‘Ruido de fondo’ (2022), la nueva película del director neoyorkino, Noah Baumbach, ha consensuado entre la crítica cinematográfica la idea de que el cineasta se ha sumergido en una de las obras literarias consideradas inadaptables al cine: ‘White noise’ (1985), del escritor norteamericano, Don DeLillo.
La novela de DeLillo es una de esas obras que se unen a La broma infinita de David Foster Wallace, Ulises de James Joyce, Rayuela de Julio Cortazar o Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, como insignias literarias “imposibles” de llevar a la pantalla grande por la enorme complejidad de su narrativa.
Sin embargo, el autor de esta columna siempre ha pensado en lo inútil de hacer comparativas entre un libro y su película por la simple y compleja razón de saber que los lenguajes entre una y otra manifestación del arte son enteramente distintos y la subjetividad para interpretar el mundo tiene en cada uno de esos lenguajes, formas antagónicas para contar una historia.
Pensar en lo que significa la expresión inadaptable, es entonces un ejercicio estéril que más bien debiera responder a la simple fórmula de calificar una obra cinematográfica como buena o mala y saber si el cineasta logró dialogar con el autor de una obra literaria
Vaya esta primera reflexión sobre la relación entre la literatura y el cine para decir que Baumbach ha logrado de buena manera dialogar con DeLillo para reflejar en Ruido de fondo, el miedo a la muerte y las formas en que el ser humano trata de paliar ese terror primigenio que significa la finitud y la entrada a la nada y la inexistencia.
En la cinta de Baumbach, un superlativo y camaleónico Adam Driver interpreta a Jack, un profesor universitario experto en estudios sobre la figura de Adolf Hitler, casado en cuartas nupcias con Babette, mujer con la que conforma ese concepto de modernidad familiar en donde los hijos e hijas son los de él, los de ella y el de ambos.
Son los años 80 del siglo pasado y la familia de Jack se enmarca en el tradicional costumbrismo de la clase media norteamericana. Jack, su esposa y la prole viven inmersos en la comodidad burguesa, en un ambiente de consumismo y dinámicas rutinarias que revelan el más puro estilo al que convoca el capitalismo reinante en el mundo.
Notable es la descripción gráfica que Baumbach hace de esa realidad cuando su cámara atrapa la cotidianidad familiar y sus costumbres, rodeada de productos de conocidas marcas, sus frecuentes visitas al supermercado y el afán por las nuevas tecnologías.
De hecho, el supermercado se vuelve un personaje más, una especie de prolongación del hogar, un refugio que asemeja la calma y el orden o ese ruido de fondo que no escuchamos porque el mundo de la seducción ha logrado adormecernos para asegurarse nuestra voluntad y olvidar al menos por momentos, que somos mortales. Las ofertas del supermarket como placebos al dolor de estar vivos.
Sin embargo, esa narrativa de la comodidad burguesa se verá un día trastocada por un accidente industrial que arroja a la atmosfera una sustancia tóxica y pone en peligro a todos los habitantes de una ciudad del medio oeste estadounidense, lugar que también habitan Jack y su familia.
Es a partir de ahí que el profesor universitario y su esposa Babette comienzan a manifestar un terror patológico a la muerte, a perder lo que han cosechado, a ver el derrumbe de sus sueños por la conciencia inequívoca de su probable muerte y la de los suyos.
Pero Noah Baumbach no se arroja al drama puro, transita los pesares de la disfuncional familia en una mezcla de géneros que van desde la comedia absolutamente hilarante hasta el cruce con el terror y la parodia al cine de catástrofes naturales.
Ruido de fondo alcanza niveles de absurdo cuando Jack y su clan abordan su auto para huir de la nube tóxica, Baumbach recorre los miedos de una sociedad aterrada y confusa ante la incertidumbre de perder la vida y su proyecto. El director norteamericano dibuja también que aún en la desgracia, el ser humano puede ser cómico y patético al mismo tiempo
En las enormes filas de automóviles que intentan dejar atrás la nube asesina, se desenvuelven situaciones desternillantes que hacen al menos para el contexto cinematográfico mexicano, recordar indudablemente a Mecánica nacional (1972) la clásica cinta de Luis Alcoriza que narra las vicisitudes de un mecánico aficionado a las carreras de autos, pero que precisamente en alguna parte de la película, durante un congestionamiento vial, todas las miserias de la familia salen a relucir, todos los ruidos de fondo que hacen eco en la obra de Baumbach y azotan a la familia de Jack.
Ruido de fondo se debate también en el cotilleo del mundo académico y su, a veces, sobredimensionado papel en el mundo social.
Jack tiene magistrales diálogos con el también profesor Murray Siskind -una enorme interpretación de Don Cheadle-, el primero, experto en Hitler y el segundo, en Elvis Presley. Ambos personajes históricos son equilibrados por Jack y Murray como meros productos, aunque sus periplos de vida sean completamente disímbolos. Esa manida costumbre académica de querer transversalizar las distintas realidades de la existencia, aunque en ocasiones derrapen en galimatías que solo el academicismo más rancio puede generar.
Es después del paso de la nube tóxica y la vuelta a la calma que la obra de Noah Baumbach se ralentiza para diseccionar a plenitud la psique de Jack, de Babette, de los hijos e hijas, del mundo académico, del consumismo, de la tecnología, esa realidad tan actual y tan nuestra en el siglo XXI que Don DeLillo ya visualizaba en los años 80 del siglo pasado y el cineasta lo refleja de manera magistral a partir de su diálogo con el escritor neoyorkino.
El mismo DeLillo alguna vez comentó que la sociedad estadounidense se movía en la vida a partir del consumir o morir,aunque la experiencia humana ha demostrado hasta el cansancio que nuestras formas de consumo son también la vía que empequeñece la dignidad, deteriora el medio ambiente y sí, nos ubica en la tumba presos y víctimas de una y mil enfermedades que abonamos con nuestra voracidad mercantilista.
Jack y todos los personajes de la película sucumben a las marcas, al producto, a la novedad, a los avances tecnológicos de la época y por supuesto, a ese círculo vicioso que lleva del consumo, al temor de morir y su tiempo inescrutable con fecha de caducidad.
Es preciso recordar que también Don DeLillo consideraba su White noise como una obra que abordaba el miedo, la muerte y la tecnología y en este ultimo punto, el escritor se convertía con su novela, en otro profeta de los tiempos.
En la novela y en la película, la televisión es el medio predominante y el ventrílocuo perfecto que genera las ideas de otro que el televidente repite luego como mantra, una alegoría futurista de las actuales redes sociales en las que creemos sin la menor pretensión de asignarles absolutamente ningún margen de error
La realidad de los medios como escape, aunque eso mismos medios sean el semillero de nuestro terror y nuestras incertidumbres.
Si suena todo el tiempo, lo dejas de escuchar
En alguno de los carteles promocionales de la película de Noah Baumbach, una expresión señala que un ruido, si suena todo el tiempo, llega un momento en que lo dejas de escuchar.
Volvamos al supermercado, a las grandes tiendas departamentales, a los Black Friday norteamericanos. Es tal el ruido que nos hace la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, que las ofertas del día se convierten en el paliativo perfecto para escapar. DeLillo y Baumbach lo plasman contundente en sus respectivas obras.
Vaya y aprecie esta singlar cinta producida por Netflix aunque por su manufactura compleja, dicen algunos, sea la más antiNetflix de las películas.
- Fotograma: Ruido de fondo