The last of us es la gran apuesta para este año del streaming ofrecido por HBO Max. La serie protagonizada por Pedro Pascal y Bella Ramsey es una narración sobre los ya conocidos mundos distópicos arrasados ahora por un hongo que convierte a los seres humanos en zombis.

Aparentemente no hay nada nuevo bajo el sol. En principio, la serie creada por Craig Mazin y Neil Druckmann basada en el videojuego del mismo nombre, no parece decirnos algo más allá de lo que el mundo fílmico nos ha contado una y mil veces.

Pero quizá desde The walking dead, la mítica serie del apocalipsis zombi, no habíamos tenido una historia que cuente acontecimientos similares de manera tan poderosa, humana y asombrosa como The last of us.

La historia nos lleva a través de un Estados Unidos devastado por los muertos vivientes y Joel (Pedro Pascal) recibe el encargo de sacar sana y salva a la adolescente Ellie (Bella Ramsey) de una zona hostil declarada en cuarentena.

Pascal y Ramsey se roban la pantalla porque destilan una emoción profunda de complicidad y desacuerdos, comprensión mutua y una notable brecha generacional porque Joel conoció el mundo que no es más y Ellie solo puede imaginarlo.

Es una especie de ficción y realidad alterna en tanto ambos conceptos interactúan dando a Pascal el papel protagonista de un mundo desaparecido y a Ramsey como la niña-adolescente que, a partir de Joel, puede imaginar un espacio terrestre que alguna vez fue verdad y no el planeta desolado que la recibió en su seno.

Como en The walking dead, en The last of us los zombis únicamente aparecen de manera dosificada y pertinente, no representan nunca el leitmotiv de la serie y en realidad solo enmarcan el humanismo de una narración que solventa y justifica su trama en la reflexión de lo que nos hace sapiens y conscientes de lo que somos

No es común reseñar una película o una serie atendiendo apenas un extracto de la historia en un largometraje o únicamente un capítulo en una saga televisiva, pero The last of us ofrece en su episodio tres, una obra maestra sobre la importancia vital del contacto humano, la trascendencia de escuchar al otro y una profunda reflexión precisamente sobre lo que nos vuelve dignos de ocupar un lugar en el mundo y la necesidad imperiosa de la manifestación del amor sin condiciones.

No se preocupen los lectores, no habrá spoiler en este análisis del capítulo tres, sí la invitación a pensar sobre aquello que hoy parece tenemos a manos llenas y luego, un día, habremos de perderlo de manera estúpida.

Joel y Ellie ceden la escena en este capítulo a Bill y Frank. Bill es un hombre que se ha negado a dejar su hogar después de que el gobierno ha declarado la evacuación de todas las poblaciones y este hombre solitario construye un mundo de acuerdo a sus necesidades.

Sin embargo, el paso del tiempo termina por imponerle la necesidad de la compañía, la imperiosa obligación de escuchar la voz de lo que representa lo humano y no solo los ruidos guturales de los zombis que acechan su hogar-fortaleza. Bill necesita saber que tiene un propósito más allá de la mera sobrevivencia y un día, Frank aparecerá en su vida cuando cae en una de las trampas construidas por Bill para atrapar zombis. Frank le dará ese sentido y propósito durante mucho, mucho tiempo.

Mucho, mucho tiempo es el título de una canción interpretada por Linda Ronstadt y es la expresión que le da nombre al capítulo que hoy nos ocupa. La obra musical de la cantante estadounidense cruza la hora y quince minutos de duración del episodio y le da marco a esta historia de amor entre dos hombres que necesitan una razón para existir en un mundo sombrío, sin futuro ni esperanza.

Lo primero que se me viene a la mente cuando recién veo el episodio en cuestión, es un artículo del suplemento Icon del diario español El País. En dicho texto se reflexiona sobre algo que al autor de esta columna le parece una aberración de los tiempos: cómo callar la voz humana, es decir, cómo omitir “los molestos” mensajes de voz en el WhatsApp

Apunta el texto firmado por Guillermo Alonso y cita a la psicóloga Violeta Alcocer: …el problema, según todos los expertos, es la obligatoriedad que impone: un mensaje de voz hay que escucharlo entero y escucharlo ahora. Si a uno le aburre un podcast, lo apaga y ya está. Pero si un amigo te manda un audio, te sientes en la obligación de sostener de alguna manera esa conversación.

La obligatoriedad que impone, la voz como un fastidio, la presencia del otro por medio del recurso que lo vuelve humano convertido en una lata que debe eliminarse del escenario mediático, mejor expresar mediante la palabra escrita, aunque la mayoría de ese “texteo” sea un brutal atentado al lenguaje.

La inconsciencia pues de pensar y asumir que, entre menos ruido de voz, mejor se es y se está en el mundo… Hasta que un día quizá podamos perder la maravilla de la comunicación oral y la soledad se aposente en nuestro espacio y nos azote los pensamientos en un estado de tristeza permanente.

Bill entiende entonces que necesita de los demás para existir y reconocerse e identificarse. Frank ha llegado para que Bill no se vuelva loco en un mundo sin la cordura que exige entender a cabalidad nuestra esencia como seres vivos.

En este capítulo de The last of us, Joel y Ellie son personajes que van en busca de esos dos hombres para pedirles ayuda en su periplo. Joel entenderá en la persona de esos dos seres la capacidad del amor y asumirá su fracaso personal cuando Bill, de manera involuntaria, le haga saber que no ha sabido cuidar a los que quiere. Ellie representa su última oportunidad para redimirse y saber que su capacidad de amar sigue intacta y es capaz también de darle una razón de vivir a alguien.

Volvamos al artículo de Icon:  el gran problema de los mensajes de voz, dice el psiquiatra Luis Gutiérrez Rojas, es que la gente ya reproduce directamente a doble velocidad. Es que necesitamos conocer muy rápido qué nos quieren decir. Si encima ya duran tres, cuatro o cinco minutos, la molestia es cósmica.

Quizá el futuro del mundo sea tener una especie subhumana que ha callado, en donde la voz sea una especie de mito en donde se piense tal acto como pensamos ahora en la existencia de una sirena que canta

Quizá los “seres humanos de tiempos lejanos”, acudirán a antiguos aparatos llamados teléfonos celulares para escuchar y constatar que hubo hombres y mujeres que emitían algo llamado palabras o quizá no sea posible porque alguien en el pasado, decretó que ese sonido generado por las cuerdas vocales era un horror que necesitaba ser eliminado de la faz de la tierra.

O quizá el último de nosotros haya conservado las palabras y su sonido para encontrar a su Bill o a su Frank para restituir la esperanza.

Separarse del camino o volver a él

Neil Druckmann, uno de los creadores de The last of us, dice, mi filosofía en esta serie ha sido: ¿cuándo debemos desviarnos del camino y cuándo debemos volver? Si es igual o peor, nos quedamos donde está el juego. Si es mejor, nos desviamos.

Es necesario entonces desviarse del camino que impone hoy el mundo. Hay otras formas de entender la senda existencial y saberla mejor. Los conmovedores Bill y Frank lo sabían.

  • Fotograma: The last of us