Algunos listos se dieron cuenta de que ellos valían más cuantos más tontos hubiera. Y sirviéndose los listos de los ricos y los ricos de los listos desarmaron el camino que conducía a una sociedad más justa

 

“Hasta dónde hemos llegado” y “dónde iremos a parar”. Decían mis abuelos cuando veían comportamientos nuevos, contrarios a las normas con las que les habían educado. La sociedad avanzaba, las costumbres de los jóvenes no eran las suyas y sentían temor de verse en un mundo que ya no comprendieran. El abuelo, que había sido artillero, sabía calcular trayectorias. Una vez lanzado un proyectil, conociendo el recorrido y su velocidad, se puede averiguar donde caerá.  Ellos pensaban que nos dirigíamos a un mundo sin clases sociales y sin temor de Dios. La sociedad se hizo más permisiva, se conquistaron derechos y parecía que la cultura iba a llegar a todos. Pero las cosas no evolucionaron como parecía. Esa bomba cayó en picado.

La gente de todo el mundo creía que se podía ser ciudadano libre y con derechos. Se supo que bastaba con trabajar honradamente para vivir con dignidad. Había países donde esto pasaba que se convirtieron incluso en modelos a seguir. Pero a algunos no les pareció bien y frenaron los avances. Algunos listos se dieron cuenta de que ellos valían más cuantos más tontos hubiera. Y sirviéndose los ricos de los listos y los listos de los ricos desarmaron la estructura económica que conducía a una sociedad más justa.

Era importante no exportar a los países en vías de desarrollo el modelo de bienestar. Por eso inventaron la globalización: para que esos países exportaran pobres. Así, esos países que impulsan la fuga de jóvenes eliminan de sus sociedades corruptas a quienes pueden y deben cambiarlas. Así los países que importan trabajadores a bajo precio impiden el avance social y, finalmente así, los ricos son aún más ricos. Las élites, ocultando el clasismo que defienden, hacen creer a la clase trabajadora que es xenófoba o racista. A los otros les recuerdan que nunca se integrarán en la sociedad de acogida. No persiguen un sueño, solo huyen de la pobreza.

Si muchos ciudadanos descreídos buscan apoyo de la extrema derecha es porque están desesperados. Al final nos puede pasar como a quien pide préstamo a un usurero, que lo pierde todo y además le parten las piernas

Hace décadas que los partidos liberales y socialdemócratas no defienden a la clase trabajadora. No sólo la han abandonado, sino que han vendido a sus miembros como esclavos. Esa clase a la que pertenecemos la mayoría no tiene a quien recurrir. Si muchos ciudadanos descreídos por lo que ven buscan apoyo en la extrema derecha es porque están desesperados. Al final nos puede pasar como a quien pide préstamo a un usurero, que lo pierde todo y además le parten las piernas. Es un peligro que la extrema derecha sea la que salga en nuestra defensa porque no tiene vocación y porque en ella se cobija la intransigencia y la brutalidad.

Los sindicatos sirvieron unas veces a los explotadores, otras al más vago de la empresa, y sus cuadros sacaban provecho de conchaveos con partidos llamados obreros o de izquierdas. Esos trabajadores desamparados no pudieron o no supieron organizarse para luchar por un mundo mejor y sólo vieron la salida individualista de la competencia y el peloteo al que manda. Y así nos va.