Bailar es como el amor: quien sabe cómo hacerlo jamás estará solo.

Y así como en el amor, en el baile se lucha. Cada paso simboliza el escupitajo a quienes permanecen sentados y admiran al protagonista de los movimientos deseando compartir con la pareja de éste. Más que lucirse el propósito es humillar al adversario.

La pista simula una habitación de hotel de paso: ahí se suda, de ella se sale sucio, es el lugar donde se prueba el alma del acompañante. El baile es maravilloso siempre y cuando no seas el que no se para de su asiento y veas cómo el cabrón más feo del bar se liga a las gringas deseosas de “¡salsita, papi!”

Cansado de tanta vergüenza pública decidí ponerle fin al martirio. Me calcé de guapo y fui a clases de baile

Pensé que no soportaría ni la primera sesión. Contrario a mi característica visión que siempre me lleva a imaginar los peores escenarios para cualquier proyecto que inicie, duré el primer mes sin problema. Ya hasta daba vueltecitas en pareja y caminaba con estilo y no podía esperar la invitación a la primera boda donde, según creía yo, seguro ligaría con alguna de las damas de honor basado en mi nueva forma de seducción que percibía como infalible. Pero el Diablo del mundo, que es el Dios de cualquier baile que se nutra de lujuria, siempre exige de más.

De pronto ya ni siquiera aguantaba las primeras canciones de calentamiento en las que uno se luce en solitario. La condición no me daba para terminar las rutinas. Los pies se me enredaban. Cuando intentaba dar giros me caía. Los otros compañeros hacían como que no miraban a la zona donde yo intentaba no romperme una pierna mientras Pedro Navajas comprendía que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Yo creo que cansada de perder su tiempo la maestra se me acercó con el fin de consolarme. No te sientas mal, no es fácil que personas con problemas psicométricos tan graves como el tuyo le agarren al baile a la primera. Nunca supe a qué se refería.

Quién hubiera sido Salvador Toscano, Efraín Huerta u Octavio Paz que iban al mítico Salón México a demostrar que la poesía es todo

Pero la más hermosa siempre será aquella que se demuestra con el cuerpo. Por eso mismo García Lorca escribió:

La Carmen está bailando por las calles de Sevilla.
Tiene blancos los cabellos
y brillantes las pupilas.

¡Niñas,
corred las cortinas!

En su cabeza se enrosca
una serpiente amarilla,
y va soñando en el baile
con galanes de otros días.

Cuando veo a esa gente que naturalmente mueve las caderas, que da vueltas sin marearse, que sonríe y coquetea mientras hace juego de manos me alegra pensar que la misericordia del baile no se distribuya entre todos.

Sólo unos cuantos pueden ser los elegidos para beberse todas las gracias del cuerpo. Son los que garantizan la belleza del mundo porque sólo ellos pueden demostrarla con ese fuego que les envuelve el cuerpo cada que hacen una nueva figura.

Ya luego me aburro y termino mentándoles la madre.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
Predial 2021