Por siglos, todos los siglos de la historia del mundo, definir la belleza ha sido la obsesión perfecta del ser humano.

Más aún, preguntarse para qué sirve la belleza o si esta existe, es un cuestionamiento complejo que atormenta la sensibilidad del hombre y lo ha llevado a desbarrancarse en la búsqueda permanente de su estado más puro, esa condición que le asegura la dimensión total al acto de vivir, de conquistar la expresión que le de sentido y plenitud a una existencia que habita permanentemente con su alter ego: la fealdad y el error.

Una expresión llana y quizá simple en extremo, nos dice que la belleza y su ideal es un acto de la más pura subjetividad, que la propia visión de cada quien vuelve inviable categorizar la belleza en ciertos cánones para entenderla como tal, es decir, que muy probablemente la búsqueda estética es un acto por tanto inútil si cada percepción de esta atañe a los propios intereses mundanos del ser humano.

Pero atenernos a la anterior sentencia de la subjetividad, también aniquilaría en definitiva la idea del arte y la diversidad de sus manifestaciones, bloquearía la necesidad imperiosa del artista para expresar la esencia del espíritu en su estado más puro y la necesidad de darle un significado perenne a todo lo que representa lo bueno, la verdad y lo trascendente.

Bajo esas reflexiones es que en 1912, el escritor alemán, Thomas Mann, publicaba La muerte en Venecia. Considerada una de las obras imprescindibles de la literatura universal, la obra de Mann relata la historia del escritor Gustav Von Aschenbach, quien, preso de una severa crisis existencial y artística, viaja a Venecia en búsqueda de la paz y la serenidad que le regrese el sentido de vivir.

En el hotel donde se hospeda, Aschenbach se topará con Tadzio, un adolescente que obsesionará al artista y en el que verá el ideal pleno de la belleza.

Tadzio representará para la posteridad, uno de los personajes más icónicos de la literatura, quizá, como algunos críticos literarios señalan, el equivalente a la Lolita de Vladimir Nabokov

Mann entonces se introduce en una compleja disertación sobre el concepto de la belleza y su búsqueda y es a partir del joven Tadzio que las pulsiones eróticas, estéticas y filosóficas de Aschenbach tendrán lugar para generar en el viejo escritor, una tormenta existencial peor aún que la causa que lo llevo a Venecia para buscar su cura.

59 años después de que Thomas Mann publicara su obra maestra, el cineasta italiano, Luchino Visconti, filma la obra homónima, misma que en este marzo, cumple 50 años de su estreno. La idea del director italiano respeta la esencia de la novela del escritor alemán, salvo que, en la película, Visconti convierte a Gustav Von Aschenbach en un músico, pero con la misma crisis de identidad artística y personal que el Aschenbach de Mann.

El músico de Visconti vivirá el irrefrenable deseo por el mítico Tadzio (Björn Andrésen) y se sumirá en las más estrictas reflexiones sobre lo que representa la belleza, su búsqueda y si esta es el camino pleno a la espiritualidad o es una manifestación única y exclusivamente abordada por los sentidos.

Una de los diálogos en la cinta del creador italiano y que enmarcan tal debate, se da entre Aschenbach y su amigo Alfred. Es un diálogo pleno de sentido y de sensibilidad filosófica que aborda esa sempiterna búsqueda por lo bello.

Le dice Gustav a Alfred: “Sabes, a veces pienso que los artistas son como cazadores apuntando en la oscuridad. Ellos no saben cuál es su objetivo, y no saben si han acertado. Pero no puedes esperar que la vida ilumine tu objetivo y lo estabilice. La creación de la belleza y la pureza es un acto espiritual”.

Escéptico, Alfred le responde que no, que “la belleza pertenece a los sentidos, solo a los sentidos.

Gustav se resiste a la proclamación lapidaria de Alfred y lo arenga en defensa del espíritu:

No puedes llegar al espíritu con los sentidos. No puedes. Es sólo por el dominio completo de los sentidos que puedes alguna vez alcanzar la sabiduría, la verdad y la dignidad humana”.

Y esa la mirilla por donde Gustav ve a Tadzio y lo encarna en el ideal total de lo que representa el físico del adolescente, esa sabiduría, verdad y dignidad humana que Gustav ha perdido y que desesperado, explora en Venecia con un firme convencimiento de que el joven Tadzio es el final de esa búsqueda frenética, aunque en tal encuentro, la vida misma se le pueda escapar al viejo músico.

La presencia de Platón se hace también presenta en Muerte en Venecia. Gustav Von Aschenbach ama y admira Tadzio de una manera platónica, silenciosa: nunca cruza una palabra con él, nunca un diálogo con el joven envuelve los pensamientos de Gustav, solo admira la estética como el espectador admira una obra de arte en un museo

En el Fedón, Platón dialoga y dice: “en adelante, nuestros esfuerzos se dirigen tan sólo a la belleza; es decir, a la sencillez, a la grandeza y a la nueva disciplina, a la nueva inocencia y a la forma; pero inocencia y forma, Fedón, conduce a la embriaguez y al deseo, dirigen quizás al espíritu noble hacia el espantoso delito del sentimiento que condena como infame su propia severidad estética; lo llevan al abismo, ellos también, lo llevan al abismo. Y nosotros, los poetas, caemos al abismo porque no podemos emprender el vuelo hacia arriba rectamente, sólo podemos extraviarnos”.

Ese es el precio que Gustav se encuentra dispuesto a pagar, ese extravío en su búsqueda de la belleza: una epidemia de cólera avanza sobre Venecia. Las autoridades esconden los hechos para frenar la salida de los turistas, pero la verdad sale a relucir y el músico alemán se siente en la necesidad de poner sobre aviso a la familia de Tadzio.

Gustav sabe que en ese acto, habrá de ver partir a su obsesión y quizá ve para él mismo su propia muerte, su propio pago de factura en aras de ese viaje en donde ha conocido todo lo bello encarnado en la figura de un joven adolescente al que ama y desea al mismo tiempo, pero al que ve como la encarnación viva del espíritu humano y sus virtudes y, al mismo tiempo, el Dasein propuesto por Martin Heidegger, esa búsqueda enfocada en lo más alto de la virtud humana.

No han faltado críticos o consumidores de la obra literaria de Mann y de la obra cinematográfica de Visconti, que vean en la historia de la Muerte en Venecia, una mera representación del homosexualismo reprimido, pero varios críticos también más conscientes de la lectura y el análisis narrativo, coinciden en que, hacer tal aseveración es realizar una conclusión absolutamente simplona de una obra que a todas luces merece un análisis que abarque su complejidad estética y su profundidad filosófica, una lectura que dignifique sobre todo, la perfecta conjugación de diversas manifestaciones artísticas que hacen de esta obra, una referencia plena del arte que asciende a lo inmortal con todas las licencias que dicho ascenso exige.

Una frase

“Aquel que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir”, reza la expresión que, sin duda, resume la esencia y el espíritu de la obra literaria/cinematográfica de Mann/Visconti.

50 años después es bueno pensar en su revisita, aunque al autor de esta Road Movie no le sorprendería que, a las mentes biempensantes, en esta época del cratos de la corrección política, quizá les pasa por la cabeza la quema del recuerdo de Thomas Mann y Luchino Visconti y el arrojo al fuego de los infiernos de todo vestigio de esta obra maestra.

  • Fotograma: Muerte en Vencenia
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