“A veces, las páginas vacías

dan más posibilidades”.

(De un diálogo en Paterson)

Cuando en 2016 se estrenó Paterson, de Jim Jarmusch, la Road Movie de ‘Ruleta Rusa’ aún no veía la luz. Esta columna acude hoy a una cita con esa obra maestra que no podía dejar de habitar el espacio que cada quince días dialoga con el cine.

El pretexto es lo de menos, pero lo hay. El próximo domingo Jim Jarmusch cumple 70 años. Paterson se une a memorables películas que le han dado al director estadounidense un lugar preciso de cineasta de culto y referente obligado para entender una manera de narrar historias que no siempre o casi nunca apelan al formato narrativo de Hollywood, Jarmusch ha recorrido su carrera con un cine para espectadores muy específicos.

Una noche en la tierra (1991), Hombre muerto (1995), Ghost dog: el camino del samurai (1999), Café y cigarrillos (2003), Flores rotas (2005), Sólo los amantes sobreviven (2013) o la singular Los muertos no mueren (2019), son cintas que han ubicado a Jim Jarmusch como un director al que debemos tenerle paciencia a la hora de apreciar sus historias.

Jarmusch recompensará esa paciencia revelándonos personajes inmensamente ricos en sus matices de hombres rutinarios, tristes, lacónicos, taciturnos o decididamente atractivos en su personalidad, pero siempre envueltos en la mansedumbre de vidas que aparentemente no cuentan nada relevante.

Paterson enmarca a ese hombre con las características descritas líneas arriba.

Paterson (2016) es una pequeña gran obra maestra de Jarmusch en estado de gracia creativa. A partir de una historia rabiosamente sencilla, entrega un personaje majestuoso envuelto en una vida rutinaria, simple y de una parsimonia total, pero es el arte de la poesía lo que convierta a ese hombre -que de anodino no tiene nada- en un tipo singular y profundamente conmovedor

Paterson, interpretado de manera poderosa por Adam Driver, es un hombre común, vive con su esposa y su existencia es rutina pura, disciplina probada, costumbre sin reparos. El hombre se despierta de lunes a viernes a las 6:15 de la mañana, besa a su esposa, desayuna cereal y va al trabajo para realizar su labor que no podía ser menos rutinaria: es chofer del transporte público de la ciudad en donde vive. La ciudad, sí, también se llama Paterson.

Nuestro protagonista vuelve casa, charla con su esposa las vicisitudes del día a día. Sale a pasear a su mascota Marvin, un Bulldog inglés y en un bar cercano a su casa, toma cerveza, bromea con el barman para luego regresar a casa, cenar, ir a dormir y esperar el día siguiente.

Durante 110 minutos, Jarmusch plantea al espectador la rutina de Paterson, la ciudad y el conductor de autobús, las variantes narrativas son pocas, los personajes alternos son concretos, las situaciones dramáticas no hemos de encontrarlas en gran número.

Es la poesía la que se convierte en protagonista de esta obra: El joven chofer es un aficionado total a ese género literario y encuentra en su día a día, los momentos y espacios para escribir. He ahí el encanto de la vida rutinaria, el encuentro con la pasión por algo, por alguien.

Los días repetitivos de Paterson cobran color cuando el conductor de autobús encuentra la inspiración en las cosas sencillas de la vida, cuando una caja cerillos, una conversación, un amor consumado se convierten en protagonistas fundamentales y devienen en dadores de vida para el joven chofer.

La cotidianidad cobra color cuando, voz en off, el personaje de Driver imagina, crea y plasma en papel el arte. Las letras de sus poemas inundan la pantalla y la tenue música de Sqürl, (banda de música alternativa a la que también pertenece Jarmusch), completan el cuadro que termina por arrobar al espectador y darle esa recompensa prometida por una historia que parece no contar nada y, sin embargo, es capaz de narrar el sentido de existir, el sentido necesario que alguien le encuentra a su vida.

Luego sabes que Paterson no es el autómata que va todos los días al trabajo producto del sistema que lo ahoga. El protagonista de la cinta de Jarmusch entiende que es precisamente su día a día la fuente y musa de una inquietud que saca a diario y la pone en papel y lo rellena de letras propias.

Paterson ve en la simple conversación de sus pasajeros la posibilidad de hacer poesía, en la marca de cerillos que utiliza encuentra la analogía de un amor, en el cigarro que encienden esos cerillos, la metáfora de amantes en complemento

Pero también la cinta de Jim Jarsmusch hace una especie de homenaje al poeta nacido en 1883 en New Jersey, William Carlos Williams y he aquí que el nombre de Paterson acude por tercera vez en la historia porque esa denominación también pertenece a una de las obras fundamentales de Williams.

Williams era en realidad un ginecólogo amante de la literatura y como Paterson, el chofer de autobús, William Carlos Williams encontró en la cotidianidad y en las cosas pequeñas de la vida, la fuente inagotable de su obra.

Paterson en la cinta de Jarsmusch, es admirador pleno de Williams; ambos personajes, el ficticio y el real, forman sin embargo la perfecta unidad de inspiración para complementar el cine y la poesía.

Pero no es la imagen del poeta William Carlos Williams el que domina la escena y la historia. Jarmusch tiene mucho tino de no convertir su película en un homenaje evidente, por el contrario, el poeta de New Jersey es apenas reminiscencia clara y reconocida en la cinta, pero es el conductor del transporte público el que logra interiorizar en el espectador su presencia nítida y total, la imagen de un personaje entrañable que logra hacer de su persona, un elemento que se te queda en la memoria como si fuera real y te acompaña ahora mientras manejas tu auto o te subes al autobús que te lleva a un destino cualquiera.

Por su parte, Laura (interpretada por la actriz iraní Golshifteh Farahani) la esposa de Paterson, es un personaje que complementa perfecto a su esposo, pero es al mismo tiempo, la contraparte de él:

Laura es inquieta y desea hacer cosas diversas para su vida, cantar, hacer pastelillos, diseñar, intentar nuevas comidas y elogiar a su marido por su enorme talento para la poesía.

Paterson y Laura como la tormenta y la calma que se aman sin reparo, así como el cigarro y el cerillo, así como el cine y la literatura en esta obra maestra de Jim Jarmusch, el septuagenario director que encontró hace 7 años en esta cinta, la forma de sublimar la vida y entenderla a partir de las cosas pequeñas de la existencia para convertirlas en poesía pura.

Un poema de amor

“Eso fue lo que me diste: yo me convertí

en cigarrillo, y tú en fósforo,

o yo en fósforo, y tú en cigarrillo,

brillando con besos ardiendo hacia el cielo”.

(Extracto de un poema en Paterson. 2016)

  • Fotograma: Paterson