Hay historias e imágenes que intentan incidir en las emociones colectivas de un mundo que encuentra razones un día sí y otro también para perder la esperanza, y esas historias y esas imágenes presentan una paradoja casi incomprensible que confunde y desestabiliza la fe en el ser humano y al mismo tiempo la reafirma.

Pensamos por ejemplo en dos fotografías que al paso del tiempo se han convertido en la explicación del por qué nuestra especie puede mostrar su grandeza moral y su más pasmosa bajeza ética.

En noviembre de 1985, el volcán Nevado de Ruiz en Tolima, Colombia, hizo erupción y mató a 20 mil personas. Omaira Sánchez, una niña de 13 años, quedó atrapada hasta su cuello y sin equipo especializado para rescatarla, Omaira agonizó durante 60 horas. Una fotografía en donde se le ve hundida, aferrada a la esperanza de ser salvada de entre el lodo, se convirtió en una imagen demoledora al saber que nadie a pesar de los esfuerzos, pudo salvarla.

Treinta años después de Omaira, Alan Kurdi, un niño kurdo de tres años apareció ahogado en una playa de Turquía. Alan, su hermano Galip de cinco años y su madre Rehan, también ahogados, huían de la guerra en Siria e intentaban llegar a Canadá para reunirse con familiares.

La devastadora fotografía de Alan muerto en la playa turca y la posterior imagen de un policía cargando el cuerpo inerte del niño, le dio la vuelta al mundo para protestar en contra de la guerra y la crisis migratoria en Europa.

Pero nada parece detener la degradación del mundo, Omara y Alan nos recuerdan que si bien sus muertes nos obligan a pensar la vida con un sentido moral y ético inquebrantable, al final de cuentas es insuficiente, porque el azote contra los migrantes por parte de gobiernos de ultraderecha, el caos que provocan los desastres naturales y la indefensión de los que menos tienen ante estos, la guerra en diversas latitudes del mundo y la negrura de personajes llamados Trump, Netanyahu, Bukele, Meloni, Milei y tantos otros, no parecen permitir una mirada más esperanzadora hacia el futuro.

En la oscura noche que se cierne sobre nosotros, una historia más de la niñez azotada por la guerra contada por el cine nos vuelve a recordar a Omaira, a Alan y a los más de 64 mil niñas y niños muertos y mutilados por el ejército israelí en Gaza: La voz de Hind Rajab (2025), película dirigida por la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania

El 29 de enero de 2024, una llamada de emergencia llega a los voluntarios de Media Luna Roja. Una niña de seis años, llamada Hind Rajab suplica desesperada que la salven. Se encuentra en un coche con algunos familiares que han sido acribillados y muertos en Gaza por el ejército israelí. Los rescatistas mantienen el contacto telefónico con ella y trabajan contrarreloj para que una ambulancia pueda acudir a rescatarla.

La cinta de Ben Hania es atípica en la forma de narrar porque lo que la vuelve devastadora es saber que la grabación presentada contiene la voz real de Hind mezclada con una dramatización orquestada de manera excepcional por actores y actrices que representan a los rescatistas de la Media Luna Roja.

No hay tregua para el espectador, a la angustia y el terror que la voz de Hind refleja en la llamada telefónica, se agrega la desesperación de los rescatistas que hacen esfuerzos sobrehumanos para mantener la calma en sus emociones y transmitirle esa serenidad a la niña, los propios desacuerdos entre los rescatistas y la insoportable burocracia de los organismos involucrados para poder enviar la ambulancia, hacen de La voz de Hind Rajab una mezcla de sensaciones que van de la angustia, al miedo, a la impotencia y la rabia por testificar la nula humanidad de quien es capaz de torturar así a una niña de seis años.

Pocas veces se ve en el cine una propuesta que exige al espectador mantener su atención y sus emociones al límite, pocas veces se puede crear desde la pantalla grande la conciencia del fracaso del mundo y el precipicio que esa derrota nos puede tener preparado y también pocas veces, aunque renovamos la fe en el ser humano al ver a los voluntarios de la Media Luna Roja poniendo todo su ser en aras de promover la vida, también atestiguamos la perturbadora indiferencia de quien mata por matar.

Uno de los rescatistas, en una de las escenas, les dice a sus compañeros que el ejército israelí sabe perfectamente que en ese coche tiroteado hay una niña que está rodeada de cadáveres porque su enorme arsenal y tecnología armamentista, hacen imposible que no sepan quién se encuentra en el automóvil.

Una y otra vez, Hind suplica que la salven, una y otra vez comunica su angustia y una y otra vez se vuelve incomprensible cómo es posible un escenario de esa naturaleza, un negro paisaje que únicamente debería habitar la ficción

Es un hecho predecible que ni las imágenes de Omaira Sánchez y Alan Kurdi, ni las miles de imágenes de devastación que a diario se repiten en contra de civiles en todo el mundo, van a detener la barbarie, parece ser la hora de hacer una redefinición del ser humano porque no parecen ser suficientes todas las disertaciones filosóficas, antropológicas, psicológicas y sociológicas para entender qué es en realidad lo humano, una tarea inacabada decía el filósofo canadiense Bernard Lonergan.

Aplaudida en el Festival de Venecia por un público de pie, La voz de Hind Rajab le permitió a Saja Kilani, una de las protagonistas, expresar su sentir sobre la historia de Hind:

“¿No es suficiente? Matanzas de masa, hambruna, destrucción, ocupación. La película no necesita nuestra defensa, no es una opinión o una fantasía. Su voz es solo una de las de decenas de miles de niños que han sido asesinados en Gaza. Es la de cada hijo e hija que tenía el derecho a vivir, y soñar, que les fue robado. […] La pregunta clave es: ¿Cómo dejamos a una niña suplicando por su vida? Basta”.

Suele decirse que hay ciertas películas que después de abandonar la sala, nos siguen taladrando la cabeza por algún tiempo, y es cierto, pero La voz de Hind Rajab, al menos a mí, ocho días después de haberla visto, me sigue resonando en el recuerdo, las emociones, la desesperanza y la esperanza en la especie humana.

Robert Duvall

El pasado domingo 15 de febrero, murió a los 95 años, el gran actor estadounidense Robert Duvall. Figura de larga trayectoria en el cine de Hollywood, Duvall debutó en uno de los grandes clásicos del cine, Matar a un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan y ya con el reconocimiento del gran público, participó en la saga de El Padrino (1972 y 1974) y en Apocalipsis Now, sendas obras maestras de la cinematografía dirigidas por Francis Ford Coppola.

Descanse en paz el gran Robert Duvall.

  • Fotograma: La voz de Hind Rajab