochenta.

En mi historia, todos saben quién es el Toro y saben de beisbol. Escuchan al Mago Septién, un cronista de esos tiempos, dar la minuta de los juegos de las grandes ligas. No hay televisión en las casas mexicanas donde he situado el epicentro o el comienzo de algo que no se si sería cuento o novela, supongo que depende de las cuartillas que junte con las vueltas que le pudiera dar a esta imaginería en donde alguien viaja al gabacho entusiasmado, entusiasmada, mejor, por ver un partido de los Dodgers o subirse a unos patines de cuatro ruedas y bailar música disco bajo las luces estrambóticas de la noche californiana.

El epicentro de esta historia es un niño viendo la Hitachi, la mirada de ese niño que nos narra, y la madre de nuestra protagonista escuchando el beisbol a través de una grabadora de un casete con bocina gris de marca Sony. Se escucha una voz, cada vez más adentro. Se ve una imagen.

Los acordes de Y volveré de Los Ángeles Negros: luces blancas que azogan.

Entonces, la historia comienza.

  • Ilustración: María Elena Vargas Magaña