En un extraordinario artículo de Guillermo García Pérez, publicado por la revista La tempestad en abril del 2020, García lanzaba una durísima crítica a las celebridades y abogaba por su desaparición del espectro público porque considera su fama como una perfecta inutilidad para la sociedad en su conjunto.

Apuntaba García Pérez: “¿Muerte a las celebridades? Si por celebridades entendemos parasitismo mediático, obstrucción o tergiversación de mensajes urgentes, promoción de la ignorancia, sed enfermiza de atención y extracción de plusvalor sígnico, sí, mil veces muerte. Y muerte, de paso, a los ricos. No podemos permitirnos salir de esta crisis alimentando a los vampiros de siempre”.

Y es que la expresión del articulista de La tempestad, cobra un profundo sentido de realidad cuando acudimos a las expresiones cotidianas de los consumidores asiduos de tik toks, memes, videos chistosos y redes de influencers y youtubers que magnifican la ignorancia cuando su expresión es alabada y bendecida por millones y millones de seguidores ávidos de un consumo que provee un oráculo de pacotilla mediática.

¿Pero qué lleva a alguien a la búsqueda de la fama y la celebridad? Las ansias de reconocimiento y aprobación, aseguran los psicólogos, es inherente al desarrollo de lo humano y podemos aquilatarlo desde los márgenes de la normalidad, pero cuando tal necesidad se desborda y vivimos nuestras circunstancias en función de ese reconocimiento, entonces hablamos de una patología que debemos atender desde lo individual y lo social.

Pero quizá más urgente sería preguntarse qué es lo que lleva a millones y millones de personas a consumir contenidos impregnados de futilidad como un mantra necesario, una retahíla de ruidos en donde vociferan su incondicional apoyo a la celebridad en turno y sus boyantes discursos llenos de una obesa positividad.

Magnus von Horn es un joven cineasta sueco avecindado en Polonia y ha dirigido una extraordinaria película que aborda la triste figura de los influencers

En Sweat (2020), von Horn nos cuenta la historia de Sylwia Zajac (convincente Magdalena Kolesnik), una celebridad experta en fitness que cuenta en sus redes sociales con 600 mil seguidores fieles que la idolatran y la asedian en la misma medida enloquecedora.

No es asunto menor recordar que la historia del cineasta sueco se desarrolla en Polonia. Von Horn simboliza en la geografía de su historia, la forma en que la globalización y la fiebre de las redes sociales alcanzaron y rebasaron las fronteras de la vieja y otrora reprimida Europa del Este.

Parece que el poder de la cultura del espectáculo reproduce en serie a cualquier gran ciudad del mundo y Varsovia repite los mismos patrones conductuales de los internautas de Nueva York, París, Madrid o la Ciudad de México.

Y ahí es donde se desenvuelva Sylwia Zajac, una influencer que, sin embargo, un día concientiza la enferma soledad en la que vive a pesar de los cientos de miles de followers que hacen de su palabra, una sagrada biblia del desarrollo humano.

Rubia, de profundos ojos azules, cuerpo trabajado hasta la extenuación por el gimnasio, deseada, reconocida y venerada como el culmen de los sueños de todo aquel que apenas puede imaginar una migaja de semejantes credenciales, Sylwia es al final de cuentas una pobre diabla tan patética como el gordo Stalker que la acosa a las puertas del edificio en donde vive la celebridad.

Ese obseso acosador por el que Sylwia puede sentir incluso una profunda lástima cuando este se ve sumergido en una tristísima escena de dolor físico y emocional en donde se ve involucrada la misma influencer.

La fitness ve en su derrotado admirador, la antítesis física de su propio cuerpo, pero al mismo tiempo, son hermanados por el patetismo y la miseria moral de quien lanza a través de las redes sociales, a diestra y siniestra, la vacía expresión de “mis amores” y de quien se cree que esa expresión puede ser literal.

Ya en una entrevista, Magdalena Kolesnik planteaba que es fácil juzgar desde fuera a las celebridades porque se desconoce el contexto personal de cada uno de esos aspirantes a la fama de lo efímero y tiene razón, desde el exterior, es factible el juicio que se desgrana en contra de la futilidad del llamado influencer, pero también es cierto que es difícil rebatir las estudiosas (que no actuadas) reflexiones de intelectuales como Umberto Eco y Guy Debord, ya citados hace quince días en función de El rey de la comedia, la cinta que abrió el hilo para este debate de la fama y la celebridad.

En términos sociológicos, psicológicos y antropológicos no parece tener justificación alguna el ascenso de figuras mediáticas en tanto empobrecen el debate de los asuntos importantes y abonan a la pauperización de la información confiable

Guillermo García Pérez es radical en su apreciación y pide muerte para las celebridades y los ricos, Eco llamó a los fieles followers, legiones de idiotas; la televisión en su momento fue considerada por los estudios de consumo como la caja idiota y la aparición de internet y su endiablado ascenso, permitió a las masas un asalto coordinado de los contenidos que permite vislumbrar con claridad el trasunto de la sociedad que somos y representamos.

En Sweat, von Horn no deja de lado la humanidad de su influencer y la revela tan humana como usted o como yo, la muestra débil, triste y solitaria, pero también el cineasta sueco la descubre ávida por la imagen, pescadora a río revuelto de la ignorancia de sus fieles, arrogante cuando habla de cómo deben alimentarse los seres humanos para devenir luego en una lastimosa figura que busca la aprobación y el reconocimiento de una masa amorfa.

Esa masa amorfa, reconoce el personaje de Kolesnik, es al final de cuentas más importante para ella que ella para esa muchedumbre practicante del like, palabra tan prostituida que hoy parece representar la moneda de cambio para generar una existencia real en el mundo de la virtualidad.

La ficción, por supuesto, siempre alcanza y rebasa a la realidad y esta vive una fascinante alianza con esa ficcionalidad. En México tenemos a nuestra Sylwia Zajac, una tal Yoseline Hoffman mejor conocida como YosStop, una influencer hoy encarcelada y vinculada a proceso por el delito de pornografía infantil en contra de una joven que fue violada por un grupo de jóvenes.

La historia de YosStop no es caldo de cultivo para el dedo flamígero de la condena, sí para reflexionar el por qué desde el cine, la literatura, la sociología, la psicología, se pide por la “desaparición” de las celebridades o se estudia su pernicioso estado, personajes que necesitan menos likes y más cerebro para discernir cómo aprovechar mejor su presencia en un mundo que amenaza con desbarrancar en un mar de ignorancia, en un océano de enfermiza atención o en el simple charco enlodado de Sylwia y YosStop.

2 años y 50 Road Movies

Esta Road Movie llega a sus primeros dos años en la Ruleta Rusa y a sus primeras cincuenta colaboraciones.

Más de 700 gracias y 50 miradas agradecidas a mis lectoras y lectores que quincena a quincena se permiten debatir con el autor de esta columna. Con su permiso, seguiremos aquí presentes. Gracias.