Apuntaba en el 2008 el escritor Carlos Monsiváis en un artículo publicado en el periódico ‘El Universal’, que: “el lema del ‘2 de octubre no se olvida’, es de una eficacia notable, porque es la primera consigna del recuerdo asumido como deber político. Y cada año el lema vertebra las marchas, alegres y combativas… Al relevo generacional del compromiso lo marca el ‘2 de octubre no se olvida’ “.

Y en efecto, el lema ha mostrado el músculo a lo largo de cinco décadas, el simbolismo con el que se presenta cada año en las marchas que ocurren en la Ciudad de México, representa el recordatorio de una matanza de estudiantes ocurrida en 1968 en la Plaza de las Tres Culturas en un país que precisa no encerrar en la desmemoria sus páginas más representativas y que al mismo tiempo, definen el signo de una generación que buscó una transformación radical en sus dinámicas políticas y ciudadanas.

¿Pero cuánto tiempo en realidad recuerda una sociedad sus heridas más agrias? ¿Hasta dónde alcanza la memoria para significar un hecho como el del 2 de octubre de 1968? ¿Conviene decirle adiós a un momento histórico de tal magnitud para darle paso a una nueva manera de representar la realidad, una realidad más justa y más acorde a la dignidad y el derecho humano?

51 años después de la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, se quiera o no, parece que la estela de la histórica fecha empieza a palidecer

No faltan por supuesto, los artículos, los mismos documentales, las mismas fotografías, las entrevistas obligadas con los protagonistas de la época, pero cada vez parecen significarle menos a las nuevas generaciones, generaciones que interpretan el mundo de una manera enteramente distinta y no encuentran sentido a consignas que le son ajenas, que le suenan a viejo, que no les dice nada.

Poco a poco, como ocurre ya, los personajes centrales del 68 irán muriendo. No habrá, pronto, palabras nuevas si es que no se han agotado ya, discursos que dignifiquen la lucha de los jóvenes de aquella época, poco a poco los programas y documentales darán paso a la mera repetición de lo ocurrido, al in memorian obligado para los muertos de ese tiempo.

En 2068, (cien años habrán pasado entonces), cabrá preguntarse si “el 2 de octubre no se olvida” tendrá alguna razón de ser, si la expresión no se habrá cambiado a una blasfema pregunta como por ejemplo: “el 2 de octubre de qué año, no se olvida qué“. La memoria es caprichosa y sus escondrijos rocambolescos suelen bromear con la conciencia de quien pretende exhumar las cenizas del ayer.

Quien esto escribe, no vivirá cien años, pero si alguien le preguntara a este escribidor qué le recomendaría ver y leer a las generaciones jóvenes de los años 60 del siglo XXI para sacar del baúl de los recuerdos al 2 de octubre, les diría que leyeran las crónicas de Carlos Monsiváis y “La noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska y les guiaría a ver y reflexionar la cinta, “Rojo amanacer” (1989) de Jorge Fons.

En “Rojo amanecer”, las generaciones del futuro verían cómo se forjaron los revolucionarios de corte analógico, los del papel impreso, los del teléfono fijo, los revolucionarios del cara a cara y no los indignados de Facebook o Twitter, los revolucionarios digitales.

Fons narra la historia del 2 de octubre desde la mirada y la tragedia de una familia de clase media compuesta por un funcionario menor del gobierno del DF, su esposa, una ama de casa; el abuelo, un exmilitar retirado y los tres jóvenes hijos de la pareja, los dos mayores involucrados en el movimiento estudiantil.

Una de las grandes virtudes de la narrativa cinematográfica de Fons es recrear el horror de aquel día desde el pequeño espacio de un departamento del Edificio Chihuahua en la Ciudad de México

Fons no acude a exteriores, en el claustrofóbico departamento recorre la angustia de los padres y el abuelo por no saber dónde están sus hijos a esas horas aciagas y cuando estos aparecen en compañía de otros amigos, uno de ellos herido, la angustia crecerá exponencialmente porque se saben buscados por el ejército. Se saben en una búsqueda del gato y el ratón apabullante, creciente, en donde la tensión se vuelve insoportable al saber que los tentáculos del gobierno no descansarán hasta encontrar a todo aquel que osó cuestionarlo.

