Apuntaba hace algunas semanas el veterano crítico cinematográfico español, Carlos Boyero, que ver, buscar hoy películas de la época del cine silente se vuelve una misión difícil de enfrentar porque parece que, cada vez más, el destino de estas obras clásicas será en definitiva el museo o las filmotecas públicas o privadas.

Boyero se refería en específico y con nostalgia a The Kid (1921), el primer largometraje de Charles Chaplin que, este febrero, cumple 100 años de su estreno, una centuria en la que el cine ha sufrido un sin número de cambios e innovaciones tecnológicas, narrativas, de producción y proyección, pero que, sin embargo, dichos cambios no negocian la exigencia de contar buenas historias aunque entre ellas se hayan colado a lo largo de los muchos años, una enorme cantidad de guiones de bajísimo nivel.

Pensar a Charles Chaplin y a su centenario Kid, obliga también a la toma de conciencia de lo que significa un clásico: ¿qué es exactamente lo que convierte a una obra artística en clásica? ¿Es la sobrevivencia al azote del olvido? ¿Es el encuentro con formas de narrar nunca antes vistas? ¿O es la seguridad de sus genios creadores con la que abordan un personaje, un estilo y una forma de ver hacia el futuro en donde saben que nunca, nadie podrá imitarlos?

Chaplin y su alter ego, Charlot, personificaron para su tiempo y las épocas venideras, la representación del marginal, del que nada tiene y ve pasar sus días entre la miseria y las penurias económicas, pero siempre, aderezada la desgracia con actos de solidaridad y hermandad entre sus iguales

Puede ser también que ahí radique la prueba que reta al olvido y lo derrota: una forma de narrar que mezcla el sufrimiento con fuertes dosis de humor, una combinación del que vive aquejado por los males del mundo y al mismo tiempo es capaz de llevar con dignidad el dolor y la tristeza.

Quizá para los cánones actuales de la crítica cinematográfica, The Kid y muchas de las obras de Chaplin obedezcan a un sentido de la sensiblería lacrimógena más rampante, pero el cineasta británico descubría el hilo negro de la sensibilidad cinematográfica a inicios del siglo XX, una época en donde el cine era una manifestación artística imberbe, pañalera y, por tanto, destinada a heredar influencias narrativas distintas a las generaciones venideras de cineastas.

Chaplin fue entonces un artista seminal, fundador y pionero en la forma de contarnos historias y los pioneros deben siempre tener un lugar agradecido en la memoria de todo cinéfilo que se precie de admirar lo imborrable y por tanto, le asigna el calificativo de clásico a aquellas obras que le marcaron y antes de él, tatuaron también la memoria y las sensaciones de otras generaciones.

Esas generaciones, por ejemplo, que crecieron viendo cine en blanco y negro, con subtítulos para comprender los diálogos silenciosos de los personajes y el acompañamiento de bandas que musicalizaban en vivo las cintas que se proyectaban en las salas, mucho tiempo antes de que dichas salas se convirtieran, como Martin Scorsese lo dijera refiriéndose a las películas de Marvel, en meros parques de atracciones.

Bajo todo ese contexto es que el pequeño actor, Jackie Coogan, entró a la pantalla del cine y le granjeó su arribo a la inmortalidad. Coogan fue el Kid desarrapado que acompañó los primeros pasos del no menos desarrapado Charlot, el permanente caballero marginal que nos contará con gracia y comicidad, cómo se sobrevive a la desgracia

The Kid es un bebé abandonado por su madre y, obligado por las circunstancias, Charlot se convierte en su padre adoptivo. Ambos logran, al paso de los pocos años, una conexión emocional que los convierte en cómplices inseparables, casi como una extensión uno del otro para su propios cuerpos y estados de ánimo.

Aquí no hay tratados sobre la adopción, ni discusiones sobre la pobreza y la marginación, es mejor disfrutar únicamente la devoción que se profesan Charlot y El Chico, sus desternillantes avatares para conseguir la comida del día y los mil y un obstáculos que pasan para permanecer juntos como padre e hijo (“o más o menos como tales”, le dice Charlot a un trabajador de un orfanato).

