Para mi padre,

quien todavía y por fortuna,

cree en la utopía de las revoluciones.

En la banca de un parque de Buenos Aires, un anciano llamado Antonio Cardozo lee el periódico en plena calma, poco después aparece León Schwartz, otro anciano que empieza a charlar con Antonio. El primer hombre no quiere platicar, sólo quiere seguir leyendo su diario, acto cotidiano que lo define como un tipo que únicamente busca la serenidad que le dan los años y una vida sin aspiración a nada más. El segundo busca quitarle la morriña del paso del tiempo y le habla de una época de revoluciones sociales, de ideologías y de la necesidad de seguir soñando con la utopía.

Así comienza Parque Lezama (2026) la nueva obra del cineasta argentino Juan José Campanella, una muy conmovedora historia que aborda la memoria, la vejez y la amistad, y también, como lo dice el propio Campanella, su cinta es sobre todo un encuentro del conformismo contra el compromiso (El País. 5 marzo de 2026)

Antonio representa esa conformidad con la existencia, aquella que el poeta mexicano Amado Nervo escribía en su mítico poema En Paz: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! Por su parte, León es un viejo soñador comprometido con sus ideales comunistas de juventud, un compromiso que no puede dejar atrás porque hacerlo representaría para él la propia muerte en vida, aunque esta le diga que ya nada es como antes, que las ideas en las que cree han caducado.

Parque Lezama está basada originalmente en I’m Not Rappaport, obra de teatro del dramaturgo estadounidense Herb Gardner y adaptada hace 40 años también al teatro por Juan José Campanella

La adaptación del director sudamericano tuvo mil 400 funciones montadas entre Argentina y España y hoy devenida en película, después de proyectarse apenas en unos cuantos cines en Argentina, la plataforma Netflix la ha estrenado hace apenas un mes, cinta que seguramente no será la preferida de un público acostumbrado más al estruendo y al efecto especial.

El nuevo film del director argentino es una historia basada sobre todo en el poder del diálogo, misión que recae en los portentosos hombros actorales de Eduardo Blanco y Luis Brandoni, los mismos actores que también representan a Antonio y León en la obra de teatro y que por ende conocen perfectamente a sus personajes y les insuflan alma y corazón a dos hombres convencidos a plenitud de lo que esperan y quieren de sus respectivas existencias.

El propio título de la cinta nos remite a un único escenario de filmación en donde el parque se convierte en el marco de una narración salpicada de comedia blanca y drama sutil que dosifica de manera perfecta las emociones de los personajes y del propio espectador que atestigua cómo, en ese único lugar, se concentra un microcosmos en donde se da cita la amistad improbable entre dos ancianos que perciben distinto la etapa final de sus vidas, interpretaciones que sin embargo, son de igual manera conmovedoras para ver en ellos un futuro ya no tan lejano para algunos de nosotros.

Pero también al Parque Lezama acuden las crisis entre papás e hijos, formidable es la historia entre Clara y León, su padre. Clara le recuerda de manera contundente que todas las personas cambian, que es el mundo el que sigue igual pese a todas las buenas intenciones de otros tiempos de hacer la revolución y hacer de ese mundo, una realidad más esperanzadora.

Clara y León se observan mutuamente desde la tristeza y la desesperanzan porque ella ve a su envejecido padre anclado en un pasado que no es ya como él lo vivió y León ve a su hija como una traidora a los principios revolucionarios que él le enseñó, pero no entiende que la realidad es ese principio que nos estalla en la cara y nos obliga a refundar y resignificar, a veces, esas cosas por las que alguna vez, incluso, podríamos haber dado la vida.

Quizá el viejo León tiene algo de razón cuando en un momento de la historia le dice a Antonio Cardozo que la gente envejece, pero las ideas todavía son jóvenes y probablemente en esa expresión es que el mundo, aunque a ritmo de tumbos y tropezones, aún funciona gracias al idealismo de quienes siguen pretendiendo alcanzar la utopía

Por su parte, Antonio es el antagonista existencial de León porque él ve sus días como una forma de conformarse con la lo que la vida le dio. Antonio Cardozo es todavía un hombre productivo que trabaja como conserje en un edificio de departamentos, es un hombre que al igual que León, se ha quedado atado al pasado, pero a diferencia de su amigo, entiende el presente desde lo estático, desde el hacer de la cotidianidad como un patrón de acciones que no deberían cambiar y no comprende o no puede aceptar que la modernidad ha llegado para desplazar las prácticas laborales de antaño como por ejemplo, ser reemplazado por la inteligencia artificial en su trabajo de conserje.

El viejo Antonio, en su lucha contra el compromiso idealista de León, se define a sí mismo como un conformista, pero no en el sentido de una existencia mediocre, sino en el placer de saberse satisfecho por lo vivido, por lo que se pudo lograr e incluso por las misiones fracasadas.

Antonio se da por bien servido si todos los días puede ir a su parque, sentarse en su banca y leer el periódico de manera impresa, sin prisas, sin preocuparse si el mundo puede aún cambiar y si todavía existen idealistas como León.

Pero en ese mundo de conformidad, Antonio parece tener también razón porque en ocasiones se dice que para restaurar una realidad fracturada, es bueno a veces regresar a las bases, al origen, a las formas de antaño que nos permitían sabernos plenamente humanos y no perdernos en el espejismo del progreso, en el ideal que nunca alcanzaremos porque quizá lo único que necesitaremos en el futuro, es leer en un parque el diario impreso, la charla con un amigo y una que otra emoción que nos recuerde, como a Antonio y a León, la sensación inequívoca de sabernos vivos.

Parque Lezama se convierte así en el escenario y espejo que nos recuerda que todos somos Antonio Cardozo y León Schwartz y en donde lo único que tenemos que hacer es definir si al arribo de nuestra etapa final hemos encontrado un sentido de conformidad o compromiso con los pocos días o años que tenemos por delante.

Juan José Campanella

Desde su debut en 1991 con el largometraje El niño que gritó puta, una producción independiente filmada en Estados Unidos, Juan José Campanella se ha ido ganando de manera gradual un alto prestigio como cineasta y películas como El hijo de la novia (2001), Luna de Avellaneda (2004) o la ganadora del Oscar a mejor película, El secreto de sus ojos (2009) lo confirman como un cineasta de garantía asegurada, condición que hoy le permite ofrecernos una cinta de lenguaje teatral tan sencilla y al mismo tiempo tan profunda en su complejidad humana como lo es Parque Lezama.

  • Fotograma: Parque Lezama