Dentro de la jerga cinematográfica, se dice de algunos actores y actrices, que tienen la capacidad de interpretar papeles tan diversos y contrapuestos que no se puede considerarlos menos que unos camaleones auténticos, ya por su talento para transformarse físicamente, ya por el enorme esfuerzo de llevar al máximo una interpretación dramática tan profunda e intensa que sólo ellas y ellos y nadie más, podrían llevar a cabo.

En ese tenor, pero en el ámbito de los directores, podríamos ubicar sin problema alguno a Sam Mendes, el cineasta inglés que con 1917 (2019), aspira a llevarse el Oscar a mejor película, mejor director y ocho nominaciones más.

Mendes es un director que, sin más, puede presumir de presentar cada una de sus obras como una garantía de calidad fílmica. El inglés ha sido capaz de generar cintas tan desgarradoras en lo emocional como American Beauty (1999), Road to perdition (2002) o Revolutionary Road (2008), hasta historias franquicia como el clásico James Bond en Operación Skyfall (2012) y Spectre (2015).

Ya antes de 1917, Sam Mendes incursionó también en el tema de la guerra con un formidable drama bélico en Soldado anónimo (2005) en donde hacía una crónica desgarradora sobre la guerra del Golfo

Fue así que catorce años después, el director inglés se ha aventurado en el que quizá sea su mayor desafío estilístico, técnico y narrativo hasta el momento.

1917 entra en el terreno de las películas de guerra en donde nos cuenta la historia de dos jóvenes soldados británicos que tienen una misión prácticamente imposible: atravesar terreno enemigo alemán para entregar un mensaje que evitaría la masacre de cientos de soldados, condimento aparte, uno de ellos hermano de uno de los dos soldados encomendados a semejante reto.

Mendes ha retado con esta cinta en el terreno del arte, a grandes clásicos del cine bélico. Tratar de equipararse a ciertos títulos que han trascendido los años y la historia del celuloide no es tarea fácil, ya el tiempo dirá, (a pesar de las grandes posibilidades que tiene de alzarse con el Oscar) si la más reciente obra de Mendes puede cenar en la misma mesa de películas como El puente sobre el río Kwai (1957) de David Lean, Pelotón (1986) de Oliver Stone, Full metal Jacket (1987) de Stanley Kubrick o el clásico de clásicos, Apocalypse now (1979) de Francis Ford Coppola.

Pero en tanto el tiempo decide el lugar que merece realmente ésta multinominada cinta de Mendes, no se puede negar desde ya que la cinta del inglés es un absoluto despliegue de calidad técnica, un dechado de preciosismo y una fotografía de Roger Deakins, de una belleza inenarrable. Si tan sólo por esas razones se otorgará la estatuilla dorada, 1917 se alzaría de calle con el premio sin ningún lugar a dudas.

¿Pero dónde queda el retrato íntimo de los personajes de 1917? ¿Dónde la reflexión sobre la guerra y sus consecuencias perniciosas si tan sólo alabamos la calidad técnica de la cinta de Sam Mendes?

Si bien es cierto que los personajes notablemente interpretados por George MacKay y Dean -Charles Chapman, no encajarían en las características de personalidad de los protagonistas de las películas de Mendes, es justo decir también que ambos actores logran transmitir de manera convincente sus temores, sus dudas, sus sinsabores y su dolor ante una situación de conflicto.

Cierto es que no son los personajes de talante contradictorio que sufren al verse inmersos en sus propias paradojas y sus propias frustraciones como Sam Mendes nos tiene acostumbrados en la narrativa de varias de sus cintas, pero es cierto también que los dos jóvenes soldados de 1917 se nos quedan en la retina y en la memoria por que abarcan con toda su emoción el total de la pantalla grande.

¿Y por qué más se nos quedan en la retina y en la memoria con tal insistencia? Es ahí dónde la monumental técnica de la cinta nos muestra en todo su esplendor una cámara que sigue a los protagonistas por las estrechas, asfixiantes y claustrofóbicas trincheras en todo momento, es como si el espectador caminara a su lado y sufriera con ellos la terrible incertidumbre a la que están por enfrentar.

1917 es como oler el rancio de los días eternos del combate y su sangre, asquearse con las ratas enormes que cohabitan con los soldados, maldecir la guerra en primer plano y en close up

Aunado a ello, Sam Mendes receta espectaculares planos secuencias de hasta 10 minutos de duración lo que vuelve más presentes los dolores y sufrimientos de los dos jóvenes soldados que son perseguidos por la cámara como un perro de presa encargado de no dejarlos respirar ni a sol, ni a sombra y en donde la consigna es que vomiten ambos personajes su desasosiego que por momentos parece no tener fin.

Por eso, los dos muchachos se nos quedan en la memoria, en la retina, en el recuerdo de una guerra que tampoco vemos mucho en las pantallas de cine: la Primera Guerra Mundial, la primera gran guerra del sanguinario siglo XX, el más violento de la historia de la humanidad y en donde la muerte y el combate todavía se pensaban en el cara a cara, en la sensación de la bayoneta entrando en el cuerpo del enemigo.

Podría sí, equiparse esta obra bélica con un cine de mero entretenimiento, pero sería también y al mismo tiempo, la prueba irrefutable de que el entretenimiento en el séptimo arte puede, es capaz de generar obras monumentales que merecen ser analizadas con lupa por la numerosa gama de sus virtudes narrativas y descriptivas.

Por eso, como señalaba líneas arriba, Sam Mendes es un camaleón de la dirección de cine, porque es capaz de retratar a la gente común y corriente en la dimensión más profunda de sus demonios existenciales, porque es capaz de reinventar a un personaje mítico como lo es James Bond y reelaborar el cliché y el estereotipo del super agente para volverlo meramente humano y porque es capaz también de mostrarnos la guerra, en conflictos tan separados en el tiempo como la Primera Guerra Mundial y la Guerra del Golfo.

El próximo domingo sabremos si la Academia le otorgó a Mendes el premio a la mejor película y a la mejor dirección, pero más allá de eso, obras como la que hoy nos ocupa en nuestra Road Movie, trascenderá más allá de galardones y reconocimientos de cualquier festival cinematográfico por el simple y complejo hecho de que hemos acudido a una muestra de cine en estado puro.

In memoriam

Vivió una larga, larga existencia, se convirtió en una leyenda del cine mucho antes de dejar el mundo terrenal, interpretó a Espartaco, el clásico de 1960 dirigido por Stanley Kubrick. Murió a los 103 años, el Señor Kirk Douglas. En paz descanse.

 

  • Fotograma: 1917