En Esculpir el tiempo, ese libro tan esencial para entender la concepción del cine y el arte en general, el cineasta ruso, Andrey Tarkovski, escribe sin asomo de dudas que “cuando el escritor y el director de una película no son la misma persona, nos encontramos, pues, ante una contradicción insoluble, esto es, desde luego si son artistas moralmente íntegros”.

Y también, sin un dejo de duda en su concepción sobre quién es quién en las decisiones finales de una obra, Tarkovski sostiene que “sólo existe una persona: el director, y únicamente él, como filtro último en el proceso creativo del quehacer cinematográfico”.

Andrey Tarkovski se preguntaba, sin embargo, hasta dónde los directores pueden ser llamados también guionistas si al final de cuentas estos, en ocasiones, son personajes que ni siquiera tienen una cercanía importante con el cine.

Ya en 2007, una famosa fractura artística en el cine mexicano alcanzó grandes niveles mediáticos cuando el director Alejandro González Inárritu y el guionista Guillermo Arriaga, se enfrascaron en un debate sobre los méritos y créditos que uno y otro debieran llevar en sus obras cinematográficas, tensión que según se sabe, comenzó desde el rodaje de la multipremiada Amores perros (2000).

La revista Chilango publicó en su momento, tres dudas fundamentales que Arriaga externó sobre el papel que le corresponde al escritor y al director a la hora de firmar una obra. Publicaba Chilango por esos días las inquietudes de Guillermo Arriaga:

Una de tipo práctico: qué nombre aparecería después de la leyenda “Una película de…”; otra filosófica: “El demiurgo del cine es el artista que lleva la historia al papel (el guionista), o el virtuoso intérprete de esta obra, el director”; y una más sobre los triunfos por venir: “¿Quién será el encargado de recibir los premios de nuestras películas?”.

El clásico Tarkovski le hubiera dado la razón a González Inárritu y quizá hubiera desdeñado las dudas de Arriaga.

Pero mucho años antes, en 1940 para ser exactos, dos artistas se enfrentaron más o menos por las mismas causas que Inárritu y Arriaga (guardemos sin embargo toda proporción porque aquí se hablará de dos monstruos sagrados y clásicos): Orson Welles y Herman J. Mankiewicz

Para contarnos el conflicto y sus derivados entre ambos genios del cine, el director David Fincher ha filmado Mank (2020), cinta que, además, es la máxima favorita para ganarse la mayor cantidad de Oscares en la entrega de la estatuilla que se llevará a cabo el próximo domingo por la noche. La obra de Fincher tiene diez nominaciones.

En Mank, -diminutivo del apellido de Mankievicz- se cuenta cómo el famoso escritor es invitado por el joven Orson Welles para que realice el guion de una de las películas considerada una y otra vez, quizá como la mejor obra cinematográfica de la historia: Ciudadano Kane (1941).

Fincher discurre entonces sobre la egocéntrica y obsesiva personalidad de Herman y sus dificultades en la escritura del mítico guion, sus avatares con el alcoholismo del que era víctima, su difícil relación Louis B. Mayer, cofundador de la Metro Goldwyn Mayer y con el magnate de los medios, William Randolph Hearst, quien a la postre, será la emblemática figura en la que está inspirada el legendario personaje de Charles Foster Kane.

La historia del cine, sin embargo, guarda un profundo respeto por los directores, quizá obviando el enorme e importante papel que realizan los escritores. Incluso, los cinéfilos, cuando se preguntan de quién es una película, se responden primero haciendo mención del nombre del director y rara vez, casi nunca, se dice que la obra es de tal o cual guionista.

En Ciudadano Kane, Herman J. Mankiewicz tendría que luchar sin saberlo, con la leyenda que Orson Welles se ganó y le confirió el grado de clásico. En términos de créditos y fama, Welles llevaría siempre las de ganar y la posteridad terminaría por reconocerlo como uno de los suyos, muy por encima de un Mank que, quizá, muy pocos saben o sabían quién fue y la importancia de su genio en la creación de una joya como lo es el Ciudadano Kane.

Es difícil, sin embargo, resistirse a darle prácticamente todo el crédito a Orson Welles cuando apenas a ¡los 24 años! actuó, produjo y dirigió la obra maestra que le valió la inmortalidad

De hecho, David Fincher retrata en su cinta a un Orson profundamente respetado y quizá hasta temido, características que pensamos, solo se profesa a los mayores, pero el genio, la maestría y su innegable talento narrativo le obsequiaba a Welles un reconocimiento mayúsculo a una edad en que generalmente solemos calificar todavía como una etapa de inmadurez rampante.

Pesan también en la historia del cine, las contribuciones técnicas que Welles heredó para el futuro de la cinematografía: la profundidad de campo, el manejo de luces y sombras, las tomas picadas y contrapicadas, las angulaciones extremas, el manejo del tiempo narrativo mediante flash-backs y elipsis, es decir, una forma de contar historias que deja de lado la narración lineal para jugar a placer con los tiempos.

Contra todo eso tuvo que enfrentarse Herman J. Mankiewicz para no caer en el olvido pleno porque más aún, tuvo que compartir el crédito con el famoso director y ser, por ello, llamados los coguionistas de Ciudadano Kane.

Virtud aparte de David Fincher, es haber retratado los inicios de Hollywood en la década de los años 30 del siglo pasado, como la industria voraz en la que se habría de convertir, rapaz, ambiciosa, llena de avaricia por la ganancia inmediata a costa del espectáculo y de la magia del cine que, no obstante, puede también reclamar grandísimas obras y un agradecimiento por convertir el deseo de George Méliés en una realidad: la fábrica de sueños.

Ese mundo hollywoodense fue en el que construyó su prestigio el gran Mankiewicz, pero también su muerte temprana: Mank era también joven cuando trabajó con Welles, tenía apenas 43 años. Murió 12 años después, a los 55 años víctima de las complicaciones que su alcoholismo provocó en él.

Welles se iría de este mundo en 1985 a los 70 años.

El Oscar

Ciudadano Kane recibiría el Oscar al mejor guion original en 1941. Welles y Mankiewicz no volverían a trabajar juntos como tampoco lo han vuelto a hacer Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga. Aquí, tal vez Tarkovski les diría: “no se confundan: “sólo existe una persona: el director, y únicamente él, como filtro último en el proceso creativo del quehacer cinematográfico”.

El dato

El guion original de Mank es de Jack Fincher, el fallecido padre del director David Fincher.

  • Fotograma: Netflix
INFORME