Me compré un caleidoscopio. Fue como regresar a la infancia. Obtuve un pedazo de nostalgia intacto.

I

Cuando una ciudad no te deja hacer amigos, cuando una ciudad no te deja abrazar a tus viejos amigos todas las semanas, necesitas, al menos, un caleidoscopio. Gastas dinero en un tubo plástico, lleno de piedras de colores, miras hacia adentro por una rendija, lo sacudes y obtienes siempre nuevas imágenes.

En fin, necesitas creer que aunque sea en un tubo plástico lleno de piedras de colores encuentras felicidad, libertad, fuerza espiritual, que si gastas dinero no siempre es para cosas superfluas (lo espiritual como nueva forma de mercancía).

Pero ¿qué cosa hay más superficial e inútil que un caleidoscopio a los 30 años?

La enajenación existe. No es la misma en todos los capitalismos ni en todos los socialismos, pero existe. Donde no hay dinero para la cerveza casi siempre hay más tiempo para los amigos. Donde sobra la cerveza, los amigos suelen no tener tiempo para compartirla. Me he vuelto abstemia.

II

Los mejores lugares son los que construimos como buenos, los que ciertas circunstancias nos dejan construir como buenos.

Puede ser en La Habana en ruinas, en el bosque de Cuernavaca, en la pampa argentina. El mejor lugar del mundo es una decisión. El mercado, la migración económica tratan de confundirnos. Hacen parecer que el mejor lugar es la ciudad más desarrollada, el país donde puedes ganar más dinero. Pero el mejor lugar es una suma de circunstancias inexplicables, íntimas.

Quien necesita poesía para vivir no puede seguir las leyes del mercado. La buena poesía no sigue las leyes del mercado. Por eso casi nadie lee poesía, por eso nadie vive de escribir poesía

El alma no siempre encuentra su camino en la ciudad más colorida del catálogo de turismo. A veces, casi siempre, la verdadera luz está lejos del flash. Pero el flash nos ciega siempre, nos aparta de lo bello de la realidad.

III

No me gusta leer”, me dice el joven y se sumerge en su teléfono para revisar Facebook.

Las redes sociales nos obligan a leer el día entero, pero en un ejercicio mecánico, vacío. Son tantas las palabras que no significan nada, nos saturan, nos hacen olvidarnos de ellas mismas.

Dice Tomás Calvillo que las palabras perdieron su significado y por eso nos hemos quedado huérfanos de verdaderos cambios sociales. La voz individual gana la batalla: en las redes sociales cada quien se cree dueño de una verdad absoluta que no está dispuesto a negociar con las verdades de los otros.

Las redes sociales son ciegas y sordas a los otros. Nadie escribe: “Me equivoque”, es más fácil dar delete sobre el post que sabemos que resultó errado

La incoherencia se ha vuelto un valor, una posibilidad sin consecuencias en la sociedad digital. Las máquinas por sí mismas no representan el problema, las redes sociales por sí mismas no son el problema, pero se han venido a sumar a esos espacios regulados solamente por el mercado que dejan fuera cualquier intento por educar al otro en el respeto a los derechos humanos.

Las fronteras nacionales dejan de existir, cierto; pero las individuales parecen reafirmarse de manera insalvable.

IV

El mayor peligro de la humanidad no es la mediocridad, si no quienes no se aceptan tal como son y se sienten en peligro ante los otros. Los seres que traicionan a los otros, que luchan contra los otros, desde sus pedestales de mediocridad, esos son los peores. Son los que detienen el diálogo, los que coartan la colaboración, únicos caminos donde estas sociedades podrían hallar aún algunas esperanzas.

Las redes sociales, la individualidad que imponen bajo un halo aparente de libertad ideológica, solo abonan, todos los días, la tierra para que crezcan mediocres con pedestal.

V

La próxima vez, habrá que escribir desde la esperanza. Aunque el mundo se derrumbre, debemos salvar la esperanza.

  • Ilustración: Mónica Gutiérrez Serna

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