Stanley Kubrick no vería en las salas de cine su obra final, el cineasta neoyorkino moría en marzo de 1999 y ‘Ojos bien cerrados’ se estrenaría pocos meses después.

Eyes wide shut, su título original en inglés, sería el punto culminante del legado cinematográfico de Kubrick, una historia de dos horas cuarenta minutos de duración que nos muestra un mundo de obsesiones sexuales, celos, culpa, la complejidad del matrimonio, los deseos más oscuros y abyectos del ser humano, una historia de misterio y ambientación absolutamente inquietante, una experiencia onírica que hoy, veinte años después, la vuelta a ella, sigue despertando una fascinación y un espejo cristalino de la sexualidad humana y sus deseos más recónditos.

El médico Bill Harford (Tom Cruise) y su esposa Alice (Nicole Kidman), son un joven matrimonio con una pequeña hija. Representan a la pareja ideal, exitosos, atractivos, seductores, pero la confesión que una noche, Alice le hace a Bill sobre una fantasía sexual que tuvo con otro hombre, los desnuda a ambos como los seres tan terrenales y ordinarios como lo puede llegar a ser cualquiera.

A partir de la confesión de su esposa, Bill se sumerge en un mar de celos y dudas que lo atormentan hasta llegar él mismo a la búsqueda de sensaciones sexuales extramaritales que lo sumergen en un submundo de escenarios surrealistas y macabros que lo ponen al borde de su propia perdición y la destrucción de su matrimonio.

Ojos bien cerrados, sin embargo, cuenta también la historia de ese deseo que revienta los sentidos, pero que, al mismo tiempo no se satisface, se frustra y se reprime ya sea por la culpa, por el miedo que causa la libertad de hacerlo o por la casualidad que redirige a los personajes cuando se encuentran a punto de quebrantar su moral y sus tópicos de conducta aprendidos a lo largo de una vida; algo que ha descrito a la perfección Erich Fromm en su obra La Patología de la normalidad.

Todo lo bueno para el buen funcionamiento de un régimen socioeconómico termina por ser dañino para la salud mental del ser humano: lo frustra, lo condena a la represión, al deseo no consumado

No es casual entonces que Kubrick introduzca al espectador a la sensualidad y el deseo desde el primer momento y las primeras imágenes de su obra final: una hermosa toma de Alice desvistiéndose, asoma ya al motor que dirigirá la historia, el cuerpo desnudo de Kidman como acicate de lo que se desea, la conversión de la mamá y esposa que Bill observa en ella y el rompimiento que Alice le hace de esa imagen estereotipada cuando conecta a Bill con sus celos y le dispara su confesión dominada bajo los efectos de la marihuana: “y pensé que si él, quisiera tenerme aunque fuera tan solo por una noche, estaba dispuesta a perderlo todo, a ti, a Elena, todo mi futuro, perderlo todo”.

Es entonces que empieza el sueño-pesadilla de Bill Harford, es entonces que Ojos bien cerrados camina entre lo inverosímil y la distorsión de la realidad. Y qué son los sueños sino pedazos de realidades inconexas. Kubrick y sus personajes caminan entonces por el aparente sin sentido y la irrealidad, entre lo lúgubre y lo profano, entre el terror de lo que se quiere y las consecuencias de tomarlo o no.

Prostitución, orgías sectarias, pedofilia, infidelidad, flirt interminable. Pareciera que tales adjetivos describen únicamente una historia de pornografía y perversiones sexuales, pero nada más alejado de la realidad, porque también Stanley Kubrick invita a la reflexión sobre la complejidad de las relaciones humanas, la familia como institución, la miseria de hombres y mujeres sumergidos en sus propios infiernos particulares, la desesperación que ocasionan las pesadillas y los sueños que albergan lo más oscuro de nuestras vidas, esos recovecos que nos acechan y por los que más de alguna vez, como Alice, estamos dispuestos a perderlo todo.

Pero no solo los personajes per se y sus situaciones de vida ambientadas por lugares lúgubres en Ojos bien cerrados, hacen eco en el ánimo de esta joya cinematográfica que cumple 20 años de inquietarnos, es la música ese otro elemento que Kubrick añade para potencializar el ambiente sórdido de su cinta.

Inolvidables resultan el Vals número 2 de Dmitri Shostakovich, la Música ricercata de György Ligeti y las perturbadoras composiciones de la violinista y pianista británica Jocelyn Pook, para volver más densa la ambientación

No resultaba novedoso en Kubrick la utilización de música y autores clásicos. Se volvió un sello personalísimo en la filmografía del cineasta norteamericano cuando a partir de la que se considera su obra maestra, 2001: Odisea del espacio (1968), la escucha de músicos clásicos como Strauss, Beethoven, Liszt, Mozart, Vivaldi entre otros, siempre acompañaron la ambientación de sus historias olvidándose de las composiciones score, instrumento sonoro presente en la mayoría de las películas y que ha dado majestuosos representantes como Ennio Morricone, solo por poner un ejemplo.

Han pasado entonces veinte años desde el estreno de Ojos bien cerrados, recomendar la visita a este film póstumo de Stanley Kubrick es una buena idea, pero sería mejor asomarse a sus historias a partir del joven cineasta nacido en Nueva York que en 1953 y apenas con 25 años de edad, filmaba su Fear and Desire, una historia bélica de apenas una hora de duración que marcaba el derrotero de su grandeza fílmica.

 

Plano contrapicado

 Era el mes de marzo de 1999, Stanley Kubrick moría en el Reino Unido, tras de sí, dejaba una estela de narraciones cinematográficas que abordaron diversos tópicos que van desde su muy particular visión de la guerra, pasando por la ciencia ficción, la complejidad de las relaciones humanas y sus deseos y pasiones no resueltas.

Así, 2019 marca los primeros veinte años sin Kubrick, los primeros veinte años con los Ojos bien cerrados.

 

  • Fotograma: Eyes wide shut