El título de la película ‘Nuevo orden’ resulta en el mejor de los casos una provocación y en peor, una falsedad; lo que muestra no es nuevo ni ordenado.

No es nuevo para una Latinoamérica marcada por las dictaduras militares y para un México que desde el 2006 sacó el ejército a las calles. No es ordenada porque la rebelión que ahí acontece no muestra su motivación ni objetivos y el estado de sitio militar que se impone tiene elementos que se empeñan en salir de la cadena de mando.

Nuevo orden (Michael Franco, 2020) muestra la instauración de un orden militar con el pretexto de reprimir una rebelión social. Las escenas la ubican en la Ciudad de México de la época actual, aunque no se precisa fecha. El pretexto narrativo es una boda a realizarse en la colonia Pedregal ante la irrupción de integrantes de la protesta.

Distopía ha sido un concepto ligado a esta película, aunque no parece funcionar ya que en el planteamiento narrativo no existe una propuesta utópica ni ideales que veamos tergiversarse. Tampoco hay un misterio que se desee resolver, sino una demostración de ambigüedad que deja ocultos a los verdaderos protagonistas y sus objetivos. Quien toma las decisiones o define las circunstancias está ausente o escondido detrás de la crudeza de las acciones que se muestran.

Nuevo orden es un muestrario de efectos y consecuencias de causas desconocidas y pretensiones ausentes

Esta no es una película sobre revolución o lucha de clases, aunque se pueda pensar que está la primera en la presencia de la rebelión o la segunda por el evidente conflicto de la desigualdad. Esto es un acierto en la narrativa de Franco: no existen los bloques definidos. Incluso el personaje de Marianne (Naian González Norvind) se ve coartado en sus decisiones por los de su propia clase debido a que es mujer. Por el contrario, encuentra empatía y reconocimiento en personajes que, de manera simplista, se les adjudicaría pertenencia al bando contrario.

No hay idealización de las clases sociales, sino que se desenmascara la simulación de los involucrados. Daniel (Diego Boneta) muestra alegría por volver a ver al antiguo trabajador de su casa, pero no duda en correrlo cuando su presencia se vuelve incómoda; Rebeca (Lisa Owen) muestra agradecimiento por los años de labor de su extrabajador, pero le niega el dinero que le solicita prestado y le expresa que no tiene ninguna obligación de dárselo porque tiene años de no verlo y considera que no podrá pagarlo.

Tal vez el mayor gesto de empatía que muestra el narrador de esta película, es decir la cámara, sea hacia Joaquín. Un trabajador expulsado de todos lados. Su esposa está internada en un hospital del IMSS y la gente de la protesta saca a los enfermos para dar estos lugares a los heridos de los enfrentamientos. A él la rebelión no le hace justicia.

La esposa de Joaquín necesita una operación que en hospital privado le cuesta doscientos mil pesos (sin contar los honorarios del médico) y recurre a los únicos que conoce que están en condiciones de prestarle el dinero. En la mayoría de las escenas la cámara funciona como un espectador que ve de frente la situación de los personajes, pero con Joaquín se coloca detrás de él para ofrecernos la imagen de lo que los otros le imponen: desprecio, invisibilidad, indiferencia y deliberada violencia.

La guerra es la paz y la libertad es la esclavitud”, se decía en 1984 de Orwell. El estado de sitio impuesto por los militares tiene como objetivo la paz (distender la rebelión armada) pero termina suplantándola con una situación de mayor fuerza y brutalidad.

El dinero, símbolo de la libertad, termina esclavizando a Marianne a la voluntad de los hombres y a los ricos a una cadena inacabable de chantajes y sobornos

Hay un juego de espejos. La familia de Marianne muestra primero agrado y solidaridad ante la situación de Joaquín, pero de manera rápida deriva en evidente menosprecio. Los militares que primero ofrecen ayudar a Marianne, en cuanto la perciben vulnerable se muestran hostiles. Los ricos se niegan a prestar dinero que no les hace falta para la salud de un conocido, pero no escatiman en dar lo necesario por alguien que es de los “suyos”.

Dentro de las cosas que se han dicho sobre la trama de esta película a partir del contenido de su trailer, se ha llegado a especular y difundir incluso que (esperemos que el ímpetu de desinformación haya sido deliberado) es una película de zombis. Esto es a todas luces erróneo pero sí hay un guiño del director a la estética de películas de muertos vivientes.

Aun cuando hay atisbos de las causas que motivan la rebelión ―“Toda la vida jodiéndonos”, dice una empleada doméstica a su jefa― en ningún momento se presenta el objetivo que se busca con el enfrentamiento ni los ideales en los que se sustenta. Las escenas de las multitudes enardecidas están presentadas más como ímpetus fuera de control que como buscadores de un cambio o con la intención de establecer un nuevo orden social. No es que en el contexto social mexicano no sobren argumentos para denunciar la injusticia y desigualdad, sino que en la película a lo menos no se muestran y a lo más se muestran desdibujados e inconexos.

Resulta evidente que el afán narrativo no es la denuncia social, aunque funciona bien como pretexto mercadológico. El tema que mejor se desarrolla es lo ambiguo de los personajes que desencadenan el desastre y sus motivaciones. Sólo se ven las sombras del verdadero protagonista en el caos y el gobierno inmediato de la fuerza, la falta de pertenencia o de anclaje a algún grupo o interés definido. Estas sombras se fundan en un efectismo que, mientras más violento, más distrae lo que se ha evitado enunciar.

La principal característica de las películas de terror es la presencia del monstruo. En Nuevo orden lo monstruoso no es la violencia, ni la injusticia, ni la desigualdad, sino las causas de ellas y quienes han tomado las decisiones para que sucedan

Está la presencia de una especie de Leviatán pero mucho más temible que el de Hobbes, porque no es el Estado ni ninguna institución, poder o persona visible, sino algo tan perverso que ni siquiera termina de adquirir dimensiones ni forma. Un monstruo parecido a la locura en el que su carácter terrible no es la maldad, sino lo imprevisible de la traición o la falta de motivaciones definidas. Un monstruo que lo abarca todo pero no lo podemos ver, sólo se muestra a partir de sus consecuencias.

El riesgo de esta película es que tiene tan escondidos los hilos negros de los sucesos que muestra, que terminan por alejarse del campo de visión. El peligro es la posibilidad de frivolizar los hechos narrados bajo el pretexto de la violencia. Lo más criticable, las escenas innecesarias que abusaron del estilo efectista, como la exposición de cuerpos violentados.

La denuncia social podrá estar en otro lado, pero no en la película, pues en ella sólo se muestra la materialización de la maldad y la bondad humanas independientemente de la clase social a la que se pertenezca. El mayor atisbo a esto pudiera ser observar que, aun con el supuesto nuevo orden imperante, nada cambia lo suficiente para generar dinámica en los roles sociales.

La muerte y la traición toca a todos, pero al final del día, los ricos siguen necesitando sirvientes para mantener su estilo de vida; y los pobres, trabajar como sirvientes para poder vivir.

  • Fotograma: Nuevo Orden