Para Emilio Hernández y Federico Rábago, maestros y amigos. Porque Dios o el Diablo disfruten ahora de su maravillosa conversación.

Hay una cierta o una fuerte nostalgia para quienes crecimos sin el azote de los teléfonos inteligentes y que, al mismo tiempo, sabemos qué significa o significaba una profunda o informal charla y la riqueza de lo que aporta una conversación inteligente cuando se ha tenido la fortuna, también, de intercambiar ideas, memoria y perspectiva sobre un sin número de temas, cuitas y alegrías con alguien que aprecia en la misma dimensión ese regalo de las palabras.

Ni qué decir de los espacios en que esas largas conversaciones tenían lugar: la cantina de barrio, el café del centro de la ciudad, la sobremesa larga luego de una comida y una bebida generosa en la casa de alguien o en ese restaurante favorito al que acudimos fervorosos como creyentes a la misa de los domingos.

En el cine, se han dado obras deliciosas en donde convergen estupendos actores y actrices, que, bajo la dirección de hábiles directores, han protagonizado conversaciones o incluso monólogos monumentales que hacen de la charla un arte que, lastimosamente y sin temor a la equivocación es una manifestación ya poco socorrida.

Recordemos por ejemplo a los actores Wallace Shawn y André Gregory, quienes se representan a sí mismos en Mi cena con André (1981), dirigidos por Louis Malle. Shawn y Gregory se citan en un restaurante en Nueva York y conversan sobre temas diversos: disertan sobre el teatro, sobre lo que realmente es importante en la vida, sobre la mecanización inminente de lo humano, así, durante entrañables 110 minutos que hacen una oda total al arte de la conversación.

Y qué decir sobre Café y cigarrillos (2003), del siempre innovador Jim Jarmusch. Once conversaciones distintas entre diversos personajes quienes, bajo el humo del cigarrillo y el café como protagonistas, debaten sobre temas tan cotidianos como la preparación del té inglés, Elvis Presley o el rock. 96 minutos hilarantes a la vez que reflexivas posiciones ante la vida y su acontecer.

Bajo ese tenor es que Martin Scorsese se aventura a dirigir en Netflix una serie documental de siete episodios que ha titulado, Supongamos que Nueva York es una ciudad (2021).

Scorsese ha decidido seguir sus impulsos lúdicos y apuesta por la voz de la escritora y humorista Fran Lebowitz desde su invectiva más corrosiva y ácida para crear Supongamos que Nueva York es una ciudad

La serie documental, en voz de Lebowitz, discurre sobre diversos tópicos que van desde el transporte público de Nueva York hasta pasar por su concepción del arte, la salud, su desprecio por las redes sociales y las nuevas tecnologías, su bloqueo creativo que le ha impedido escribir un nuevo libro desde hace 30 años, los lugares más emblemáticos de la urbe norteamericana y su aversión a las multitudes.

El veterano director se auxilia para esta charla-monólogo con Lebowitz con fantásticas imágenes de archivo de la metrópoli neoyorkina, una dinámica edición y entrevistas pasadas que Alec Baldwin, Spike Lee y Olivia Wilde le hicieron a la humorista.

Fran Lebowitz es una gozada, un placer que se agradece tener al observar y escuchar a esta septuagenaria y fumadora mujer que ha hecho de Nueva York un territorio único para definir su existencia y su razón de ser y estar en el mundo.

Lebowitz es agreste y quizá, para quienes no la conocemos personalmente, podría llegar a imponer su personalidad y lengua ácida, agresiva y políticamente poco correcta. Habla y discurre sobre diversas experiencias con la soltura de quien sabe perfectamente a dónde va y qué quiere en la vida. Sacude con sus palabras a las conciencias biempensantes, lanza diatribas y sentencias que no encajarían en lo que la normalidad demanda y espera.

Comentario aparte merece Martin Scorsese, porque si bien Lebowitz responde a los requerimientos del director, Scorsese es una carcajada permanente. Marty (como le llaman sus allegados), vomita una y otra vez risotadas incontrolables ante las disquisiciones de su interlocutora.

Si alguien pregunta que papel juega Scorsese ante la presencia de la humorista, solo podríamos decir que Martin ríe y llena la pantalla con sus escandalosas carcajadas y uno como espectador acompaña las explosiones cómicas del legendario cineasta porque el binomio palabras-felicidad de Scorsese y Lebowitz no puede dejar indiferente a quien aprecia la química perfecta de semejantes personalidades.

Pero… ¿Por qué resultaría atractiva una serie en donde escuchamos a alguien hablar durante siete capítulos de 30 minutos de duración cada uno? No está demás señalar que obras como Supongamos que Nueva York es una ciudad no es para todo tipo de espectador como tampoco lo es Mi cena con André o Café y cigarrillos

Como se indica al principio de esta colaboración, el aprecio por el arte de la conversación no es un modus operandi que todo mundo lleva a cabo en los tiempos, la época que nos ocupa. Las largas horas sentado a la mesa departiendo un café, una cerveza o una buena comida a la par de una buena charla, han sido sustituidas por la inmediatez, la prisa, la fugacidad del momento, esa brevedad del espacio-tiempo que hoy domina todo y lo engulle sin anestesia alguna.

Por eso es que obras como la que ahora nos propone Scorsese y antes de él otros más, sería casi una agresión a la poca paciencia de muchos, pero un regalo inestimable para quien agradece la inteligencia de aquel que sabe usar el lenguaje, las palabras, instrumento que ha sido alma de todos los tiempos y arma de todos los días (no sé en realidad quién dijo esta maravillosa frase).

Sí, no es para cualquiera o al menos no lo es para aquellos que desprecian el cara a cara y se han virtualizado hasta el hartazgo. Sí lo es para quienes entienden lo humano desde la cercanía y el afecto de quien sabe charlar. O sí lo es también para quien sienta el insight de aquello que no conoce, pero que intuye, puede contener un tesoro ya poco apreciado.

Otras recomendaciones conversacionales y monológicas

No es, sin embargo, la primera vez que Martin Scorsese y Fran Lebowitz se encuentran para una experiencia conversacional o monológica. Ya en 2010, la dupla se apareció en el documental Public speaking (disponble en Youtube), bajo prácticamente el mismo formato que ahora se presenta en Supongamos que Nueva York es una ciudad. Por ello, y sin que sea necesario ver Public speaking en primer término, sería bueno apreciar a la misma Lebowitz diez años antes de su reencuentro con Scorsese.

También es digna de apreciar la cinta, 10 historias cortas de amor (2002), de Rodrigo García, diez monólogos protagonizados por mujeres en donde se reflexiona sobre las relaciones sexuales, el amor y sus experiencias amorosas con los hombres.

Y por supuesto, para los cinéfilos recalcitrantes, Hitchcock/Truffaut (2015) de Kent Jones. Jones entrevista a directores clásicos para que reflexionen sobre la obra del maestro del suspense.

Dicho film hace alusión al libro escrito por Francoise Truffaut, El cine según Hitchcock en el que el realizador francés conversa con el artista inglés sobre el cine y la particular visión del director de Psicósis sobre lo que significa el arte cinematográfico.

Esta Road Movie, por cierto, le debe unos comentarios a dicho documental de Kent Jones. Ya lo charlaremos. Seguro.

  • Ilustración: Netflix
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