La ausencia del número 13 en sitios como asientos de avión, habitaciones de hotel o pisos de edificios responde a la superstición de que ese número trae mala suerte. Tan arraigada está, que hasta tiene nombre: triscaidecafobia.

El único recuerdo en particular que tengo de un día 13 es el de un vuelo que elegí adrede pensando en la superstición ajena. Efectivamente, volé en un pequeño Embraer de unos 120 asientos –la fila 13 había sido reemplazada por 12b– acompañado únicamente por la tripulación y dos personas más. Es el viaje más agradable que he hecho en avión.

Y es que, ¿qué es la mala suerte sino las consecuencias de nuestras acciones? ¿Azar? Creer que sustituyendo el 13 por un 12b se alterarán las condiciones meteorológicas que puedan provocar un accidente es, cuando menos, absurdo. Y pensando en esto me vino a la mente una de las últimas modas absurdas: la corrección política.

Comparte, con la triscaidecafobia, ese razonamiento estúpido que hace creer que cambiando o eliminando los términos, en este caso, cambia la condición: un cuadripléjico no caminará por más que insistan en decir que tiene “capacidades diferentes” en lugar de “discapacidad”; los ciegos seguirán sin ver un carajo por más que la corrección política insista en decir que tienen “capacidades visuales reducidas”; la lista sigue.

Uno de los últimos absurdos de la corrección política –que ya debería figurar como enfermedad mental– es el gremlin del lenguaje “inclusivo

Este comenzó con el milenio y el boom de Internet: tuve una maestra de secundaria que escribía Tod@s l@s alumn@s; siguió de la mano de otra enfermedad mental: el chavismo y sus derivados suramericanos, que introdujeron el célebre todos y todas; en las redes españolas ya se impone el todes, mientras que, por estas latitudes, los guerreros de la justicia social –SJWs– no quitan el dedo del renglón con el impronunciable todxs.

La última perlita de corrección política la lanzó hace poco el Primer Ministro canadiense Justin Trudeau, cuando dijo que en lugar de mankind (por humanidad), prefería que se dijera peoplekind (¿genteidad?). Trudeau, sin embargo, no se inmuta por la venta de armas que su gobierno hizo recientemente a Arabia Saudí, ilustres violadores de derechos humanos, por 12 mil millones de dólares.

Qué lejos hay que estar de la opresión para sentir que el lenguaje oprime. Opresión es un musulmán obligando a una mujer a vestir un velo, so pena de un castigo violentísimo, llevar a la horca a los homosexuales, o dar mil azotes a un bloguero por criticar al Islam. Imponer este absurdo no sirve para nada: si hay libertad es irrelevante; si no la hay, no basta para alcanzarla.

La diferencia es que el término triscaidecafobia data, al menos, de hace un siglo. La  corrección política, como la entendemos ahora, es una moda más que está condenada a desaparecer.

Como la fila de asientos del Embraer.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa