En octubre pasado, en la ciudad de Fresnillo, Zacatecas, un perro paseaba por las calles de dicha ciudad con una cabeza humana en el hocico. La escena es por demás espantosa no por el perro mismo que respondió únicamente a su instinto carnívoro, sino porque detrás de la estampa, se puede definir el tipo de sociedad que alberga tales imágenes.

Carmen Morán Breña, columnista del periódico español El País, no pudo describir mejor la estampa descrita líneas arriba: “El perro de Zacatecas con la cabeza humana colgada de su hocico es un símbolo de la degradación absoluta que obliga a cerrar los ojos”.

Morán Breña escribía el pasado 28 de octubre, un artículo en donde reflexionaba sobre la violencia en México y agregaba que “el espanto de la escena impele a apartar la mirada, sin embargo, ¿cuántas madres habrán dado play una y otra vez y otra más buscando en esa cara al hijo desaparecido? Al que andaba en malos pasos, pero hijo, al fin y al cabo”.

Un perro con una cabeza humana en el hocico, un cadáver o muchos cadáveres colgando de un puente o partes de cuerpos humanos regados por doquier, podrían ser sacadas de una escena post-apocalíptica de un mundo devastado por una guerra nuclear o la caída de un meteorito que acabó casi en su totalidad con la especie humana, así como alguna vez terminó con los dinosaurios.

Pero ninguna de esas fotografías es producto de la imaginación o la ficción, corresponden a un guion degradado moralmente a pesar de todos los avances tecnológicos, el progreso científico y las realidades incontestables que los derechos humanos reclaman en pleno siglo XXI.

El siglo XXI es ya apocalíptico, el calificativo post corresponderá únicamente al escenario devastado y sufriente del infierno en que la tierra reconfirmará las malas artes de una especie humana enloquecida y furibunda contra sí misma.

En 2006, el escritor estadounidense Cormac McCarthy escribía y publicaba una obra maestra de la literatura contemporánea, The Road. En ella, McCarthy cuenta la odisea de un padre que intenta a costa de todo, salvarle la vida a su hijo y pensar que tal vez con ello, el chico tendrá un futuro con esperanza a pesar de la destrucción casi total del planeta

Padre e hijo buscan el mar, buscan en él, un escenario que todavía contenga vestigios de lo que alguna vez fue, un soporte en el que, en más de una ocasión se expresaron deseos porque las guerras terminaran, el cambio climático no hiciera mellla en el planeta y el progreso fuera traducido más en sólidos códigos morales y no en una entelequia tecno-científica que a la postre es responsable de la degradación ética.

Pero es en esa pérdida de los valores que sostienen un mundo, en donde también se pierde el horizonte de lo humano. Cormac McCarthy retrata el descenso de los hombres al inframundo de la violencia y sus carencias morales, el padre y el hijo luchan por sobrevivir entre otros sobrevivientes que al igual que ellos, buscan lo mismo: permanecer en el espacio que los albergó y les dio alguna vez una forma de vida civilizada, aunque para ello, deban matar, violentar, comerse (literalmente) entre sí.

Ganador del Pulitzer con esta obra, McCarthy quizá sabía bien que su paisaje ¿distópico? no estaba lejos de convertirse en una realidad cotidiana. Escenarios catastróficos en el planeta se encuentran a entera disposición para quienes pretendan reconfirmar el bosquejo de un apocalipsis temprano y aleccionador para recibir un manual de supervivencia en el futuro

El destino que nos alcanza ya o al menos nos pisa el talón de Aquiles y su vaho caliente y húmedo lo sentimos en la nuca cada vez que alguien se empeña en recordarnos la vileza y miseria humana aunque haya siempre alguien también que concibe esperanza en medio de la mugre y la vastedad de un escenario demolido.

También, a mediados de octubre de este año que se acerca ya a su fin, el escritor argentino Marcelo Figueras escribía un maravilloso texto que, por certero en su análisis de la obra de Cormac McCarthy, confirma también lo mucho que debiera preocuparnos el asumir una actualidad que se desmorona y no algo que se antoja lejano. Escribe Figueras (elcohetealaluna.com).

“Pensar qué será de nosotros dentro de 50 años o un siglo es un disparate, pura presunción. Nuestro futuro se achicó hasta pintar improbable. Por eso The Road no suena a especulación. Es casi un documental. Un relato realista sobre el paisaje post-apocalíptico de una cultura devastada. Porque en este mundo nuestro, al igual que en la novela de McCarthy, impera la ley del más fuerte y la civilización quedó varada en una carretera. La desactivó el pulso electromagnético que detonó una bomba, sí, pero no una hecha de hidrógeno, sino de la ambición de hombres deleznables”.

