Mi papá apostaba al perdedor con tal simplicidad que pensarlo hace que parezca virtud la derrota. Yo podría pensar, si hubiera sido mayor, y si entendiera lo que hace un padre frente a sus hijos, que lo hacía por condescendencia, por dejarse ganar una.

Posiblemente hemos visto nosotros mismos a esos padres que, con el miedo al Edipo futuro en la todavía inocente mirada de sus críos, se encargan de preservar para sí todas las victorias hasta donde les sea posible, escondiéndolo tras la máscara de estar dando una lección de competitividad y triunfalismo.

Mi padre le apostaba a Tecos, el equipo de la Universidad Autónoma de Guadalajara que ahora navega en la división de ascenso del futbol mexicano, cuando Pumas, los de la UNAM, los goleaban. Lo hacía sin titubear. Pero no era por nosotros, era por él o por su nostalgia del perdedor posiblemente. Porque nunca me llamó campeón ni me empujó a ser el capitán ni a ser escogido entre los mejores. Es un ludópata que encuentra el placer en jugar. Es un niño. Su inocencia es a veces ideosa. Apostaba por los Tecos cuando Pumas era superlíder y la goliza era un trámite, lo mismo que esperaba que el Irapuato por fin ganara o empatara en esas temporadas de ser el que iba a descender a la segunda división. Quizá estoy hablando de un ya lejano 1991.

Y, en el campo, a la hora de jugar nosotros, igual. Elegía aquello de lo que casi todos querrían escapar. En las cascaritas y en la gloria de este juego nadie quiere ser portero. Él elegía. Yo creo que imité esos gestos ahora que lo medito.

Soy o fui portero durante años. Los que solemos serlo somos siempre los menos hábiles, los aficionados a la soledad o al masoquismo de ser regañado por todos; los gorditos, los más pequeños, los que obedecen con tal de ser incluidos, los dispuestos a atajar a quemarropa los penales y los ataques porque todos, unos porque meter gol es lo fundamental, otros porque han visto que tirar a la portería es divertido, mandan el balón hacia el portero, el tipo más solo de este juego.

Mi padre era buen atajador

Quizá sea una vocación de Marga López, una afición por el martirio la del portero. Sin embargo, tanto silencio y tanta orfandad podrían levantar sospechas.

El portero podría ser el equivalente al poeta o al adolescente que siempre busca algo que lo marque como singular, que le reitere como un incomprendido. Ser portero puede que tenga mucho más de artístico que cualquier otra posición. Mira la mayor parte del tiempo, espera el momento justo para actuar. Mientras que el defensa suele ser una aplanadora, un mazo que destruye, que abre o cierra caminos para otros; un saca pico que taladra, los laterales suelen hacer la labor de unos topos que horadan las bandas, que cubren una franja como gusanos subterráneos.

Existe el escudero, que es la sombra o el pivote para que los volantes dirijan la nave: tienen los torpedos listos para ser lanzados. Los de adelante son eso, la vanguardia. Todos son parte de una estrategia que, secretamente, el portero dirige como el baterista de una big band desde la discreción del ritmo contenido. Podría ser considerado como el director técnico en la cancha, el que orquesta y da voces, la batuta para que todos los otros interpreten esa pieza que ha imaginado.

Qué engañoso es el sitio ése del que se viste diferente a los demás. Quizá fui portero por gordo o por maleta, por defensor de las causas perdidas o por buscar la aceptación de los demás. O porque me sentía artista desde morro, incomprendido y preadolescente. Quizá porque era el más pequeño de los de la cuadra y siempre al menor le toca ser portero.

Aunque dramatizo. Posiblemente lo que me interesa es decir que el futbol para mí es el lenguaje para entender y hablar y tener una relación con mi padre. Lo que para alguien más es la pesca o los libros. Para nosotros el lenguaje que lo aclara todo es hablar de un partido. Tomamos acuerdos como si fuéramos parte de una mesa de comentaristas de cualquier canal deportivo.

La vida la medimos en años mundialistas y las épocas en los tiempos de tal o cual jugador que no vimos hacer poesía en la cancha pero él sí, éste o aquel kaïser de la defensa que vino a México en algún mundial, la singularidad de un extremo izquierdo o las décadas de un arquero bajo los postes de un equipo como los muchos años del Conejo Pérez o de Oswaldo Sánchez; de cuál es la herencia de Jorge Campos, ese homenaje al mal gusto de los noventas en moda deportiva al que le fui devoto con toda la conciencia de un niño que se hizo adolescente utilizando uniformes de portero de colores chillantes atribuyéndoles algo de gracia, otro tanto de superstición , como una especie de armadura o de ritual sagrado para antes de jugar.

  • Ilustración: Paul Rommer
BICI