La violencia como constante en la historia de México –siglo XX – está registrada en El Llano en Llamas de Juan Rulfo y en Las Muertas de Jorge Ibargüengoitia.

Mañana estarás muerto o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días” (Rulfo, 1993, p. 33), es una sentencia existencial que comparte el jalisciense en su obra. La enunciación asume vigencia en los tiempos que nos toca vivir. Ibargüengoitia relata en Las Muertas:

“Hace calor, las moscas se paran en la cara del capitán, los cazahuates están floreando. Detrás de él va una fila de soldados montados, que atajan con la mano las ramas de los huizaches. Delante de él va un solo hombre: un ranchero de huaraches y sombrero ancho que camina a pie. Es el informante. La vereda se hace cada vez más angosta y cuando parece que se acaba, el ranchero se detiene y levanta el brazo para señalar algo que está del otro lado de la cañada: allí están las flores [amapolas]” (Ibargüengoitia, 2015, p. 39).

El texto del guanajuatense hace referencia al narcotráfico. Más adelante señala que “el agente Guillomar hizo viajes a San Pedro de las Corrientes y habló varias veces con Humberto Paredes. Es posible que haya estado en la casa de la calle de Los Bridones. No se sabe qué dijeron. Quizá el agente fingió querer vender un plantío o comprar droga” (Ibargüengoitia, 2015).

La violencia, el contrabando y el narcotráfico pueden rastrearse en y desde la literatura. El Llano en Llamas es de 1953 y Las Muertas de 1977; y entre ellas, dando inicio a la novela negra en nuestro país en 1969, El Complot Mongol de Rafael Bernal. Éste puede ser considerada el antecedente de la narco novela (Morales y Carrillo, 2017).

El Llano en Llamas, de Rulfo, es una exaltación a la mexicanidad. Sus ejes temáticos son el reparto agrario, la violencia, la vida rural en México, la ausencia de agua como causa de crisis económicas, la prostitución y la muerte

Las Muertas de Jorge Ibargüengoitia recuperan la historia de Las Poquianchis en el Bajío mexicano; habla de danzones, mariachis, fútbol, lesbianismo, homosexualidad, extorsión, violencia y narcotráfico.

El Complot Mongol, como lo indican Morales y Carrillo (2017, p. 212), se hace referencia a los barrios bajos de la capital del país, a los fumaderos de opio y a las mafias chinas de la época de las 60 del siglo XX.

El corrido no es un cuadro adornando la pared. Es un hombre con un arma”, refiere la narrativa de Herrera en Trabajos del Reino “Se miraban como estrellitas de película, aunque nomás fueran señoritas de corrido” (Herrera, 2010, p.65).

En la obra de Yuri Herrera, se explora a Lobo, protagonista de la historia, a quien “le pusieron un acordeón en sus manos. Su padre le enseñó a combinar los botones y cómo el fuelle suelta y aprieta el aire para colorear sonidos. Se fueron pal norte y le dejaron el acordeón para que se metiera a las cantinas; supo que los boleros admiten cara suave y que los corridos reclaman historias” (Herrera, 2010. 16).

Desde el siglo XIX, la violencia y el contrabando han quedado registrados. Los Bandidos de Río Frío de Manuel Payno (2018), así lo demuestran:

“La ciudad por todas partes era turbada en las noches por lejanos ladridos de los perros que estaban fuera del alcance de la matanza y por los dolorosos quejidos y aullidos de los que morían o quedaban heridos. Muchas noches era imposible dormir y las calles amanecían manchadas de sangre (Primera parte, Capítulo X)”.

¿No ha llegado La Voladora? -preguntó el teniente de la garita a uno de los guardas que se ocupaba del despacho aduanal de las canoas.

¿Por qué preguntaba, mi teniente, por La Voladora?

Porque he tenido denuncia de que debajo de las arcinas de paja que debe traer como única carga, encontraremos un contrabando de aguardiente. Mucho cuidado, y avíseme cuando llegue esa canoa (Primera parte, Capítulo XXIX).

