Pensar en Los caifanes (1967) del guanajuatense Juan Ibañez, es pensar y llevar a cabo un ejercicio de nostalgia pura.

Con Los caifanes, Ibañez nos lleva a un mundo urbano que ya se ha ido, un entorno cosmopolita en donde la noche se podía vivir a plenitud, sin miedo, inmerso en la tradición de las costumbres citadinas y en donde en efecto, prácticamente, “todas las podíamos”, porque eso es lo que significa ser un caifán: el que todas las puede.

Pensar Los caifanes, es también aquilatar una forma ya desconocida de expresar el lenguaje. El uso de un español encriptado, creativo, lleno de la más fecunda imaginación lingüística y semántica que ponía a prueba la riqueza del vocabulario y la propia fantasía para descifrar una expresión que citaba lo cotidiano de una manera, si queremos así decirla, pintoresca. Por ejemplo, el flirteo que requería una traducción puntual, “El frío que de noche sientes es por andar desperdiciada” o una joya del tabaquismo rampante, “échate una niebla en tubo”.

Y en específico, pensar esta cinta, es recordar una Ciudad de México que ya no existe, lo dijo más de alguna vez uno de los caifanes que recientemente abandonó el mundo, Óscar Chávez, apenas fallecido en abril pasado dejando solo a Julissa y a Ernesto Gómez Cruz como los últimos protagonistas de esa película considerada como una de las mejores en la historia del cine mexicano.

La obra, dirigida por Juan Ibañez y con guion de él mismo y el escritor Carlos Fuentes, es cierto que también retrata una característica de la vida mexicana que aún sigue presente, la sempiterna estampa de las marcadas clases sociales a través de una pareja de burgueses interpretados por Julissa y Enrique Álvarez Félix y una panda de amigos sacados de lo más profundo de un mundo urbano que se sabe consciente de su baja posición social, pero que orgullosos se hacen llamar así mismos, Los caifanes.

Juntos, burgueses y caifanes, recorrerán la Ciudad de México y su noche casi eterna que los llevará por cabarets, plazas públicas, las grandes avenidas de la urbe y hasta una funeraria

Se observarán mutuamente de manera casi curiosa y desconfiada para descifrar sus respectivos códigos de convivencia, formas de interpretar la vida y asumirla hasta mezclarse y embonar porque se saben también similares, ni mejores ni peores porque al final de cuentas se sabrán seres humanos esencialmente presos de sus propias historias personales que los pueden volver ruines o solidarios, amantes o terriblemente despectivos hacia el otro.

El mismo Juan Ibañez lo visualizaba así en una entrevista de 1966 para la revista Siempre: “Claro. Carlos Fuentes y yo nos dimos cuenta de que, de la contraposición de los dos saldría el conflicto dramático. De su convivencia es de donde parten todas las líneas argumentales del gran teatro del Siglo de Oro. Los caifanes pobres de la cinta toman contacto, como te expliqué, con los caifanes ricos. (…) ”.

De manera menos amable y por el contrario, de forma brutal, ya Luis Buñuel había retratado en Los olvidados (1950), a una Ciudad de México moralmente miserable y a los pobres como un segmento social igualmente degradado en la persona de un grupo de adolescentes rapaces y violentos, muy alejados del romanticismo que, por ejemplo, Ismael Rodríguez imprimió en las lacrimógenas Nosotros los pobres y Ustedes los ricos (1947 y 1948).

Los caifanes de Juan Ibañez, vendría a ser entonces, una especie de punto medio entre la visión de Buñuel y Rodríguez al reflejar la Ciudad de México más seductora y nostálgica, con personajes incluso entrañables y memorables que viven sin la violencia de Los olvidados y el maniqueísmo manifiesto del mundo urbano reflejado en Nosotros los pobres y Ustedes los ricos.

Acostumbrada la cinematografía a generar etiquetas cuando surge una época en la que aparecen nuevas formas de contar historias, Los caifanes es parte de eso que se dio en llamar cine de aliento, es decir, esa narrativa que nace en la década de los años 60 y propuso historias y personajes alejados ya del famoso cliché: “La Época de Oro del Cine Mexicano”.

La cinta de Ibañez confronta entonces a una muy tradicional sociedad mexicana acostumbrada a las narrativas de charros, rancheros, el mundo indígena y algunas historias urbanas marcadas sobre todo por discursos morales y conservadores que gustaban de dividir con especial énfasis, un mundo habitado por buenos y malos, sin matiz alguno.

La obra cumbre del cineasta guanajuatense Juan Ibañez, surge en una década que irrumpe con sus primeras muestras contraculturales en un entorno mundial que se manifestaba insatisfecho de la guerra, abogaba por el sexo libre y daba las primeras muestras de preocupación por el medio ambiente

Ese tiempo de revoluciones, es un tiempo en la que ya el filósofo francés Guy Debord, advertía el devenir de una sociedad del espectáculo y sus perniciosas consecuencias sobre la forma que teníamos de percibir el mundo.

Fue también 1967, el año que marca el preámbulo del Mayo del 68 o Mayo francés, movimiento estudiantil que abomina en contra de los poderes establecidos y que hizo eco en buena parte del mundo. México no sería la excepción y la historia cuenta que el 2 de octubre de 1968, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz habría de matar a cientos de jóvenes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

Ese es pues el entorno social, cultural y político en donde se filma y estrena Los caifanes, un manifiesto de la rebeldía juvenil, de la desazón que la juventud empezaba a sentir para pensar un mundo más justo. La obra de Ibañez planteaba también ese descontento y lo plasmaba en la falta de respeto (ahora tan en boga), por los símbolos impolutos e intocables del sistema.

Memorable es la escena en donde Los caifanes y sus dos invitados de la clase alta, transitan por Paseo de la Reforma, se detienen en la glorieta de la Diana Cazadora. Es entonces que El Azteca, interpretado por Ernesto Gómez Cruz, sube al monumento y viste con falda y ropa interior a la emblemática estatua que adorna una de las principales avenidas de la Ciudad de México.

1968 prendería la pesadilla del poder, una masiva protesta estudiantil que dataría la historia moderna de nuestro país.

Adiós a Los caifanes

53 años es mucho tiempo, es un largo camino que la memoria del mexicano ha tenido que recorrer para encontrarse con otras formas de entender a este país, pero también para reeditar algunos vicios que se nos vuelven insoportables.

Por eso el cine representa el recuerdo de los que han perdido la memoria o desconocen por omisión voluntaria o no, su pasado. Los caifanes, en este caso, es también un documento social para entender a un conglomerado, a una sociedad y sus costumbres que ya no existe más, pero que se convierte también en una fuente rica en antecedentes para saber y entender el por qué somos lo que somos y nos comportamos de una u otra manera.

Los caifanes se han ido ya, los ricos y los pobres: primero se fue Jaime de Landa (Enrique Álvarez Félix), luego nos dejó El Mazacote (Eduardo López Rojas), partió después El capitán Gato (Sergio Jiménez) y les acompañó apenas hace unos meses, El Estilos (Óscar Chávez).

Se han ido también sus creadores y guionista: Juan Ibañez y Carlos Fuentes y hasta ese Santa Claus borracho que personificó el escritor Carlos Monsivais.

Solo nos queda Paloma (Julissa) y El Azteca (Ernesto Gómez Cruz); se irán algún día como todos, pero ahí queda la historia en cine de Los caifanes, “los que todas las pueden”. Nostalgia pura.

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