Decir que la obra cinematográfica de la directora japonesa, Naomi Kawase, es de una intensa sutileza emocional, es citar un oxímoron: el cine de Kawase es pausado, con largos silencios solo interrumpidos por ese otro gran protagonista de las cintas de la artista oriental, la naturaleza.

Es un cine contemplativo y al mismo tiempo, va desgranando las emociones más profundas, pero Kawase agita el ser para pensar una vida enfocada a la esperanza y a la fe. Kawase plantea la necesidad de aspirar a lo mejor a pesar de las cosas peores que envuelven nuestra existencia.

La misma Naomi Kawase tiene una vida personal difícil de contar y asimilar, fue abandonada por sus padres, hecho que la obligó a criarse con una tía abuela y esa experiencia, la lleva impregnada en su narrativa, una expresión que cuenta la pérdida, la ausencia, la familia y sus difíciles relaciones, pero también los recursos del ánimo para pensarse y saberse con alternativas para enfrentar el destino con otras posibilidades.

Basten al menos dos de sus obras para atestiguar la forma en que la directora japonesa entiende e interpreta las temáticas citadas: Una pastelería en Tokio (2015) y Aguas tranquilas (2014), ambas reconocidas en el Festival de Cannes y que despertaron las mejores críticas entre el público y los expertos cinematográficos alrededor del mundo.

En una Pastelería en Tokio, Kawase cuenta la historia de Sentaro (Masatoshi Nagase), que administra y atiende un pequeño local en donde vende dorayakis (una especie de postre japonés) mismo al que, cierto día, arriba Tokue (Kirin Kiki), una anciana que le pide trabajo y le ofrece mejorar su producto. Y entre ellos, se encuentra Wakana (Kyara Uchida), una adolescente y cliente habitual del local de Sentaro.

Kawase propone un espacio y tiempo en que la solidaridad, el amor o la esperanza, se mezclan con la tristeza, la soledad, la familia rota, la enfermedad y la muerte para retornar a la idea de un horizonte más prometedor

A la par de mostrarnos en toda su magnitud emocional ese cúmulo de sensaciones, Kawase también aspira a que el espectador entre en una comunión permanente con la naturaleza. A través del personaje de la anciana Tokue y una fotografía preciosista de Shigeki Akiyama, la artista oriental narra la necesidad de escuchar lo que el medio ambiente le tiene que decir al ser humano, plantea que en todo lo que nos rodea, se manifiesta la posibilidad de ver, escuchar y disfrutar una historia alterna a la de los propios personajes que acuden a su propia maduración y crecimiento personal.

Los tres protagonistas, Sentaro, Tokue y Wakana, que representan el inicio, maduración y fin de una vida, arrastran cada uno de ellos su propia historia de tristeza y pérdida y deberán encontrar en el sufrimiento, los caminos y los andamiajes emocionales necesarios para redescubrir el camino no andado.

Íntima, calma y silenciosa, Una pastelería en Tokio es también una fábula japonesa destinada a contarnos en voz baja, lo más luminoso del ser humano y en ese deseo, hay que pensar en la confianza hacia el otro, hacia el extraño que nos cuestiona, en el ser humano que esconde el dolor y que, al compartirlo, se libera.

Aguas tranquilas

Antes de Una pastelería en Tokio, Naomi Kawase había rodado Aguas tranquilas. Fiel a su narrativa, Kawase ya proponía la misma línea que maneja en prácticamente la totalidad de su obra, y esta cinta, por supuesto, no fue una excepción temática.

En Aguas tranquilas, se nos narra la historia de Kaito (Nijiro Murakami) y Kyoko (Jun Yoshinaga), dos adolescentes que entenderán pronto lo que significan las obsesiones de la cineasta y que, en la obra que nos ocupa, acuden también de la mano de las manifestaciones de la naturaleza

Kaito y Kyoko parecen desorientados. Kyoko no entiende la posibilidad de la inminente muerte de su madre, Kaito vive absorto ante la vida de sus padres separados y la necesidad de su madre de tener otras parejas.

Ambos descubren y redescubren su sexualidad adolescente y al mismo tiempo confunden los sentimientos que se profesan mutuamente, no se asumen como pareja porque se identifican mejor como amigos, Kyoko ama a Kaito y este se resiste a la entrada de ese sentimiento a su vida, vive atormentado por las razones que orillaron a sus padres a hacerse pedazos como esposos tiempo atrás.

Y la naturaleza acompaña de manera permanente las cuitas de los dos jóvenes, parece que ambos chicos bailan al compás del ritmo que les impone el mar de la pequeña isla japonesa en donde viven, calmos y silenciosos en sus diálogos y comportamientos, la lluvia parece también dictarles el ritmo: ante la calma, la llovizna; ante la tormenta, la explosión de emociones de ambos personajes; ante el cese del tornado, el regreso a la serenidad; pero una serenidad llena de aprendizajes para ambos.

Por momentos mística y poética en su forma de contar historias, Naomi Kawase ondula las emociones y apela a las tradiciones más antiguas de su país, simboliza la muerte, vuelve a la naturaleza deíficada, la respeta, la magnifica para intentar darnos a conocer que, sin ella, las respuestas a nuestras angustias no tienen lugar

Como en Una pastelería en Tokio, Aguas tranquilas trata también de encontrar y dar respuestas para que, ante el sufrimiento, tanto los protagonistas como los espectadores, entiendan que es a partir de la comprensión de los fenómenos climáticos y los comportamientos de los elementos de la naturaleza, como hemos de acudir mejor al ser humano que somos, al otro que nos rodea y condiciona nuestro existir.

Es una pregunta recurrente saber hasta dónde la propia experiencia de vida condiciona la visión y la forma de imaginar de los artistas, Kawase parece decir que el menos en ella y su propia historia, esa experiencia vital es la que marca su derrotero como creadora.

En una entrevista para el periódico La Vanguardia, la artista japonesa expresaba del cine: “me da la posibilidad de tener mi propia identidad y de canalizar mis inquietudes creativas. Siempre tuve la necesidad de crear cosas, pero no sabía muy bien cómo. Me hubiese gustado dibujar, después encontré la fotografía y por último el cine. El cine me hizo ser yo misma”.

Y en ese “ser ella misma”, Naomi Kawase habla también en dicha entrevista del caracter de sus historias: “Las cosas que no vemos, que nos hacen dudar, que no sabemos lo que son… El viento, la luz… tienen algo dentro, y ese algo es lo que quiero encontrar y expresar en mis películas. Esa es la esencia de mis películas”.

La intensa sutileza de las emociones, ese es el cine de Kawase. Un perfecto oxímoron.

Gabriela David

En la próxima entrega de esta Road Movie, viajaremos hasta el sur de América Latina para recordar a una extraordinaria directora a la que la muerte le frustró una carrera que parecía enfilada a convertirla en un referente del cine argentino: Gabriela David.

  • Foto: Aguas tranquilas

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