Gabriel Ferry, viajero francés en el México de esa época, cuenta:

“Había oído hablar con frecuencia de Albino, uno de los más audaces contrabandistas de la costa, bajo el régimen español. Era una guerra a muerte entre los guardias de la aduana y los enemigos del fisco, y en aquellas luchas mortales, Albino Conde se había creado una fama extraordinaria” (Ferry, 1945, p. 60).

Albino Conde fue el personaje central de un romance colonial, denominado Yo soy el contrabandista. La violencia, problema constante en la historia de las civilizaciones humanas, fue generada por los españoles en México

Ferry lo registró de este modo:

“De cada una de las ramas del mezquite pendía una cabeza sangrienta, testimonio de la crueldad de los españoles. El árbol, bajo el cual había yo buscado un abrigo, era uno de esos monstruosos trofeos, que el salvaje furor de los soldados de Calleja multiplicaba en nuestros campos. No pude contemplar por mucho tiempo aquella horrible pirámide de restos humanos. Creía conocer entre aquellas horribles cabezas las facciones de algunos compañeros de armas, y casi desmayo. Desde que habita en la República, ha de haber usted encontrado más de una vez, algunos árboles cargados de cruces de madera. Pues bien, en lugar de cada uno de esos fúnebres emblemas, había antes la cabeza de un insurgente. En el Bajío, sobre todo, esos árboles que sostienen 50 o 60 cruces, recuerdan el principal teatro de nuestras luchas revolucionarias. A los españoles pertenece la idea de esas sangrientas exhibiciones; pero concluimos por mejorarles su invención, puesto que a nuestro turno clavamos en las ramas de los árboles millares de cabezas, y éstas no fueron reemplazadas por cruces expiatorias” (1945, p. 87).

Como es de notarse, la literatura pone al descubierto la añeja existencia de los problemas que desangran a los mexicanos del siglo XXI. No se afirma que la violencia y las actividades ilícitas referidas sean un fenómeno cultural o un elemento identitario, sino que se trata de aspectos que han sido registrados en las obras literarias desde el siglo XIX: son problemas que se han construido a través del tiempo. Al abordarlos, debemos ponderar contextos sociales y procesos históricos.

El contrabando es una de las claves sociales para entender el siglo XIX mexicano.  Este fenómeno lo podemos rastrear hasta el siglo XVI, en los prolegómenos de la llamada Época Colonial (1521-1821), en la figura de la piratería.

Esta actividad, de acuerdo con De la O (2016) constó de las siguientes etapas: la primera que cubre de 1527 a 1620-1630 con el actuar de los corsarios, “navegantes no hispanos que se adentraron a las aguas del Golfo-Caribe con la anuencia real de sus respectivos reyes” (p. 48); la segunda que va de 1620-1630 a 1670 que registra la presencia evidente de contrabandistas y el surgimiento de filibusteros –término derivado del empleo de un tipo de embarcación ligera para realizar actividades de saqueo en la mar– y bucaneros –“cazadores de ganado cimarrón, del cual aprovechaban carne y pieles con el fin de aprovisionar barcos extranjeros” (pp. 48 y 49); y la tercera de 1670 a 1750 propia de los piratas, “navegantes dispuestos, en teoría, a llevar a cabo asaltos a cualquier barco sin importar la corona a la que pertenecieran” (p. 49).

La piratería implicó un medio para quebrantar el orden establecido por la Casa de Contratación de Sevilla en lo concerniente al actuar extranjero en el Nuevo Mundo

Debe recordarse que lo que dio origen a estas prácticas ilegales fue el hecho de que, en teoría, la corona española era la única autorizada para comerciar con dichos territorios de manera directa. Las naves no hispanas justificaron su arribo a esa parte del globo en el deseo de participar de la explotación de los recursos presentes en ella. La violencia fue un medio para conseguirlo en forma de botín, aunque también se hizo por medio de la negociación (De la O, 2016, pp. 49 y 50).

En términos generales, ese intercambio aludido puede ser definido como contrabando: “Conjunto de prácticas que propiciaron el contacto comercial directo entre extranjeros y súbditos de la Corona hispana, lo cual conllevó la violación de normativas en tal materia”.  Esta conducta puso en marcha la mancuerna “piratería-comercio gracias a la generación de redes de intercambio” no solo presentes en la región costera, sino dentro del territorio continental, lo cual avivó el nacimiento de mercados internos donde participaban, desde las autoridades hasta la gente común y corriente (De la O, 2016, pp. 50 y 51).

