Con un clic sistemático las redes sociales han desmoronado los supuestos de la privacidad individual.

Todo comentario, imagen, video e información expuesto en internet deja de pertenecer al cibernauta para convertirse en parte del exhibicionismo virtual cuyas consecuencias son tan imprevistas como peligrosas. 

Bajo el velo de una propiedad inexistente (“mi cuenta”) millones de individuos alimentan, segundo a segundo, esa neblina de datos sin reparar que del otro lado de la pantalla no sólo se encuentran los amigos, los conocidos, la familia o eso que se ha denominados como seguidores, sino que el Internet está poblado de inquisidores de toda índole: individuales, institucionales, comerciales, gubernamentales, militares, que están al acecho de lo expuesto para fines lucrativos, en el mejor de los casos, o perversos, en muchas de las ocasiones.        

Para las generaciones mayores, quienes no somos nativos digitales sino que aprendimos a navegar en algún momento de nuestra vida, nos cuesta trabajo entender que las redes no son un jardín de buenas intenciones donde las relaciones se establecen como en la vida real. 

Las redes sociales carecen de esa lealtad con la que a una persona cercana se le confían secretos, opiniones o confidencias sabiendo que se hallará complicidad

Al contrario, y por más filtros de seguridad que se utilicen, lo publicado en Internet, por más bondadoso y honesto que sea, no sólo llega al círculo cercano sino que rebota en direcciones desconocidas y, aún peor, puede ser imperecedera.

No es casualidad que los más jóvenes, quienes nacieron y se desarrollaron en un mundo digital, sean tan reacios a compartir información personal en el ciberespacio y se inclinen por las redes que les garantizan que sus publicaciones serán efímeras. Sin huella, sin rastro, sin culpa, sin castigo.   

Los quince minutos de fama que, según Andy Warhol, todo el mundo desearía tener, ahora se han sido traducidos en likes, una suerte de droga en la que se mezclan la autoafirmación, el ego y la desmesura. Para conseguirlos no hay límites.

Médicos, sin pudor ni empatía, mostrando a sus pacientes en momentos de gravedad; profesores haciendo alarde de la supuesta estupidez de sus alumnos, ya sea en exámenes o en trabajos finales; madres y padres exhibiendo a sus hijos en situaciones humillantes; mujeres y hombres posteando fotos de soft porno; declaraciones racistas, misóginas, clasistas, homofóbicas o abiertamente fascistas, con el fin de parecer simpático y no un desquiciado. 

Nadie repara en el daño moral, psicológico y hasta físico que tales publicaciones pueden provocar en el individuo expuesto, pero también en el propio autor del contenido. La justificación para este tipo de conductas suele ser la misma: “es mi cuenta personal, mi espacio privado”, sin darnos cuenta que la privacidad es inexistente en las redes sociales.

Cada una de nuestras acciones es registrada, almacenada y catalogada, y puede utilizarse en cualquier momento y de cualquier manera

En diversas partes del mundo existen empresas que se dedican a comprar y vender esos registros con lo que ganan miles de millones de dólares al año. Su utilización va desde aspectos meramente mercantiles, como conocer los hábitos de consumo de un sector de la población, hasta delinear discursos políticos ad hoc a cada votante para asegurar el triunfo en las elecciones (Trump utilizó estos algoritmos).

Sin mencionar el entramado de delincuencia que se presenta en medio: pornografía infantil, trata de blancas, fraudes financieros, evasiones fiscales, y una larga lista de delitos que no dejan de alimentarse de las acciones de los usuarios. 

El Big Brother encontró un mecanismo perfecto de vigilancia a partir de la seducción de los likes. Esa misma seducción ha desmoronado nuestra privacidad.

  •  Ilustración: Pawel Kuczynski
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