¿Qué satisface más a un escritor? ¿Escribir, poder publicar y ser muy leído? ¿O sólo el hecho de poder escribir y plasmar ideas de manera creativa, aunque sus letras no sean un éxito editorial?
Cierto es que todo aspirante a escritor o poeta sabe que las posibilidades de convertirse en un García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Michel Houellebecq, Jaime Sabines o Silvia Plath, son decididamente remotas sino es que nulas ante la enorme cantidad de personas y sus deseos de ser leídos en los círculos literarios de prestigio, esos que otorgan premios con jugosas cantidades de dinero y la garantía y promesa de vivir de las letras.
¿Y cómo se forma la imagen del poeta maldito? el estereotipo que se asocia de manera inmediata con Charles Bukowski, el alcohol, el porvenir roto y el fracaso de no poder acceder a las grandes editoriales, a las fastuosas ferias del libro y al ejemplar en primera fila de las novedades literarias en cualquier librería de una gran ciudad.
El amor a las letras, perderse en el embriagante aroma de un poema y de quien lo crea y al mismo tiempo no ser protagonista de la admiración del lector, de los críticos y de la búsqueda de la inmortalidad, se puede traducir también en la frustración de una vida.
El director colombiano Simón Mesa Soto, ha firmado con Un poeta (2025), una extraordinaria historia sobre lo que significa el arte de crear y sentirse satisfecho con ello o ser alcanzado por la tragedia de no saberse reconocido, admirado y suficientemente leído, esa deuda que los escritores, algunos, sienten que el mundo tiene con ellos por no valorar su talento
En Un poeta, Mesa Soto nos narra la historia de Óscar Restrepo (extraordinario Ubeimar Ríos), un poeta amargado y dolido con la existencia porque siente que el mundillo de las letras no le ha valorado como él cree merecer, situación que lo lleva a convertirse en un paria sin remedio, alcohólico, ninguneado, visto por su familia, incluida su hija adolescente, como la personificación del fracaso absoluto.
Mesa Soto hace de la historia de Óscar, una peculiar mezcla de comedia y tragedia, una revisión de la literatura que puede provocarnos por momentos, carcajadas, pero que termina luego por conmovernos profundamente al ver el lastimoso guiñapo que Restrepo hace de sí mismo.
Óscar se adhiere como remora a los círculos literarios colombianos que aún le reconocen algo de ese prestigio ganado en su juventud cuando fue galardonado con el premio nacional de poesía, pero apenas si puede mostrar lo que alguna vez fue al acudir a leer sus poemas ante un grupo de ancianos jubilados y aparecer en programas de televisión dedicados al chisme del espectáculo en donde el pobre Óscar se aparece y parece aún más patético.
Restrepo admira al poeta colombiano del siglo XIX, José Asunción Silva, y en sus farras de borrachín callejero, grita la devoción que le tiene al antiguo escritor de su país, una especie de espejo en el que Óscar reconoce su desgracia unida a la de Silva quien, en 1896, a los 30 años, se suicidó de un disparo al corazón.
En ocasiones, cuando la propia vida no resulta como la pensamos, puede luego girar en torno a la existencia de otro y Óscar Restrepo ve en Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente con talento para la poesía, el canal para salvar su fracaso como poeta y escritor. Ante la necesidad económica, Óscar se convierte en profesor de poesía y en Yurlady ve la posibilidad de redención de su propia derrota artística. Yurlady será lo que él no pudo ser… o así lo cree el pobre Óscar.
De esta manera Mesa Soto nos sumerge en las entrañas del absurdo en una historia que se acerca demasiado al realismo sucio, al miserabilismo más puro y a la escatología de una vida desperdiciada en nombre de las letras y la capacidad de crear belleza en y con ellas.
Un poeta no es la inmersión en un poema edificante, es la narración de un poeta triste que intenta escribir un poema feliz para así poder dejar atrás la búsqueda del éxito que da en ocasiones la ficcional dinámica de la literatura, la promesa de una inmortalidad artística que contamina cualquier patrón de experiencia estética, la misma que debiera privar cuando un escritor se sumerge en la construcción de su obra
A pesar entonces de lanzarnos pesadas escenas por su elocuencia miserabilista, el cineasta colombiano logra sin embargo conmovernos y sufrir con y por la suerte de Óscar Restrepo, lo abrazamos en su frustración, lo comprendemos en su búsqueda de reconocimiento poético y deseamos que encuentre la paz que busca con la escritura de ese elusivo poema feliz.
Mesa Soto también hace una acre crítica a las poses literarias, al fantochismo (válgame la expresión) de algunos poetas y escritores, a los mecenas aún en boga y su paternalismo y a la concepción del arte como una vitrina que puede otorgar movilidad social cuando como Yurlady, no se busca más que una vida sencilla como por ejemplo dedicarse a un oficio cualquiera o al simple y gran placer de escribir poesía.
En la cinta de Mesa Soto, Óscar es incapaz de ceñirse a la recomendación que en una misiva Ernest Hemingway envió a su amigo F. Scott Fitzgerald en donde le decía de manera clara y contundente:“Sólo somos escritores y lo que deberíamos hacer es escribir”.
Óscar tuvo un talento marcado en su juventud y dejó de promoverlo por buscar un reconocimiento que no pudo encontrar, pero la conciencia del amor a su familia, la conciencia de su realidad fracasada y la conciencia de los vestigios de su pasado de prometedor poeta, quizá le devuelvan el honor de ser quien es y no de quien pretender ser.
Enrique Rangel y Juan Manuel Villalobos
Le hago las preguntas que planteo al inicio de esta colaboración a mis queridos amigos periodistas y artistas Juan Manuel Villalobos y Enrique Rangel, escritor el primero y poeta el segundo. Me responden sin dudas lo siguiente:
Enrique Rangel:
“Un escritor escribe, no se preocupa por el ‘éxito editorial’ o las opiniones de nadie para escribir lo que realmente desea transmitir. Los otros, los que buscan aprobación, esos son fantoches”.
Juan Manuel Villalobos:
“Es la pregunta del millón y nos debatimos un poco en eso. Es un tema casi hasta moral: dónde radica la importancia del arte, de la escritura, si en mostrarlo o crearlo. En mi caso yo escribo por el placer de hacerlo, pero también porque lo quiero mostrar… No pienso en el éxito, no va conmigo, pero sí pienso en mostrarlo en una buena editorial, aunque sea artesanal, que refleje el gusto de mi propio libro… Cuando a un escritor le hacen un contrato de éxito y ahora están obligados a escribir, ahí pierdes todo el placer”.
- Fotograma: Un poeta