“Hay solo infancia y muerte. Y en medio, nada”. (Citado por Gueorgui Gospodínov. Física de la tristeza)

Una vieja fotografía en blanco y negro. La fecha en torno al mes y el día es desconocida. El año, muy probable, es 1955.

En la imagen, mi madre es una adolescente de apenas 17 años si nos atenemos a la presunta época en que el retrato fue capturado. Al lado izquierdo de mamá, dos jóvenes más, amigas de la infancia y juventud de esa progenitora mía que procreará nueve hijos en los próximos mañanas.

Dos de ellas morirán, el resto atestiguará la historia familiar que empezará a correr a partir de 1960, año en que nace la primera hija de esa novena, el número preciso de integrantes de un equipo de beisbol y que en los primeros tres quinquenios se reducirá al número de los días de la semana.

Ya adulto, mi madre me cita los nombres y las historias de esas dos amigas, me dice que las dos han muerto. Voy entonces en busca del lugar preciso en donde fue tomada la fotografía. No me cuesta trabajo dar con él. Es el centro de mi ciudad natal (León) en donde la arquitectura, por fortuna, no ha cambiado mucho. Ubico el lugar exacto, la posición del desconocido autor de la imagen, el encuadre, el plano que la cámara fotográfica atrapó para la posteridad del instante, de esa fugacidad y la constancia de lo efímero que es lo único que merece la pena ser narrado, sostiene el búlgaro Gospodínov en su Física de la tristeza, monumental obra que narra la historia de su familia y, por tanto, dice el escritor, narra también la historia del mundo.

Me resulta entonces fácil imaginar incluso los pasos de mi madre, los lugares que frecuentaba, las historias que le dieron un rostro, una identidad y una pertenencia y es así que caigo, una vez más, en la importancia de saber.

¿Hacia dónde nos conduce la vida, pero por supuesto de dónde venimos, donde está el origen de lo que nuestro rostro y nuestras percepciones de la vida tratan de decir o gritar?

Y eso es lo que le ocurre a Olivier Rousteing que, muy probablemente para quienes no se conducen en el mundo del diseño de ropa y sus tendencias, no les dice nada; pero para quienes saben de pasarelas, modelos y el glamour de ese universo, saben que Rousteing es un famoso diseñador francés, que apenas a los 25 años fue nombrado por la casa de modas Balmain como el director creativo de esa firma y que hoy, 36 años después de ser entregado en adopción, se encuentra en búsqueda de su madre biológica.

Fue esa búsqueda frenética lo que llevó a la directora Anissa Bonnefont a filmar el documental, Wonder Boy: Olivier Rousteing (2019), una obra que retrata la celebridad del joven diseñador, pero, sobre todo, desentraña el dolor más escondido de alguien que tiene una parte destrozada de sí mismo, la anatomía de un alma que no sabe de dónde viene porque el camino se perdió el día que fue entregado en adopción y así desconectarlo de una realidad que le pertenece y busca de manera desesperada.

¿Pero por qué se vuelve importante hablar de un diseñador de modas? ¿A quién le importa si nos adentramos en un mundo que desde el imaginario colectivo es un mundo sinónimo de banalidad, espejismos de una realidad virtual cocinada por personajes inalcanzables en su imagen para el resto del mundo?

Precisamente solemos olvidar que todo cuerpo tiene una historia familiar por contar y dentro de esa narrativa, hay escondida una profunda tristeza

El documental que aborda la historia de Rousteing no es sólo sobre él, es la historia de todo aquel que es carcomido una vida entera tratando de saber cuál es su historia, es la narrativa de todo aquel ser humano que daría cualquier cosa por conocer los pormenores, los porqués, los cómo, las razones y sinrazones de una vida que lo habita, pero que es nebulosa en su presente, ciega en su pasado y quizá profundamente desarticulada hacia el fin de la existencia.

Volvamos a Guergui Gospodínov, quien explica al mitológico Minotauro más como una víctima y no como un monstruo.

“Toda la mitología griega fue completamente deshonesta para el minotauro, dejándolo como un monstruo sin palabras. Pero si exploras el mito cuidadosamente, si lo lees con empatía, verás que el minotauro era sólo un niño abandonado encerrado en el sótano del palacio de Minos. Este niño fue demonizado, convertido en un monstruo debido a nuestra culpa hacia él…. El sentimiento de abandono era típico de mi generación de niños de Europa del Este nacidos a fines de la década de 1960. Hoy en día, el minotauro podría ser el otro radical que preferimos odiar”. (Valenciaplaza.com).

Y esa reinterpretación que el escritor búlgaro hace del Minotauro, es una visión del dolor más acorde a lo que representa el niño y la niña abandonados, del infante que un día fue dejado por sus padres biológicos, el otro radical, ese que no encaja en nuestra realidad, el monstruo que arrancará nuestra cotidianidad y la sumirá en tinieblas a las que es mejor no enfrentar. Es preferible dejarlo en el sótano, en ese laberinto, dice Gospodínov, que no tiene una única salida, porque es un camino de múltiples opciones para escapar, pero no todas son buenas.

Pues bajo esos matices, la documentalista Bonnefont muestra a un Olivier humano, demasiado humano. Rousteing es la celebridad de la moda, pero es el Minotauro asustado en su sótano; es el non plus ultra de la ropa onerosa que viste a los famosos de todo el mundo y es al mismo tiempo el niño que clama por su madre biológica, por el abrazo simple que le comunique que todo estará bien, aunque al final de cuentas, quizá nunca vaya a estarlo.

Wonder boy no es entonces un documental que cuenta la historia de superación personal de una celebridad, no es la historia del niño negro que cuenta sus hazañas para acceder a un mundo dominado por los blancos, es ante todo, un documento conmovedor del que busca sin encontrar, con un soterrado miedo a encontrarlo

Señala el crítico de cine, Jordan Mintzer de The Hollywood Reporter, que Wonder boy: “ofrece un ejemplo de cómo los diseñadores de moda pueden ser artistas complejos, vulnerables, bajo extrema presión en una industria multimillonaria que nos encanta odiar”.

Es cierto lo que dice Mintzer, pero Bonnefont nos ofrece un testimonio diferente al que cuenta la mayoría de los famosos, es la inmersión en una paradoja en donde acudimos al glamour del que triunfa en una industria millonaria y al mismo tiempo, es también un salto al vacío, ese descenso existencial que representa la ceguera del que no conoce su origen, un mundo que asemeja una extraña pérdida de memoria que necesita de sólidos andamiajes para reconstruir un dibujo boceteado de elementos inconexos, pero que seguro cuentan la razón de ser y estar el mundo.

El necesario contexto

Vuelvo al retrato de mi madre y sus dos amigas en 1955 y pienso en lo que decía Robert Capa precisamente sobre el arte de la fotografía: “si tu foto no es buena, es porque no te has acercado lo suficiente” y justamente la vida es eso, la captación del momento exacto de uno y muchos instantes efímeros, que unidos cual rompecabezas de miles de piezas, nos dan el norte de una existencia y en ella la pertenencia y la identidad.

Yo tengo en esa imagen de mi madre, una de esas piezas del rompecabezas y puedo armarlo poco a poco a partir de testimonios variopintos, de imágenes impresas y virtuales, pero cuando el pasado es ciego como el de Olivier Rousteing, entonces es imposible un buen acercamiento para la toma de la fotografía, está desenfocada, borrosa y a veces, no basta una vida para volverla nítida.

  • Fotograma: Netflix