Marcelo Figueras explica de manera puntual porque The Road no es o no debe ser considerada una mera ficción, la monumental obra de McCarthy nos hace recordar el planeta que habitamos porque es el mismo planeta en donde un perro sostiene en su hocico una cabeza humana y en otras latitudes una guerra sumerge al mundo en una recesión económica que no parece tener fin

El escritor estadounidense parece sugerir que el fin de la historia no será como lo pensó Francis Fukuyama, una realidad en donde las ideologías han terminado y el hombre ya no necesitará de guerras y violencia para vivir, sino que atenderá la actividad económica para no depender más de revoluciones sangrientes y aniquilantes.

The Road, por el contrario, señala y dice que la actividad económica será un vestigio de lo que fue y la supervivencia se dará a punta de violencia pura en donde de ser necesario, para solventar el apetito, el hombre devorará al hombre y comerá su carne y hará hasta lo indecible para conservar la vida, sus últimas y miserables cosas materiales a las que se aferra como se aferra un caro tesoro.

La situación dramática que plantea The Road es extrema pero, a la vez, articula realidades que no pueden ser más familiares. Hay allí un ser humano a quien el contexto macro —la superestructura política, económica y social sobre la cual no tiene control— empuja al límite, y que en esa emergencia no puede garantizar lo más mínimo a su familia: ni alimento, ni abrigo ni la mismísima, esencial supervivencia. Sin necesidad de condimentos post-apocalípticos, es la misma situación en la que se encuentran tantos que viven en Palestina o en los territorios europeos minados por la guerra”.

¿Alguien entonces puede tener dudas y liberarse de temores para afirmar que Figueras o McCarthy exageran una realidad que a nuestras luces todavía vivas parecen las incontrolables fantasías de dos escritores? ¿Alguien puede afirmarlo?

La carretera de John Hillcoat

En 2009, John Hillcoat llevó a la pantalla grande la obra de Cormac McCarthy. Si trasladar al cine una obra maestra de la literatura se antoja a veces imposible, Hillcoat se atreve y logra una escenificación en imágenes de una calidad narrativa incomparable.

El autor de esta columna siempre ha pensado que nadie debería buscar una novela en la esencia de un guion cinematográfico y la idea de filmación de un director, pero es innegable que John Hillcoat ha logrado respetar la visión de la escritura de McCarthy y recrea con la misma intensidad este apartado singular de una distopía ya presente en nuestras vidas.

El cine, para el logro de ambientaciones que penetre el ánimo del espectador, requiere también de una fotografía creíble y convincente, Hillcoat para ello se valió de la lente exacta del español Javier Aguirresarobe. La ambientación no solo visual, sino la emocional depende en gran medida de Aguirresarobe

Hillcoat y el fotógrafo español le ofrecen al espectador un mundo derruido, gris y oscuro, una visión de ese infierno que McCarthy describe en su novela y que abruma y obnubila para sentar una animosidad que hace acompañar al padre, interpretado por un siempre convincente Vigo Mortensen y al chico, un entrañable niño personificado por Kodi Smit-McPhee.

Pero John Hillcoat no solo revela el dolor del padre y su único hijo, permite la presencia de personajes que, si bien podrían ser considerados como los villanos de la cinta, no son más que otros seres humanos tan dolidos y desesperados como el papá y su pequeño vástago.

Suponemos que en un mundo como el descrito por McCarthy, no hay necesariamente héroes ni villanos y, sin embargo, cabe pensar que en una existencia degradada, todos podemos ser héroes y sí, también, viles y miserables; representando esa degradación absoluta que nos estampa en el rostro un perro con la cabeza de un hombre entre sus fauces.

Years and Years

En la próxima y última entrega de 2023 de esta Road Movie, haremos una nueva reflexión sobre el futuro ahora en función de una exitosa miniserie británica llamada Years and years (2019), creada por Russell T. Davies.

Years and years nos presenta a los Lyon, una familia británica que a lo largo de 15 años (2019-2034), es testigo de cómo el mundo cambia de manera radical y a una velocidad exorbitante en términos económicos, políticos, sociales, tecnológicos y científicos aunados a cuestiones de salud y formas de comunicarnos.

A partir de esas transformaciones mundiales, los Lyon acuden a sus propias mutaciones físicas y emocionales. Years and years no es el futuro cercano, es el presente aterrador. Ya lo charlaremos.

(Primera de dos partes. Continuará…)

  • Fotograma: The Road