Espera, espera sólo un ratito,/ de negro el monstruo vendrá/solo con su cuchillito, a ti te/rebanará. ((Una ronda infantil al inicio de M, el vampiro de Düsseldorf)

El siglo XX ha sido caracterizado como uno de los más violentos en la historia de la humanidad. Los albores de dicha época, mostraban nubarrones profundamente negros que dictaban una era marcada por acontecimientos que definirían el porvenir de una sociedad enferma e incurable, víctima de sus propios pecados.

El primer gran azote vino con la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918 y sus casi 20 millones de muertos. Luego, el gran crack de la bolsa en 1929, redefiniría el concepto de una sociedad industrializada y avariciosa que puso en el límite de la sobrevivencia a millones de personas en el mundo, el crack pues como uno de los primeros efectos globalizadores y catastróficos de la historia.

Después, el totalitarismo haría su aparición con la doctrina nazista a principios de la década de los 30, preámbulo de la sangrienta Segunda Guerra Mundial que dejó al menos en las estimaciones más precisas, alrededor de 50 millones de muertos.

Una sociedad que muestra tales credenciales de presentación para dibujar un futuro, no tiene más horizonte que el de enfermar a quien la conforma y en esa línea de perspectiva tiene que producir también a sus propios monstruos y sus deformidades morales

En la década de los años 20 del siglo pasado, un hombre de poco más de 40 años, llamado Peter Kürten, se convirtió en uno de los más famosos asesino seriales de la centuria en cuestión. El vampiro de Düsseldorf (así fue llamado), hizo de esa localidad alemana su espacio de acción, ahí cometería decenas de crímenes principalmente en la persona de mujeres jóvenes.

Kürten fue detenido y sentenciado a muerte, pero su figura ha representado la esencia del mal en una época que, como ya se ha mencionado, inició con una convulsión de hechos históricos que avivaron la crispación de una humanidad que nació, ha crecido y madurado en la insolencia más granada de la perversión.

Así y justo hace 90 años, el mítico cineasta, Fritz Lang, filmaría una de sus obras maestras inspirado en la figura de Peter Kürten y creó para la posteridad un retrato cinematográfico siniestro de la maldad: M, el vampiro de Düsseldorf (1931).

Ya la primera secuencia de la obra maestra de Lang, hiela la sangre: un grupo de niños y niñas juegan una ronda, una de ellas canta que un monstruo de negro vendrá y con su cuchillo los rebanará.

En Düsseldorf, la presencia de un asesino de niñas se ha apoderado del imaginario colectivo, del miedo de sus habitantes, de la inquietud de pensar que la próxima víctima puede ser el propio vástago o el del vecino o familiar.

La sombra oscura del llamado vampiro replanteará la dinámica de un conglomerado infestado ya por el terror provocado por un hombre que es humo y quizá ni eso, es invisible y retará a la policía y los habitantes de la localidad alemana a que lo atrapen.

Lang plantea en la historia varias aristas de interpretación, aristas que incluso, parecen invocar al futuro porque el director nacido en Viena, Austria, entiende que la aparición de un ser abominable es carne de cañón para que diversos actores de una sociedad muestren sus propios esqueletos

La prensa de la época hace tirajes excepcionales e hiperboliza la capacidad de acción del asesino de niñas, los linchamientos populares tienen también cabida en una historia en la que todos pueden ser culpables y acercarse a un menor es sentencia condenatoria para ser catalogado como el monstruo, una red social sin dispositivos electrónicos, pero igualmente efectiva a la hora del desprestigio en contra de quien sea, la chusma ávida de sangre, aunque de ella quiera liberarse.

Por supuesto, Lang no deja de lado la incompetencia policíaca al grado de que el propio crimen organizado de la época, afectado en sus intereses por el asesino, decide darle caza y mostrar una doble moral que apuesta por acabar con el flagelo del mal para que su propia inmoralidad siga vigente y con cabal salud.

Para mostrar todo el esplendor del horror, Fritz Lang no muestra nunca a ningún infante muerto o alguna fotografía de violencia por parte del asesino, los recursos del artista europeo se fundamentan en las técnicas del expresionismo alemán: el alto contraste de luces y sombras y en la expresividad gestual aterradora de un Peter Lorre en estado de gracia actoral interpretando al monstruo.

Son los detalles cotidianos los que vuelven a la cinta de Lang, un espacio de inquietud y tensión permanente: un globo de una figura grotesca que el vampiro regala a una niña, una pelota que rueda y anuncia un nuevo asesinato y el silbido exasperante de Lorre entonando la clásica obra de Edvard Grieg: Peer Gynt Suite No. 1.

No era, sin embargo, la primea vez que Fritz Lang practicaba la crítica social en una de sus obras, no podemos obviar otra de sus obras inmortales: Metrópolis (1927), la épica visión apocalíptica del cine silente en donde se aborda a una sociedad dividida por las profundas desigualdades sociales, invocando ideas marxistas a través de una superproducción cinematográfica que trasciende todo lo largo y ancho del siglo XX y al que Lang le cuenta al oído su futuro.

Enmarcada en el género de la ciencia ficción, Metrópolis es una distopía delirante y como toda distopía, debiera ser catalogada también como un film de terror existencial porque cuestiona la irracionalidad de esa clásica fórmula en donde pocos tienen mucho y muchos tienen prácticamente nada. Ese irrefutable principio que ha marcado un mundo cruzado por relaciones de poder (Michel Foucault dixit) y una pleitesía irrenunciable al dinero y sus circunstancias.

Con M, el vampiro de Düsseldorf, Fritz Lang parece asegurar lo que líneas arriba se describe, una sociedad enferma produce poblaciones enfermas y potenciales deformidades morales

Noventa años después de estrenada esta obra del cineasta alemán, la historia del siglo XX se ha encargado de reconfirmar la morbilidad de una sociedad exhausta que se ve en el espejo de más guerras, la contaminación y el cambio climático, una pandemia (¡una pandemia!), la violencia hacia las mujeres, niñas y niños, ancianos, a la diversidad sexual y el avance imparable de la pobreza y las vergonzantes desigualdades sociales.

Y sí, muchos más vampiros de Düsseldorf que han aparecido a lo largo de las décadas en diversos países, encumbrados en armas y tiroteos en escuelas, sobre todo en Estados Unidos, homicidas descarnados de los que se ha alimentado el cine para retratar diversos tipos y perfiles de conglomerados.

Lang vería seguro el transcurso del siglo XX y el inicio del XXI como un reflejo desesperanzador de eso que plasmó en Metrópolis en 1927 y cuatro años más tarde en M, el vampiro de Düsseldorf.

Them (Ellos)

Them (Ellos), es una serie emitida por Amazon Prime Video y es quizá, una de las narraciones más aterradoras que se han podido apreciar en los últimos años.

La historia cuenta el infierno de una familia negra en un condado de gente blanca en Los Angeles, en los años del 50 del siglo pasado. Es una expresión del racismo más perverso, retocado con angustiantes matices sobrenaturales. Otra de las caras de las sociedades mórbidas.

Them y sobre ella, disertaremos en quince días.

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