Hay dos momentos en la vida de todo ser humano que le cambia su percepción sobre la existencia: cuando se enfrenta a la muerte y cuando amanece crudo.

Por supuesto, el primero no es tan violento como el segundo; ni el segundo tan benigno como el primero. Sólo quien ha conocido el dolor de clavos tras de los ojos, el sabor a cigarros muertos sobre la lengua, el asco por el mundo durante una mañana de resaca, puede reconciliarse con sus desdichas. Estar tranquilo e irse a descansar con la seguridad de que ha hecho bien.

Es de cobardes enfrentarse con armas a la cruda. Aspirinas y algún otro paliativo para aminorar los malestares físicos sólo demuestran poco carácter, un espíritu opaco, negación a esa experiencia fantástica que emana del dolor. Las cicatrices, tanto en cuerpo como en alma, son nuestras credenciales ante la hora última. Hemos vivido, por eso algún día seremos dignos de morir. Porque sin importar si la borrachera fue por dicha o por desencanto el tiempo de la cruda es penitencia y reconocimiento.

“Las cicatrices, tanto en cuerpo como en alma, son nuestras credenciales ante la hora última. Hemos vivido, por eso algún día seremos dignos de morir”

Pagamos los excesos porque los excesos siempre tienen que pagarse. Los dioses no perdonan, nos lo enseñaron los griegos. Si con tu desmesura transgredes las leyes del universo (hybris), el castigo, enfocado a reinstalar ese orden quebrantado, será inevitable (Némesis). Por eso, si matas a tu padre y te acuestas con tu madre te escarmentarán; por eso, si robas el fuego y se lo das a los hombres, te encadenarán en lo alto de una montaña y una ave te comerá las entrañas todos los días; por eso si te chingas más de un cartón de chelas, la cruda será portentosa. Los dioses no perdonan.

Durante ese tiempo de rencor divino la mañana es una herida que sangra por tu cuerpo. La misericordia se extravió en la madrugada, posiblemente en las últimas copas de whisky. Duele vivir. Lo comprendes. Incluso las palabras calan la conciencia. Cualquier ruido es una lanza en el cerebro. La cabeza revienta y las articulaciones reclaman a cada paso. Como ardid demoniaco la luz quema los ojos. No hay mejor estrategia que la quietud de una cama que apenas unas horas antes era una maldita alfombra voladora.

Ahí se va fermentando un odio silencioso contra el mundo. Si pocos comprenden a los borrachos, nadie comprende a los crudos. Es una orfandad agreste, pues la vida ha sido planeada para calar hasta lo profundo cuando la resaca llega. Los sonidos del día, el sol, los olores de la cocina, las reminiscencias de alcohol y tabaco por toda la casa. Un listado de penitencias dispuesta a mortificar al pobre crudo.

“Si pocos comprenden a los borrachos, nadie comprende a los crudos. Es una orfandad agreste, pues la vida ha sido planeada para calar hasta lo profundo cuando la resaca llega”

Y cuando el coraje y la desolación ya rayan en la impotencia y están a punto de provocar una desgracia, el desdichado recuerda la fórmula acuñada por Salvador Novo para ‘apaliar’ la resaca, y entonces los miserables días vuelven a ser dignos de vivirse:

 

 

Oh menudo sabroso, te saludo

en esta alegre y refrescante aurora

en que pido alimentos, pues es hora                                         

en que tú estás cocido y yo estoy crudo.

 

Manjar tan delicioso jamás pudo                                   

colocar en su mesa una señora,

con más razón si es dama de Sonora

la tierra favorita del menudo.

 

Por eso te distingo y te respeto,

por eso te dedico este soneto

de tu grato sabor en alabanza.

 

Canten mis versos frescos y elocuentes

en honor de tus cinco componentes

caldo, pata, maíz, tripas y panza”.

 

  • Ilustraciones: Zarzi