Y aunque en su momento, uno de los críticos cinematográficos más agudos como lo es Jorge Ayala Blanco, calificó la cinta de Fons como una “telenovela didáctica y tercermundista, burda y tremendista, en formato de rupestre cine posindustrial“, el paso de los años siempre nos enseña que la complejidad de la vida es preciso entenderla primero a partir de narrativas más simples para alcanzar luego una comprensión más equilibrada de un hecho histórico.

Y esa es la virtud de Rojo amanecer, adentrarnos al dolor de un acontecimiento sangriento y vergonzoso a través de la mirada de una familia que representa en apenas hora y media de duración, todo lo que es un país como el nuestro: agobiado por el terror, lleno de sangre, de impunidad y corrupción. No necesitó Fons, ni lo pretendió en su momento, buscar y encontrar el hilo negro de la culpabilidad, ni escarbar en la penumbra de los entresijos del poder.

Hoy, la emblemática cinta de Jorge Fons y el ambiente que dibuja en ella, es el espejo del México de nuestros días, un México que si bien es una sociedad doliente en muchos sentidos desde hace más de 200 años, quizá no imaginamos que se volvería al paso de varias décadas, en una zona de guerra, en un asqueante cementerio lleno de fosas clandestinas y quizá sin saberlo, Fons ambientaba en un micromundo, la pintura trágica de una sociedad envilecida y envenenada, degradada moralmente sin visos de promisorio remedio que alivie la bajeza existencial que representa.

Es por eso que la crítica de Ayala Blanco a la cinta de Fons, hoy parece injusta y sin sustento, Rojo amanecer no es ni una telenovela, ni es una historia burda, ni un acontecimiento tremendista, es precisamente lo que las generaciones venideras tendrían que calificar como el espejo fiel de la tristeza de un país que no descansa y no puede velar a sus muertos porque no hay descanso que asista a nadie cuando acudimos a la caída libre de una sociedad lastimada hasta el cansancio.

Interpretada de manera magistral por Héctor Bonilla, María Rojo, Bruno y Demian Bichir y Jorge Fegan, la película de Fons acierta también al contar el sinsabor de las familias mexicanas azotadas por la violencia en la imagen de unos personajes anónimos, no tiene necesidad de acudir a la figura de la responsabilidad histórica que representa el expresidente Gustavo Díaz Ordaz o Luis Echeverría Álvarez, apenas y de manera suficiente, Fons le dice al espectador que está acudiendo a la forma y fondo de un hecho histórico que taladrará la conciencia de todo un país a lo largo de varias décadas y que simbolizará miles y miles de marchas anuales al grito de “2 de octubre no se olvida“.

 

 Flashforward

Es el año 3068, un joven veinteañero entra a una olvidada biblioteca en la que atiende un viejo bibliotecario al que ya nadie acude porque es un oficio del que ya nadie se acuerda. Los seres humanos de la época han olvidado muchas cosas y entre ellas han olvidado el valor de los ancianos. El bibliotecario ronda los cien años y que mejor lugar para confinarlo que una biblioteca en desuso.

El joven veinteañero le pregunta al viejo centenario de qué va un libro que se llama La noche de Tlatelolco, los textos de alguien llamado Carlos Monsiváis y una película llamada Rojo amanecer.

El viejo bibliotecario le dice que las tres obras hablan de aquello que el ser humano no debiera olvidar y que sin embargo como a él, el mundo ha decidido no hacerles mayor memoria. Lo invita a ver y leer para luego, volver a charlar cuando eso haya ocurrido.

Es el 2 de octubre de 3068, una fecha cualquiera, así sin más, cualquiera.