En lo que llevamos de día he escuchado tres locuciones de uso frecuente que son mentiras en su propio término. Hay nombres que inducen a error como la protagonista de un relato de Clarín que llamándose Cordera era una vaca.

La primera es eso que denominan Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Realmente este constructo es una enorme estupidez lingüística y lógica. Empezando porque un ser pluricelular, una banda de música o la mafia también son ‘organizaciones no gubernamentales’.

Nadie las describe así puesto que de ello no se obtiene información ni identificación alguna. Cuando un ente se define asimismo como ONG desde el principio engaña con la indefinición de su concepto intrínseco y además mienten, puesto que en la realidad casi todas ellas mantienen alguna clase de vínculo con los gobiernos.

Muchas se financian a través de ellos. Su proliferación demuestra como el engaño mediante la perversión del lenguaje prospera. El segundo ejemplo de corrupción del lenguaje es cuando un economista o político, que ha calculado mal, habla de ‘ajuste presupuestario’.

En su esencia el término ‘ajuste’ no significa recorte ni encarecimiento. La palabra ajustar hace referencia a lo justo y es un concepto positivo que cuando pasa por la boca de un gobernante lo llena de babas, lo convierte en un escupitajo sobre el contribuyente. Cuando se paga mucho y se recibe poco, un ajuste exigiría pagar menos o recibir más.

He oído hablar hoy de esas estructuras empresariales que a través de plataformas informáticas ofrecen servicios de consumo. Sus promotores, que son neo capitalistas piratas, hacen llamar a su sector ‘economía colaborativa’  y a su práctica ‘consumo colaborativo’. Bonitas palabras y mentira bellaca

En realidad se trata de la monetarización de las relaciones informales de la gente. Donde hasta ayer había una habitación para alojar gustosamente a un amigo, o disposición a llevar en el coche a un autoestopista, ahora hay un trato económico.

Estas empresas no disponen de personal con sueldo, ni suministran la herramienta de trabajo a sus comisionistas, no tienen equipamiento ni oficina. Quienes prestan servicios en ellas no se sabe en calidad de qué lo hacen, aparentan ser particulares con nombre propio. Son personas en vía de despersonalización. Es gente que pone a disposición su casa como un bien de transacción dineraria o se convierte en chófer de su propio coche. Se convierten los bienes y vida personales en materia de comercio.

Ni me extraña ni me ofende que se cobre por recoger a personas en un coche particular, o por acoger en casa al transeúnte. De una u otra manera siempre se ha hecho sin presumir de ello. Se hacía por escasez, ante la carestía, pero nadie se atrevía a adjetivar la necesidad y en cuanto era posible se dejaba de compartir casa o coche con desconocidos. El mundo avanza como bailaba Michael Jackson que dando pasos hacia delante camina hacia atrás. Lo que me irrita de este nuevo tipo de consumo es que se haga llamar y se le llame ‘colaborativo’.

¡Hay que tenerlos cuadrados!. La verdadera colaboración económica parte de pagar impuestos, dar de alta a los trabajadores en la seguridad social y suministrarles las herramientas y equipos de trabajo. De esta manera se colabora con la asistencia sanitaria pública, con la formación de los jóvenes, se pagan las pensiones de viejos y etcétera, etcétera. Los empresario y trabajadores normales y corrientes colaboran de verdad con todos, incluidos los ‘piratas’, esos que se hacen llamar a sí mismos participes de la ‘economía colaborativa’.

El capital, arrasa toda comunidad humana para someter el mundo universalmente al dinero, a la ley del valor. Para conseguirlo es imprescindible destruir el idioma, pues este sirve para comunicarse, entender y colaborar. No se puede comprender ni nos podemos comunicar sin un idioma donde las palabras signifiquen algo

Cuando se vacía a las palabras de contenido se persigue siempre el engaño. Se está imponiendo la neolengua que se ha inventado para que las cosas parezcan lo que no son. Están enseñándonos a hablar un anti idioma que nos lleve a la incomunicación, al aislamiento.

  • Ilustración: La Colmena que dice sí