Hace algunos años, un estudio sobre movilidad social en México, establecía que quien nace pobre, conserva altas probabilidades de morir en esa misma condición.

También y dentro de la actividad del psicoanálisis, se establece que infancia es destino: todo aquello que acontece en la niñez, marcará ineludiblemente la vida adulta de una persona.

Ambas sentencias condenatorias nos recuerdan que el ser humano vive anclado por circunstancias ineludibles y que no hay manera, en países con una marcada desigualdad social, de revertir las condiciones adversas por más intentos desesperados que se hagan para escapar de la derrota que se adhiere apenas se nace y se emite el primer respiro fuera del vientre materno.

El cine ha reflejado la desigualdad social y su devastación en innumerables historias y quizá uno de sus mejores exponentes fue el director español Luis Buñuel

El cineasta manchego no tuvo reparos en revelar a los pobres sin romanticismos y sin el aura de víctimas de nadie, no, Buñuel hizo un retrato de la pobreza en donde sus protagonistas acumulaban no sólo miseria económica, también moral y los plasmaba como corruptos irredentos en dos de sus obras fílmicas fundamentales, Los olvidados (1950) y Viridiana (1961).

Más adelante, el director mexicano Luis Estrada, en Un mundo maravilloso (2006), narraba la desgracia de los sin techo en tono de comedia, y sin embargo, los descubría también ladinos, aviesos y oportunistas, deseosos de movilidad y con el rostro propio de los resentidos sociales.

Con dichas características de personalidad entre los pobres y sus circunstancias, es como el director coreano Bong Joon-ho narra su más reciente obra, Parásitos (2019) en donde una familia de cuatro miembros, de escasos recursos y desempleados todos ellos, acuden al trinquete, la trampa y el fraude para emplearse en la casa de los Park, una familia acomodada que habita una suntuosa mansión y en semejante despliegue de poder económico, se muestran, sin embargo, tan parásitos como sus nuevos trabajadores.

No es objetivo del cineasta coreano juzgar en su historia a los ricos y a los pobres, lo que hace Joon-ho es únicamente poner sobre la mesa una realidad que está ahí, tan a la vista de una sociedad indiferente y tan evidente, que insulta y es capaz de poner en jaque los cimientos morales no sólo de sus personajes, quizá también los del espectador que acude a las salas de cine a observar esta película.

‘Parásitos’ es un espectáculo que lleva de la risa nerviosa ante el absurdo de las acciones de los protagonistas, hasta el silencio sepulcral cuando Joon-ho nos receta un puñetazo en el rostro y nos recuerda que sus degradados protagonistas podemos ser cualquiera de nosotros

La pobreza apesta, tiene un olor característico lleno de acritud, desagradable y asqueante, así lo manifiesta el padre de familia de los Park, quien un día le dice a su ingenua y crédula esposa, que su chofer, el padre de familia de los arribistas en cuestión tiene un aroma que lo enferma y lo obliga, por momentos, a taparse la nariz para no aspirar ese aroma característico de los perdedores.

Brutal y humillante es la sensación del papá cuando sabe que su jefe, el poderoso patrón, no soporta su humor corporal, será el detonante de su resentimiento y el de toda su familia, que, simbólico, habitan un sótano lúgubre y hacinado que los condena, les recuerda que no son más que parásitos, cucarachas que se dispersan cuando sus jefes, tan abyectos como ellos, se encuentran cierto día a punto de descubrir su estafa.

No es la primera vez que Bong Joon-ho muestra en una de sus historias las desigualdades y las diferencias sociales, ya en Snowpiercer (2013), el coreano contaba la historia de un tren con movimiento eterno que transportaba a los sobrevivientes de un experimento fallido que intentó salvar al planeta de los estragos del cambio climático. El tren representaba el mundo y en sus vagones se dividía a la población entre opresores y reprimidos en una pequeña obra maestra de la cinematografía que mostraba ya el genio particular de Joon-ho.

En Parásitos, el cineasta asiático hace una extraña y efectiva mezcla de géneros, nos lleva de la comedia, al drama, pasando por el terror y el slasher provocando entonces, una serie de estados de ánimo divergentes en sus personajes y en los espectadores que pasan de la risa, a la tristeza, al terror mayúsculo y a pesar de ello, son capaces de generar esperanza para recomponer sus maltrechas existencias.

Ya en El huésped (2006), Bong Joon-ho dibujaba también el concepto de una peculiar familia que busca dar con el paradero de una niña, hija de uno de los integrantes de dicho clan, quien ha sido raptada por una criatura monstruosa y mutante habitante de un río en Seúl.

En ‘El huésped‘, el cineasta coreano practicaba esa mezcla de géneros en esta película de corte apocalíptico, misma que años después coronaría con la que podría considerarse hasta hoy su mejor obra: ‘Parásitos

El humor negro que también plantea Bong Joon-ho, las risas que provocan ambas familias y la aparente calma y entretenimiento que nos ofrecen cada uno de los personajes mediante el absurdo, termina por descubrir que estamos en realidad ante una historia de horror, inquietante y que pega directo en la razón y el corazón porque al final de cuentas, también se puede sentir un halo de solidaridad con los protagonistas, con esa familia que de manera astuta logra encumbrarse aunque de manera efímera, en el pedestal del que tiene a manos llenas.

Parásitos es entonces, una obra que recrea de manera magistral y deslumbrante un problema que ocurre en la Corea actual, pero es aplicable a cualquier sociedad que ha olvidado factores de dignidad humana tan elementales como la solidaridad, el respeto y la empatía ante el mundo de los desfavorecidos, que, presos de la desesperación por emerger y salir del fango de la pobreza, también los puede convertir en seres degradados y viles, tan despreciables como el poder económico que detentan unos cuántos y en efecto, como reza uno de los cuestionamientos de la cinta, no tenemos más que preguntarnos quién es quién en realidad, quién es el impostor, el miserable moral: El que lo tiene todo o el que nada tiene y lo desea todo.

In memoriam

El pasado 13 de enero, murió el cineasta mexicano Jaime Humberto Hermosillo. Prolífico artista desde la década de los años 60 del siglo pasado. Hermosillo deja tras de sí una enorme serie de títulos cinematográficos entre las que, quien esto escribe, recuerda con especial emoción La tarea (1990) porque fue una de las primeras cintas de cine mexicano contemporáneo que pude apreciar en mis años universitarios como estudiante de la carrera de comunicación y que sembraba en mí, las primeras ansias de la crítica de cine.

Descanse en paz Jaime Humberto Hermosillo.

  • Fotograma: Parásitos