“L contempló casi divertido todo su pasado. Supo que todo tenía un hálito de inocencia y de ternura y de silencios. […] Ahora L se da cuenta que esto es lo que hay. L sabe, por esta y muchas experiencias más, que escribe desde la pérdida.”

El escritor Luis Felipe Pérez.
El escritor Luis Felipe Pérez Sánchez.

 

El fragmento previo es un extracto de Eufemismos para la despedida (El Viajero Inmóvil, 2017), el libro con el cual Luis Felipe Pérez Sánchez (Irapuato, 1982) ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández en 2012.

Es un libro integrado por quince relatos —que no son cuentos en un sentido estricto—.  Cada uno es una figura del gran collage que es la juventud del narrador, misma que se proyecta como en un espejo de muchas caras que forman una gran imagen fragmentada, y que, a fin de cuentas, es como la cicatriz de Ulises: la herida que pulsa colmada de todas las historias que nos construyen.

En ese sentido, los relatos de Eufemismos… no constituyen una colección de cuentos típica; al contrario, se trata de una sucesión de estampas animadas que dirigen el viaje de regreso hasta la infancia de L, el narrador. Por la sucesión atraviesan lugares que se vuelven entrañables, tales como las cantinas de Guanajuato, los pasillos de la universidad, el seminario o los pueblos de la “provincia” mexicana, elementos vivos en cada anécdota, paisajes reales pero mitificados por la literatura.

Muchas de las narraciones son familiares, como entradas de diario o libro de memorias, con sus giros emocionales y con sus expresiones espontáneas. Ese carácter cercano de la narrativa se comunica con una voz que recurre a la expresión directa y familiar, a veces simple, y que en otras ocasiones se permite dar un rodeo de frases poéticas y reflexiones profundas. Recoge las migajas derramadas por el camino, a veces puños, a veces una, y en casos extremos no encuentra siquiera la pista de sus propios pasos.

‘Eufemismos para la despedida’ es como la cicatriz de Ulises: la herida que pulsa colmada de todas las historias que nos construyen

Entre los muchos que pueden descubrirse, hay dos grandes elementos significativos presentes en estos relatos: las mujeres (el eros femenino), la juventud y el reconocimiento de sí mismo. Las mujeres son representativas en los momentos de la vida de L y de los personajes que menciona porque dirigen las emociones y proporcionan la medida de la belleza. Están presentes en la pérdida de la inocencia, en la ruptura amorosa, en el cortejo divertido, en la experiencia sexual y en las ilusiones cotidianas. En ese sentido, ellas significan el reconocimiento de sí mismo. Cada una es una faceta de la mujer ideal y, al mismo tiempo, se vincula con una faceta del propio L, quien se reencuentra con los trazos de su imagen.

Portada del libro 'Eufemismos para la despedida' (La del viajero..)
Portada del libro ‘Eufemismos para la despedida’ (El Viajero Inmóvil. 2017).

La juventud se presenta como energía inusitada e irrepetible. Cada cantina, cada borrachera, cada fiesta está plagada de personajes particulares, poéticos, desgarrados o candorosamente divertidos. El relato Anacentrista luce como un homenaje a Los detectives salvajes de Bolaño: personajes arrastrados por su propia imagen de poetas malditos, estudiantes de literatura, arquitectos de un futuro que jamás llega: cambiar el mundo. La diferencia entre este episodio y la novela de Bolaño está en que L cuenta desde el presente, una vez que todo ha terminado. Los proyectos de la juventud se hunden pero dejan su estela.

Así, todos los elementos mencionados (lugares, personajes, situaciones) persiguen el rumbo de la infancia, el momento más auténtico de nuestras vidas. A partir de la segunda parte del libro, los relatos se vuelven más emotivos y nostálgicos porque capturan las visiones de un joven que se encuentra con la literatura, con la vocación de escribir, las primeras decepciones y el simple gozo de ser niño.

Personajes como el pintor Raúl Zárate, un profesor apodado “El Rifle” o las camareras del hotel Versalles de Irapuato llenan de color a una serie de historias en las que que se resaltan ciertas curiosidades de la vida, tintes que dan sentido al hecho de estar vivo y emociones con las que muchos podrán identificarse porque son comunes cuando uno crece.

La transformación  de experiencias cotidianas en literatura es un  proceso arduo. Los relatos del libro son como una exploración, volver los pasos pero sin soltar el presente

Esa es la manera en la que Luis Felipe Pérez narra, con las imprecisiones propias de lo que falta, de lo que conviene callar, de lo que más vale no decir de una vez y para siempre porque escribir siempre significa liberar hacia el mundo una gran parte de nosotros mismos, incluso cuando se habla de los demás.

La digresión es parte del carácter de la lengua española. Ella lo permite con sus estructuras y con sus trágicos desvíos, con su exhuberancia verbal posible. Pérez Sánchez se aprovecha de esta condición para hacer germinar entre las anécdotas principales muchísimos detalles —dónde recibía comida gratis, qué se escuchó un día en un programa de radio, lo que se veía en la televisión en los años 80— a veces tan irrelevantes que develan una intención: el placer de contar está en el detalle de las cosas pasajeras, de las curiosidades, de las imágenes y sonidos, sabores y olores que guardamos en la memoria. Nos atacan de súbito cuando deshilamos el recuerdo, y, aunque son arbitrarias, están allí siempre, con nosotros y quizá por eso sean tan importantes, porque nunca nos abandonan y florecen de un instante a otro.

Llegado a este punto, huelga decir que la experiencia y el re-conocimiento sólo pueden abarcarse con el lenguaje del relato. Eufemismos para la despedida es uno de esos libros que se leen en la juventud y revelan una convicción insólita por vivir o que se leen en la adultez e impactan la vena de la nostalgia. Nos acercan a la imagen de lo que alguna vez deseamos ser o de lo que fuimos y hemos perdido. Y queda la literatura.

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