En el siglo XIX fueran los ingleses quienes practicaran “desde su base en Jamaica, un extenso comercio ilegal con la América española. A través de Veracruz, comercializaban productos alemanes” (Bernecker, 1993, p. 394). Aunque parte de la mercancía ilegal durante esta centuria entraba a México por Veracruz, otra hacía lo propio por Guaymas, Sonora; Mazatlán, Sinaloa; Manzanillo, Colima y Acapulco, Guerrero. Durante la etapa de Independencia, el comercio ilegal sobrepasó al legal, en números absolutos (Bernecker, 1993, p. 395).

Si bien desde 1823 quedó prohibida la importación de artículos españoles a México, se podía conseguir papel y brandy de Barcelona, hierro de Vizcaya, vinos de Jerez y Málaga, aceitunas y pasas de Andalucía (Bernecker, 1993, p. 397). En 1827, una tercera parte de los bienes extranjeros consumidos en México, eran importados ilegalmente (Bernecker, 2005, p. 135).

El puerto de Guaymas en Sonora fue utilizado por los contrabandistas para comercializar metales preciosos (Bernecker, 1993, p. 397). Mazatlán era el único puerto en el que los grandes buques que iban de América del Sur a San Francisco, podían proveerse (Bernecker, 1993, p. 398). Los españoles gustaban de contrabandear por los puertos de Manzanillo, Tampico y Veracruz (Bernecker, 1993, p. 415).

La ruta Kentucky-Chihuahua, fue una de las más importantes para el contrabando del siglo XIX. Se contrabandeaba hilo, tejidos y algodón (Bernecker, 1993, p. 399). Yucatán importaba, ilegalmente, manta de algodón producida en Manchester e introducida por la Honduras Británica (Bernecker, 1993, p. 400). “Público y notorio es que en la frontera, en la feria de San Juan de los Lagos, en la capital de la República y en Puebla, se vendan efectos extranjeros prohibidos por el arancel. Los jabones finos nunca se han fabricado en el país, y siempre se han introducido sin respetar las prohibiciones” (Bernecker, 1993, p. 400), declaró Manuel Payno, Ministro de Hacienda de México, en 1850, y autor de Los Bandidos de Río Frío.

José María Luis Mora afirmó que dos terceras partes de los bienes de consumo no pagaron aranceles de importación durante el siglo XIX, y que el Estado no percibía ni la mitad de los aranceles de importación que legalmente le correspondían (Bernecker, 1993, p. 396).

“Tejidos de algodón cuya importación estaba prohibida, eran mezclados con lino. Los comerciantes enviaban sus productos a Nueva Orleans, después alquilaban barcos e importaban los productos bajo la bandera mexicana. Se izaba en barcos ingleses una bandera mexicana para evadir impuestos” (Bernecker, 1993, p. 406).

Las regiones siempre se sentían desatendidas por el centro político. La prohibición de fábricas de tejidos cerca de las costas fue un agravio para los empresarios (Bernecker, 1993, p. 415).

Pensemos la corrupción como un problema histórico y como la base de la violencia que padecemos. De la promoción y difusión de la violencia participan distintos actores sociales, no solo los gobiernos y políticos de base.

La corrupción mexicana encubre a la sociedad, en su inmoralidad y maldad.

*NOTA: Este texto fue escrito en colaboración con Francisco Ezequiel Zamudio, profesor en la UPN 111 de Guanajuato. 

Fuentes consultadas

Bernecker, W. (1993). Contrabando, ilegalidad y corrupción en le México decimonónico. Revista Espacio, tiempo y forma, 393-418.

Bernecker, W. (2005). Contrabando en el México decimonónico. Revista América Latina en la historia económica, 24, 133-149.

De la O, R. (2016). Acuerdos comerciales entre corsarios y españoles en el Golfo-Caribe, siglo XVI. Revista Mexicana del Caribe, 21(1), 42-89.

Ferry, G. (1945). La vida militar en México. Ciudad de México, México: Editorial América.

Herrera, Y. (2010). Trabajos del Reino.

  • Ilustración: José Guadalupe Posada.