En las décadas de 1980 y 1990, el Estadio Irapuato Sergio León Chávez, tenia rotuladas en la contención que marcaba el final de cabeceras, dos frases que siguen presentes en la memoria colectiva: “Con Dios y con La Trinca” y “90 minutos de entrega total”. Todos los freseros tenemos fijadas en la memoria, esas sentencias.  

Nací en Irapuato. Encarno con precisión al irapuatense. En nuestra construcción identitaria, el equipo de futbol juega un papel importante, como la visita del 12 de diciembre al Templo de Guadalupe en la Calzada, como los barrios y como la Cabalgata del 5 de enero. La identidad fresera se reafirma en diciembre y enero.

Jaime Belmonte El héroe de Solna, quien anotara para México, el gol del empate contra Gales, en la Copa del Mundo de Suecia 1958, es un referente histórico en el imaginario fresero.

El Irapuato fue el primer equipo de futbol con el que me identifiqué. En la niñez recuerdo haber sido fanático del América y sufrir hasta la locura, la perdida de la final de la temporada 90-91 vs los Pumas. En la Universidad de Guanajuato, siendo estudiante de la licenciatura en historia en la Facultad de Filosofía y Letras, gracias al Mtro. Carlos Trejo Juárez, me hice simpatizante a la UNAM.

Ya no me considero aficionado; al futbol mexicano lo detesto por su asquerosa corrupción endémica. Hoy el futbol mexicano me resulta vomitivo

Durante mi niñez, era común que el Irapuato siempre estuviera buscando el ascenso. El hecho justificaba que los nacidos en la capital mundial de las fresas, buscáramos identificarnos con un equipo de la capital o de Jalisco. Yo elegí al América: me gustaba el juego de Luis Roberto Alves Zague, el Estadio Azteca y el uniforme. Recuerdo en el América a Jorge Vieira, al negro Santos, a Cecilio Domínguez, a Juan Hernández, a Cristóbal Ortega, y por supuesto, la época de Chávez, Biyik, Kalusha y Leo Beenhakker. Cuando crecí dejé de irle al América por toda la podredumbre que lo rodea, por la corrupción y la inmoralidad que promueve.

Durante mi niñez, la sociedad ligaba al América con ser maricón, niña, llorón, teatrero, mañoso y ladrón. El América, para los irapuatenses de la década de 1990, era lo peor. Si alguien encarnaba la corrupción mexicana, era el Club América, entiéndase, Televisa. Para millones de mexicanos, el equipo de Coapa era perversión, misoginia, arribismo, gandallismo y deshonestidad. Cuando niño, era vergonzoso que te identificaran con las cremas del América: quien le iba al América, por default, era doble cara, no confiable, ventajoso, desleal, envidioso y corrupto.

Recuerdo aquella final contra los Pumas de la UNAM. El Club América la perdió por el golazo que Ricardo El Tuca Ferreti metió. Hablamos de la temporada 90-91. Ese día rompí unos tenis blancos, de pura frustración por la derrota americanista. Era yo, sin dudarlo, un niño enajenado, intoxicado por la droga social llamada: futbol.

Hasta el 2001, año en que ingresé a la Universidad de Guanajuato (UG), era un amante consumado del futbol: disfrutaba de la liga mexicana, de los mundiales, de la Copa América y de la Eurocopa; manejaba como pocos las estadísticas. Durante mi niñez, la Eurocopa siempre fue el espacio de mayor honestidad futbolística. La Copa América, eternamente, me parece una justa repleta de equipos rudimentarios, con jugadores sucios que buscan lesionar al oponente, donde la mala leche prevalece y la ausencia de valores es la regla, dentro y fuera del rectángulo verde.

Y es que fenómenos socioculturales como el futbol, retratan a sus sociedades de cuerpo entero: la Copa América es digna representante de naciones periféricas (pobres)

Del mundial de Estados Unidos 1994, destaco a la Suecia de Tomas Brolin y Martin Dahlin, a la Rumania de Gheorghe Hagi, y a la Argentina de Maradona, expulsado por doping de la competencia y autor de uno de los goles más bellos de esa justa, contra Grecia. Fue un mundial que me marcó, emocionalmente. Fue el último mundial de Antiguo Régimen; en Francia 1998 el futbol global cambió para siempre.

En mi construcción del mundo, el futbol, además de bien jugado, debe ser emotivo. El futbol comunica desde las emociones. La táctica brinda orden y la medicina deportiva aminora lesiones y aumenta el rendimiento del atleta. Ciertamente, el factor decisivo dentro del futbol llanero y callejero, sigue estando en las emociones.

Entender a Ronaldinho y a Messi, sin interiorizar en la cultura brasileña y argentina, imposible. Incluso los jugadores del futbol gourmet responden a códigos culturales. El futbol debe ser pasional, de otro modo, lo matas. No confundamos la pasión con la violencia. Parte de la explicación al porqué de México no salen genios del futbol, está en la historia de nuestro pueblo, en la cultura, en la memoria, en la genética.

A partir del 2001 mi forma de vivir el futbol, mutó. La universidad es una etapa formativa que te transforma en todos los ámbitos. Ensanché mi cultura deportiva. Comencé a disfrutar de la Champions League, de la Copa Libertadores y me convertí en seguidor de los Pumas de la UNAM. Con los compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras de la UG, degustaba los partidos de la Champions en un botanero que se encontraba por la zona de Dos Ríos (La Taberna) y por la noche acudíamos a bares de hoteles con el propósito de dar seguimiento a los partidos de la Copa Libertadores de América. El futbol era una experiencia estética y un espacio de sociabilidad con mis compañeros universitarios.

Con la universidad llegó la intelectualización del futbol y la construcción de una mirada cosmopolita del deporte. Una buena universidad como la UG, significa maestros formados en instituciones europeas, compañeros que suman en tu educación musical: se aprende dentro y fuera del aula. Ciudades globales como Guanajuato, son, en sí mismas, un gran salón de clases. El Mtro. Carlos Trejo, por ejemplo, docente de todos los cursos que sobre arte se dictaban en Valenciana, me transfirió la pasión por los Pumas de la UNAM (él era arquitecto e historiador).

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