Charles Chaplin detonó y reflejó su propia historia personal y su niñez en este, su primer largometraje. Hijo de un padre alcohólico y una madre que fue internada en un manicomio por su profunda inestabilidad emocional, Chaplin abonó esta historia para sublimar su infancia y encontró en Jackie Coogan la figura que espejeaba de la mejor manera su propio caminar por las calles de Londres.

El cineasta inglés descubrió a la futura estrella en un vodevil y vio en él, cuentan sus biógrafos, la imagen de su propio hijo muerto poco antes de iniciar la filmación de la película. Chaplin fue una especie de tutor para Coogan y un amigo que, muchos años después y hasta el final de los días de Jackie, Chaplin cobijó y protegió casi como reencarnación de los personajes miserables que representaron en The Kid.

Por eso se dice que el cine es en ocasiones una representación de la existencia humana. Charles Chaplin y Jackie Coogan tuvieron vidas que bien pueden verse reflejadas en el clásico que hoy ocupa estas líneas: Chaplin tuvo una infancia difícil, pero el arte lo catapultó hasta alturas de las que ya nunca bajó. Coogan, por el contrario, vivió, a partir de su inmortal representación, una fama que poco a poco lo fue minando. Su madre y padrastro malgastaron su pequeña fortuna al grado de que, al paso de los años, Chaplin tuvo que enviarle dinero para que pudiera sortear sus necesidades más básicas. Aunado a todo ello, Coogan no logró consolidar su carrera que poco a poco veía cómo se precipitaba en caída libre.

Quizá pocas personas sepan que Coogan, sin embargo, tomó en los años sesenta del siglo pasado, un segundo aire en su carrera actoral al dar vida, al también inolvidable Tío Lucas en la famosa serie, Los locos Addams

No es cosa menor haber representado a tan icónico personaje, pero es cierto que dicho papel apenas fue para Coogan un pequeño respiro para su atormentada vida actoral, misma que después de The Kid nunca pudo levantar más.

Cien años después, los apellidos Chaplin y Coogan le pueden sonar disímbolos a los fanáticos del cine. El primero, como reza el lugar común, no necesita de una gran presentación; el segundo, necesita que su historia sea contada para no sumirlo en el olvido y pueda adquirir forma y fondo a través de ese Kid vagabundo que representa como nadie al auténtico Flâneur, mismo que en 1921 maravilló y emocionó a las audiencias.

Jackie Coogan se nos fue hace casi 37 años. Víctima de una insuficiencia cardíaca, murió el 1 de marzo de 1984.

Chaplin y él se vieron por última vez en 1972.

Una trilogía de la nostalgia

Quizá sin intención consciente en un inicio, el autor de esta columna plantea a sus lectores una trilogía entre las cintas reseñadas la semana pasada, la que hoy nos ocupa y la siguiente que aparecerá en quince días más: “Supongamos que Nueva York es una ciudad”, “The Kid” y “Noticias del gran mundo”.

Las tres representan un recaudo de la nostalgia que nos remiten a tres referentes que la memoria atrae entre él cúmulo de la modernidad, el incesante poder la imagen y el color y el estridentismo de la inmediatez.

Es un ejercicio nostálgico por resucitar el arte de la conversación, el cine mudo y en blanco y negro y el romanticismo por un periodismo vivo, aquel que nutre y nutría a otros tiempos y generaciones.

Las tres obras citadas tienen ligas argumentales y emocionales dignas de señalar, quizá la mayor de esas conexiones sea el encuentro entre personajes que, en busca de un sentido de identidad y pertenencia, se adhieren a lugares, tiempos y seres humanos igualmente necesitados del mismo satisfactor existencial.

Luego entonces, dentro de quince días, Noticias del gran mundo, de Paul Greengrass: Nostalgia por el periodismo.

  • Fotograma: The Kid
INFORME