Un túnel. En uno de los extremos, una mujer escucha fascinada su propio eco; de repente, en el otro extremo, una figura humana que se presume es la de un hombre, la observa inmóvil. La mujer se inquieta y retrocede. La figura masculina va luego tras ella. La mujer busca ponerse a salvo. El terror se apodera de ella y huye despavorida.

La imagen del túnel es uno de los posters promocionales de la más reciente película del superlativo director británico, Alex Garland: Men (2022), una metafórica historia sobre la violenta toxicidad de los hombres ejercida sobre las mujeres, una alegoría espeluznante que alude al terror que, en ocasiones, puede provocar la conducta masculina enraizada en una forma de percibir la vida únicamente a partir de la visión de un género acostumbrado a dominar la esencia de la historia humana.

Garland ha dado un giro inesperado en su breve carrera como director luego de las exitosas Ex machina (2014) y Aniquilación (2018), sendas obras de ciencia ficción para darle paso a esta nueva propuesta cinematográfica que aborda de manera metafórica y simbólica, una época que visualiza las condiciones desiguales entre mujeres y hombres y la violencia sufrida por las primeras a manos de los segundos.

Harper (Jessie Buckley) ha sufrido una tragedia personal, situación que la obliga a retirarse a una antigua casa de la campiña inglesa, un lugar que asemeja el paraíso ideal en el que Harper encontrará la paz, la alejará de sus demonios y podrá así recuperar una vida que se le extravió al lado de su violento esposo.

Harper sabrá pronto que la toxicidad masculina es una especie de Dios omnipresente y maligno, una plaga que la encontrará a cada paso dado en esa idílica campiña inglesa que le cobrará una factura enloquecedora para recordarle quién manda en el mundo

Enmarcada en una ambientación claustrofóbica, Men recuerda la sórdida isla de Summerisle en la costa de Inglaterra, lugar de la clásica película de culto de Robin Hardy, El hombre de mimbre (1973), un espacio geográfico que, al igual que la campiña inglesa de la obra de Garland, esconden en sus pequeñas calles un miedo soterrado y cruel que solo espera el momento justo para azotar a sus protagonistas.

La misma campiña inglesa en la que Harper se refugia, rivaliza también en el miedo con Midsommar (2019) de Ari Aster, el antiguo festival de verano que, en la cinta de Aster, lleva a una joven pareja a un lugar de la lejana Suecia en donde encontrarán a ciertos aldeanos indeseables quienes representan para los visitantes una moderna visión del infierno a plena luz del día.

Men se hermana entonces con las obras de Hardy y Aster y ubica el miedo en lugares recónditos, paradisiacos, pero al mismo tiempo, esconden una velada podredumbre en sus magníficos paisajes, una vestimenta colorida que invita al foráneo a sentirse en casa, una casa abierta al extraño, pero luego se sabe, no habrá escapatoria alguna.

Harper sufrirá de manera sistemática y en esos ecos metafóricos de la cinta de Garland, toda la violencia histórica que el sector femenino ha tenido que encajar en el mundo de los hombres: la violencia doméstica, las costumbres viejas y atávicas de la iglesia y sus malsanos representantes, la institución policíaca, las malas interpretaciones bíblicas.

Así también develará el acoso como una fuerza descomunal, como la fuerza de la tinta indeleble y la inevitable caída de la noche en términos emocionales en donde la culpa y la vergüenza acecharán también a una Harper que no parece encontrar la paz en un lugar que se la prometió.

Un espacio distorsionado en sus formas para engañarla, para generarle una manifiesta confusión mental que le recuerde la histórica represión y reprimenda masculina ejercida por un patriarcado negado a su desaparición.

Se le puede quizá criticar a Alex Garland la falta de matices en su narrativa al dibujar la figura masculina como un ente irremediablemente maligno y fuera de toda capacidad moral y ética que le permita la redención

No permite Garland en su historia un ápice para generar una imagen más esperanzadora del hombre y sus circunstancias. Lo revela vil y moralmente degradado capaz de construirse, reconstruirse y reinventarse como un ser oscuro y espeluznante a la vista de una mujer que, si bien muestra gradualmente su fuerza anímica ante la adversidad, también ejerce la posibilidad del miedo como un intruso que la penetra sin consentimiento alguno.

Es pues el estereotipo de una sociedad de hombres señalado por el feminismo, una cofradía que apremia a caer sí o sí y donde el director británico la presenta en su más granada expresión de terror y destrucción.

La extraordinaria interpretación de Jessie Buckley como Harper y la no menos y escalofriante representación de varios personajes llevada a cabo por Rory Kinnear, le dan a la obra de Garland un muestrario de la locura, la confusión mental y la deformación de la realidad. La fotografía pues, de un mundo árido de valores morales.

Por eso decimos que Garland ha dado un giro radical a su narrativa y lo muestra a sus 52 años, como un director capaz de sorprender desde la ciencia ficción hasta la construcción de un miedo y un terror pánico en esta, su más reciente película.

Más allá de su falta de matices y un evidente maniqueísmo de género, dejará en el espectador la conciencia de un mundo que se niega a caer y que reproduce y engendra (eso sí hay que decirlo) una especie y tipo de hombres violentos e instituciones que ven aún muy lejos su caída y desaparición.

Garland sugiere lo anterior en una secuencia final aterradora.

Vortex

En 2012, el director austríaco Michael Haneke puso sobre el papel una espantosa visión de la vejez y la enfermedad en Amour.  Ocho años después, Florian Zeller con El padre, apuntó directo al corazón para recordarnos cómo la mente de los ancianos se degrada hasta el grado de no saber quién se es y para qué se vive.

El polémico cineasta franco-argentino Gaspar Noé, ha puesto nuevamente el dedo en la llaga con Vortex (2021) y retrata la ancianidad con una cinta que, dicen los críticos, es la obra más madura y conmovedora de Noé en su carrera.

Con dicha cinta, Road Movie cerrará este ciclo de cuatro reseñas que retratan el horror de una manera sutil, pero la realidad se encarga de recordarnos lo frágiles que somos ante las circunstancias que sufren nuestros cuerpos, la disfuncionalidad familiar, la violencia de género y ahora, el paso de los años traducido en el ser anciano.

Jorge Fons

Se ha ido a los 83 años el gran cineasta mexicano Jorge Fons.

Director de películas referentes y fundamentales del cine nacional como Los Albañiles (1976), Rojo amanecer (1989) o El callejón de los milagros (1995), Fons deja una estela de interpretaciones diversas sobre la sociedad mexicana y sus circunstancias.

Rojo amanecer fue reseñada en este espacio el pasado 4 de octubre de 2019 y desde ese texto y el recuerdo de un cine que dignificó el séptimo arte mexicano, vaya desde aquí un adiós agradecido a un artista verdadero.

Descanse en paz el Maestro Jorge Fons.

  • Fotograma: Men