Entre 1976 y 1983, Argentina se sumergió en una de las etapas más oscuras de su historia.

Cuando Jorge Rafael Videla asumió la presidencia del país sureño el 29 de marzo de 1976 luego del golpe de estado que derrocó a la presidenta María Estela Martínez de Perón. Concretamente el 24 de marzo de 1976, esa fecha marcaría la llegada del infierno a la nación argentina.

¿Pero cómo se vive la antesala del abismo? ¿Cómo vive una sociedad la llegada inminente de una dictadura? ¿Hasta dónde se convierte la ciudadanía en cómplice del horror, la corrupción y la impunidad? ¿Cómo un país se pudre, deja de ver, escuchar y hablar para permitirle el paso libre al desfile de los demonios que marcan la historia de una sociedad de forma permanente y para siempre?

Benjamín Naishtat (Buenos Aires. 1986), es un joven cineasta argentino que, en Rojo (2018), narra la forma en que una sociedad puede llegar a violentarse a sí misma cuando deja hacer y deja pasar al diablo al entorno cercano de sus vidas. Es 1975 y en una provincia cualquiera de Argentina, se percibe el aroma, el tufo de la muerte y todo su dolor.

La cinta del director argentino es una especie de campo minado. En el trayecto, nos encontraremos con un terror escondido, una atmósfera enrarecida y sucia, un andar que nos inquietará porque sabemos, sin verla, que la desgracia terminará por estallar sin darnos tiempo a reaccionar. La historia que nos cuenta Benjamín Naishtat solo nos dejará recoger los pedazos cuando la bomba de su narración haya tronado.

Las dos primeras secuencias en ‘Rojo’ ya nos advierten sobre lo que puede venir, le rompen los esquemas al espectador y lo incomodan

En la primera, en un plano fijo de dos minutos, nos presenta el frente de una casa, de ella, salen uno a uno sus habitantes con algunos objetos de la cotidianidad. No hay diálogos. Uno percibe, sabe en el fondo, que esas personas no van de paseo, no van al trabajo o a la escuela. Huyen. El silencio atestigua.

En la segunda, en un restaurante con la totalidad de las mesas ocupadas, un hombre increpa a otro (un abogado) y le dice que, si no va a comer, le deje su lugar. El hombre increpado le cede la mesa, pero acto seguido, humilla al tipo que lo cuestionó con una serie de sentencias sobre su psique, lo insulta y le dice que no es más que un “pobre desgraciado”. La furia se apodera del “pobre desgraciado” y ese estallido de rabia llamará a una pesadilla.

El espectador, como los comensales del restaurante, testifica sin respiro el intercambio atroz de estados de ánimo entre los dos hombres, sabe que aquello no puede terminar bien, pero es mejor callar, volver a sonreír cuando el altercado haya terminado, hacer como si nada hubiera pasado, volver a la sonrisa porque el pan y el vino tienen que seguir su curso lúdico de una tarde-noche en esa provincia argentina.

Es el derrotero que tomará la narrativa de la película, una primera comparativa del silencio cómplice, de lo que la noche y su oscuridad le recetarán al pueblo argentino en un período tristísimo de su historia moderna.

Rojo, clasificada también por la crítica como un muy inteligente noir, va entonces de metáfora en metáfora, de analogía en analogía para dibujar el significante y el significado de una dictadura que se avecina: desapariciones, asesinatos, torturas, crímenes de lesa humanidad. Rojo es una narración de sutiles sugerencias sobre lo que representa el miedo, un visionado incómodo sobre los temores, las ansias y la degradación de una sociedad que, como un perfecto efecto dominó, también muestra que el pueblo es tan capaz de prostituirse como el que más.

Naishtat no tiene reparos en denunciar y quitarle el halo santificado en el que solemos envolver a las sociedades, sus hombres y sus mujeres, la desnuda también corrupta y corruptible, inmoral y acomodaticia, superflua y caníbal.

En una dictadura, en tiempo de crisis de una nación, el pueblo puede ser también el punto de apoyo de la política tramposa

El nombre de la película alude quizá al rojo de la sangre de las víctimas, quizá a la amenaza comunista, pero la violencia que se respira en la cinta del Naishtat, se disfraza durante toda la historia. Amaga con su aparición en cualquier momento, se intuye y se revela en finísimas estampas de lo cotidiano: un eclipse total de sol, un truco de magia de un ilusionista que desaparece a una mujer, un lío de celos de un adolescente cuando otro joven lo llama “cornudo”, una coreografía de un ballet escolar, la casa abandonada del inicio de la película como parteaguas de un acto de corrupción en el que se ve envuelto Claudio, el abogado del restaurante en cuestión e interpretado de manera magistral por Darío Grandinetti.

Las situaciones, los diálogos, los personajes de la obra del joven cineasta argentino son como una sombra aterradora, no dejan en paz a nadie y al mismo tiempo, ya se dijo, todos voltean a otro lado como si nada ocurriera, como si la sombra de la muerte no fuera a tener lugar en ese pequeño pueblo de la argentina de los años 70.

Pero no es la primera vez que Benjamín Naishtat toca las fibras del horror. En su anterior largometraje, Historia del miedo (2014), Naishtat narra lo cotidiano, todo aquello que a la vista de cualquier persona en cualquier ciudad del mundo, se ha podido atestiguar sin que en ello se interprete nada más que las meras “cosas que pasan”: apagones permanentes, alarmas que se activan en un exclusivo fraccionamiento privado, un calor agobiante, el raro comportamiento de alguien cualquiera en la calle, la insoportable superficialidad de quien más tiene y la mirada resignada de quien apenas tiene lo necesario.

En Historia del miedo, el director argentino desgrana todas esas cosas que, si bien son el pan de todos los días, también de manera sutil pueden envilecer a los grupos sociales y sus clases, el miedo al Otro, el terror al que se sale del comportamiento aceptado, el pánico de no saber dónde y por algunos minutos, se han metido los hijos, cómo la oscuridad asusta e inquieta. Tan simple y complejo como eso. La calle y la familia, sus miembros y situaciones como elementos y proveedores de lo que nos intranquiliza en detalles, a veces, casi imperceptibles.

Ubicadas en orden cronológico de la historia argentina, quizá Historia del miedo sea la continuación de Rojo, la conciencia de que en realidad, nada desaparece y que en diversas versiones, la realidad siempre estará ahí para recordarnos la fragilidad del ser humano y la terrible lucha interna que nos cuestiona dónde está el bien, dónde comienza el mal y como diferenciarlo para no caer devastado por la inmoralidad.

Rojo y las decisiones miserables

Benjamín Naishtat no rehuye las respuestas cuando se le pregunta, por ejemplo, en una entrevista con Begoña Piña para el periódico Publico de España, si Rojo es “una radiografía de lo miserables y ruines que pueden llegar a ser los seres humanos”:

Sin ambages, el director argentino señala: “La película plantea que permanentemente se nos abre la posibilidad de la ventaja personal a través de una decisión miserable. En esa disyuntiva se pone al protagonista, y se busca que la duda alcance al espectador, ¿qué haría yo?, es la pregunta que invitamos a hacerse”.

Y si analizamos bien entonces las intenciones narrativas de Naishtat, tendremos que aceptar que sí, que el ser humano linda de manera permanente con el miedo, con la posibilidad de la traición, con esa sensación inequívoca que todo aquello que es evidente, esconde en su interior la posibilidad de fastidiarnos el día, la vida completa si vemos el peor de los escenarios.

  • Fotograma: Rojo
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