Salir a la calle implica ver el hecho de la mendicidad. Los que piden se hacen notar porque demandan ayuda.

Los mendigos son muy visibles en horas comerciales cuando la gente sale de compras. Entonces se pueden apartar unas monedas para aliviar a esa gente y para lavar la mala conciencia de vivir en una sociedad de donde algunos están excluidos. Hoy, con el liberalismo no es necesario, pero en tiempos pretéritos fue obligatorio tener permiso de la autoridad para ejercer como mendigo. Digo adrede lo de ejercer.

Los pedigüeños que veo ocupan un lugar en un horario regular, si no es una profesión si al menos es una ocupación. Hay gente que no vale para pedir y se hacen más pobres aún, o si tienen el coraje bastante se convierten en delincuentes.

Otros que soñaron con una vida mejor se arrastran al lento suicidio del alcoholismo a base de vino malo en tetra brick. Salir a la calle implica verlo

Las iglesias y los supermercados de hoy podrían clasificarse igual que los hoteles lo hacen con estrellas o los restaurantes con tenedores. Las iglesias y los supermercados muestran su categoría por el número de mendigos que hay en sus puertas. En un pequeño comercio de mi barrio a veces no hay ni un mendigo en la entrada, como es de esperar es el que menor clientela tiene de la zona y temo que vaya a cerrar pronto.

Los mendigos también tienen estrategia comercial. Si tienen perros reciben más, y cuantos más perros mejor. Porque los transeúntes sienten una pena por los perros que no sienten por sus amos, el mundo es así.

Hay centros de acogida para animales abandonados, se venden almanaques  de gatitos para recaudar fondos  y ponen en las paredes fotos de perros sin amo para que sean adoptados. La sensibilidad de las personas hacia los animales es una buena señal.

Los humanos sufren simpáticamente por esas criaturas peludas sin casa donde vivir. Una sociedad en la que es común padecer por los sufrimientos ajenos se manifiesta como avanzada y solidaria. Habla de gente que una vez ha satisfecho sus necesidades se preocupa de las carencias que sufren otros animales domésticos.

El asunto es que nadie acogemos a un pobre

Un mendigo no despierta la normal compasión. El paseante le mira con desprecio, y el sentimiento de culpa social que se podría esperar se desplaza al que pide. El paseante urbano se siente incómodo y se enfada íntimamente con el mendigo, el paseante desea comprar y envidia a quien sale de las tiendas con las bolsas llenas. Siente desprecio por quien pide, a quien se hace responsable de su pobreza y a quien se culpa de estropear la monocorde estética de las calles comerciales de las ciudades.

Me pregunto por qué asistir a un animal abandonado te hace parecer sensible y  te sientes admirable, mientras que dar limosna te hace sentir mal. Las calles está llenas de hombres y mujeres que sentados o de rodillas  extienden la mano pidiendo, que se esconden detrás de un letrero de cartón, que gritan…

Mientras los transeúntes, desdeñosos, pasamos sin ni mirar.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa