Sospecho que la automatización de los seguros de las puertas de los coches de modelos recientes ha suscitado severos equívocos en quien pudo, desde la primera cita, darse cuenta de que no iba, de que debía dejar eso por la paz. Me refiero a ese mecanismo antes de las alarmas en los autos que se conoció como botón o seguro de las puertas.

Puede ser que me equivoque y que los seguros de las puertas de un coche no tengan nada qué hacer con develar o no el amor verdadero, y quien continuó intentando eso de “la elegida o elegido”, como yo alguna ocasión, enceguecido por las otras cosas: las sensaciones y el estómago hecho un puño y la mirada perdida en unos ojos lindos, no dependiera, como ya dije, de un examen tan mínimo; sabemos que en esto de las relaciones y el amor o el desengaño, cosa más frecuente, lo que suele suceder es que “el que se va a caer no ve el hoyo”, como se puede leer en la inolvidable Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, y que ninguna evaluación o puesta a prueba sean infalibles.

Sin embargo, déjenme soñar y pensar que uno se equivoca en el amor por culpa de que los seguros de las puertas ahora son automáticos y uno, desde lejos, puede controlar si deja abierto o no las puertas de su coche.

La idea me ha venido por culpa de una película. A veces, ciertos episodios de filmes o novelas, canciones o cuentos que nos cuentan, nos hacen sentir que ahí o acá estaba la clave para las decisiones o el devenir y el rumbo que tomaron las cosas

Hay veces que, cuando uno ve aquella escena, que le ha resultado reveladora, la voz interior explota susurrante y uno empieza un monólogo, en corto, casi pudoroso, en donde se repite como mantra: “si lo hubiera sabido antes”, “de haber puesto atención en eso desde el inicio, no estaría yo aquí, pasmado por no saber qué sucedió o por qué es que sucedió lo que ha acontecido.

Ya dije que muchos son los factores de que el fenómeno del desengaño o del amor imposible o, en sus excepciones, el verdadero romance eterno, se consuma o se disuelva. Hay más de una posibilidad de equivocarse, pero, insisto, posiblemente, de seguir vigente el seguro de las puertas de los coches de manera manual, se hubieran evitado erratas o tragedias shakespereanas que pudimos ver en el preciso instante de la dichosa ‘prueba de la puerta‘.

El cine o las novelas, los poemas o las obras de teatro, sus diálogos y momentos especiales, la música y las letras de canciones, la estampa de un momento específico a través de un estribillo, pueden enseñarnos, nos pueden decir algo de nosotros mismos que no conocíamos, diría Monsiváis. Significan momentos de desdoblamiento en donde podemos vernos a otros y a nosotros, diciéndonos algo propio enterrado o en silencio, adormilado, que exigía una certera ilustración para que entendamos de una buena vez ciertas lecciones de vida, un trasunto de consejos del abuelo alguna tarde de verano; esos inolvidables momentos de practicidad en pocas palabras que marcan el camino de una moral, de unas maneras de actuar, dichas así, como que no quiere la cosa, por un padre que mira a un hijo con ineludible condescendencia.

La ‘prueba de la puerta’ es una brújula que hemos extraviado debido al progreso que por estos días tienen nuestros automóviles

La prueba de la que hablo la aprendimos en aquella película de italianos en Estados Unidos dirigida por Robert de Niro que cuenta la historia de unos muchachos en Nueva York. Me refiero a Bronx Tale.

Todos recordamos, casi no tengo dudas, ese momento en el que uno de los chicos, que pudo ser cualquiera de nosotros a esa edad, pues uno no sabe muy bien qué es lo que debe hacer cuando ha conocido a “la indicada” o “al indicado” o a quien cree que lo podría hacer, recibiendo los consejos de alguien mayor que nos enseña la clave de todo. Decía, Sonny, el hombre adulto toma la palabra, presta su automóvil y aconseja a su discípulo:

Te voy a prestar mi auto. Le harás mi prueba. La prueba de la puerta. Llegas a donde ella te espera. Antes de bajar, asegura ambas puertas. Baja del auto. Camina hacia a ella. La traes al auto. Saca la llave, quita el seguro, abre la puerta y haz que entre. Cerrarás la puerta y darás la vuelta por detrás del coche para mirar a través el parabrisas. Si ella no se mueve a quitar el seguro de tu puerta para que entres, olvídala.

Escucha, amigo, si ella no se mueve a quitar el seguro para que puedas entrar, significa que es una egoísta, y sólo habrás visto sólo la punta del iceberg.

Bótala, líbrate de ella y hazlo de prisa. Cualquier otra cosa es una tontería, lo importante es la prueba de la puerta. Hazlo y sal de dudas pronto.

Es cierto que puedo estar olímpicamente equivocado, pero también es cierto que si uno sabe este tipo de detalles cuando se trata del cortejo y el amorío, la efusión y el atontamiento cantinflesco pueda tener más elementos para no caer en el sitio del amigo gordo o el que lo intenta todo donde hay sólo un páramo sin posibilidad de algo fértil. Sin embargo, en estas épocas donde todo es automático, da igual esta sabiduría.

Quizá lo que podríamos asegurar, visto lo visto, es que si alguno de nosotros hubiera tenido un auto con seguros de las puertas manuales cuando se trataba de saber qué rumbo tomar, hacia dónde ir, si quedarse o huir, podría estar presumiendo que se dio cuenta pronto que debía emprender retirada de donde, con esa actitud de no quitar el seguro para que uno entre, estaba viéndose sólo la punta del iceberg, como aconseja el sabio Sonny, el dueño

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa