A Jaralambos Enrique Metinides Tsironides le decían El Niño: la vida de este fascinante fotoperiodista mexicano hijo de padres griegos, fue una paradoja absolutamente singular porque fue un niño sin infancia, o al menos, no una como la indican los cánones de la psicología.

Después, cuando adulto, en su casa estuvo rodeado de cientos de juguetes que atesoraba con la misma adoración que sus miles de fotografías tomadas a la largo de varias décadas y publicadas en la nota roja de diversos diarios de circulación nacional.

De Enrique Metinides se decía que tuvo ojos de adulto cuando fue niño y un adulto con alma de niño eterno. El mítico fotógrafo tenía apenas nueve años cuando empezó a ver cadáveres, sangre, accidentes y la muerte misma en sus diversas manifestaciones.

El niño-adulto no abandonaría nunca más la exposición de la fragilidad humana y su miseria, su cámara fotográfica captaría durante muchos años, una extraña mezcla de horror y mortuoria belleza, una idea de repulsión ante lo visto y una fascinante atención e hipnótica sorpresa de lo cotidiano y sus desgracias.

Enrique Metinides el fotógrafo de la muerte, del accidente automovilístico, los incendios, terremotos y similares, murió el pasado 10 de mayo a la edad de 88 años

Su cámara nos legó el perfil de una sociedad ávida de morbo, pero de manera singular, Metinides, por extraño que parezca, siempre tuvo el ojo para alejarse de manera prudente de esa afección social. El Niño fue un maestro de la composición fotográfica.

Para ejemplo de lo anterior, baste ver algunas de sus imágenes de coches convertidos en trizas. Lo alucinante de dichas fotografías no es el automóvil hecho cacharro, es la expresión de los mirones, de la gente y su cáncer vouyerístico. Impresiona la mirada incluso impávida de los testigos oculares que se arremolinan alrededor del auto y posan para Metinides como el cazador orondo a lado de su presa zoológica.

Impresiona -si se sabe mirar bien y no nos dejamos llevar por el moralismo barato- la expresión de sentimientos en la desgracia ajena como aquella imagen de una novia que llora al lado de su galán asesinado por unos asaltantes de pacotilla en el bosque de Chapultepec en la Ciudad de México.

Genera una extraña fascinación e hipnotismo la mujer atropellada y muerta mientras esperaba el transporte público. La muerte de la mujer fue atroz, pero la estampa de la imagen captada por Metinides le da al rostro de la señora un raro halo de paz, una mirada hacia arriba como si comunicara serenidad al Altísimo y este le respondiera que “no tema, que todo estará bien”.

En el año 2016, En la revista Letras Libres, el intelectual mexicano Jesús Silva-Herzog Márquez, escribía lo siguiente a propósito de Enrique Metinides:

“Decía William Hazlitt en su famoso ensayo sobre los placeres del odio que las desgracias públicas eran bienes públicos. Notaba desde entonces que no había sección más jugosa en un periódico que la de los crímenes y accidentes. Todo el pueblo corre para ver un incendio.

“Y no es que huya para salvarse, sino que se apresura para admirar la furia de las llamas. Cuando el fuego se extingue, no es fácil que la gente oculte la frustración que siente por el fin del espectáculo. Lo único intolerable, decía, es el tedio. La intensidad de la tragedia nos enciende.”

Enrique Metinides sabía muy bien de qué hablaba William Hazlitt porque el fotógrafo mexicano supo a plenitud que las desgracias públicas también tenemos que verlas, apropiarnos de ellas siempre y cuando entendamos que al cadáver de la acera y al “mirón” que observa la inercia de la muerte, solo los separa una delgada línea conocida como fragilidad: “Hoy soy yo, mañana podrás ser tú”, un diálogo en la rueda de la fortuna, la perfecta analogía lúdica del sube y baja que representa la vida.

Armado por su padre con una cámara y sus respectivos rollos, Enrique Metinides empezó a la edad de nueve años a fotografiar la esencia oscura de la Ciudad de México y porqué no decirlo, la esencia de un país que atravesaba la medianía del siglo XX con una mirada puesta en un futuro más esperanzador

Lejos quizá estaba el imaginar que las fotos de Metinides iban a devenir en otras realidades más infernales, las de un país que ha fracasado y se ha quedado inmerso en la violencia demencial hasta la náusea.

El Niño fue afecto al cine y, sobre todo, al género de gangsters. Con su cámara y sus rollos, empezó a ver demasiado con una curiosidad infantil inagotable que logró preservar para convertirse en un mito, una leyenda del periodismo gráfico que muchos años después también lo llevaría a exponer su obra en Nueva York y a ser reconocido por un mundo del arte y la intelectualidad que en general desprecia la nota roja y sus circunstancias.

De espectador apasionado del cine, Metinides pasó, ya en el ocaso de su vida, a ser protagonista del séptimo arte. Fue la documentalista británica Trisha Ziff quien llevó la trayectoria de El Niño al cine y en él, este hijo de griegos nos recuerda también ese periodismo artesanal que no se hace más.

Fue El hombre que vio demasiado (2015), creció y se formó entre ese clásico sonar de las rotativas, el penetrante olor a tinta, los pesados y gigantescos rollos de papel periódico, los voceadores de antaño, las cámaras fotográficas y sus rollos de 12, 24 o 36 posibilidad de hacer click para retratar la realidad cotidiana, las añosas salas oscuras del revelado y la ruidosa y nostálgica algarabía de las redacciones de los diarios.

Ziff mantiene con el fotógrafo una larga charla, el anchuroso testimonio de un hombre fiel a sí mismo y sus circunstancias. El profesional del periodismo que lo vio todo porque como un Aleph borgiano, Metinides recreó el tiempo y el espacio de una ciudad que mostró a través de las postales del viejo maestro, una narrativa que lograba contarnos el periplo que contenía todos los elementos de una historia completa y al mismo tiempo inacabada.

En El hombre que vio demasiado, Trisha Ziff nos presenta a un hombre que rezuma honestidad intelectual y al que volvemos entrañable porque nunca se traicionó a sí mismo

Ziff nos presenta a un Enrique Metinides humano, tan humano como el niño que juega con toda la seriedad del mundo con sus juguetes, esos juguetes que el adulto conservó en su hogar mientras allá afuera, el mundo lo llamaba para posar y pasar a la historia.

El rostro humano y la mirada

En la novela Insomnio (Acantilado. 2007) y ganadora del Premio Café Gijón 2006, el escritor español, Fernando Luis Chivite, anota un epígrafe del novelista y dramaturgo alemán Botho Strauss. Leo dicha expresión y pienso en Enrique Metinides:

Notas como una cosa se esfuma poco a poco y se vuelve prácticamente utópica, aunque tú la necesitas tanto: el rostro humano, con mirada. Estamos expuestos a fuerzas que borran las caras. Toda entidad que descansaba en el ojo abierto se ha retirado de allí: búsqueda y saber, confianza y cálculo, bondad y avidez. Nos vemos y tampoco tenemos rostro”.

Leo esa expresión de Strauss y pienso que Metinides lo contradice con sus fotografías de más de 60 años de exposición pública: el rostro humano y su mirada siempre estarán ahí, un niño-adulto nos ofrece el oráculo de esa mirada y ese humano tan reales como la existencia de un fotógrafo excepcional.

Descanse en paz el Maestro Jaralambos Enrique Metinides Tsironides.

  • Fotos: Enrique Metinides