Sócrates juzgaba que el verdadero problema de la filosofía está en el hombre mismo, en el conocimiento que el hombre debe tener de sí mismo. Según él, quien quiera humanizar y quien quiera politizar no puede dejar de saber, y menos aún, puede pensar que sabe cuándo realmente no sabe. No pedía nada para sí: sólo la libertad de pensar (Ellacuría, Ignacio, Filosofía, ¿para qué?, 1976, p.118).

Sócrates recompuso la trayectoria de la filosofía y dio paso a dos de los filósofos sistemáticos más importantes de la historia de la humanidad: Platón y Aristóteles. Científicos como Descartes, Leibniz y Newton vieron todavía la necesidad de la filosofía, a la cual los dos primeros dedicaron sus mejores esfuerzos (Ibidem, p.120).

No se estudia ni se hace ciencia porque sí, sino porque la realidad de las cosas se oculta y se esconde tras sus apariencias. El científico busca saber con certeza cómo funciona una cosa, mientras que el filósofo quiere saber cómo es en realidad una cosa. No es que el filósofo deje de reconocer el papel insustituible del científico en la aproximación segura a lo que es la realidad: lo que sucede es que el científico, aun en lo que ya conoce, deja todavía una serie de preguntas, que no es capaz de responder.

No se pude hablar de la realidad al margen de lo que las ciencias dicen sobre ella. El sentido de las cosas es siempre una referencia de la realidad de las cosas a la vida humana. La filosofía es un esfuerzo, estrictamente, racional

Hay una autonomía de la propia individualidad en la estructura social. La filosofía pretende ser un desarrollo a fondo de esa autonomía, en cuanto pretende temáticamente liberarse de toda imposición para emprender su tarea de racionalidad. La filosofía es, por su naturaleza, lugar propio de la duda y de la negación crítica: representa una de las posibilidades más radicales de desideologización. Para qué sirve la filosofía: para saber y para desideologizar.

La sociedad necesita de la filosofía. El filosofar implica una gran necesidad de estar en la realidad y una gran necesidad de saber última y totalmente cómo esa realidad, más allá de sus apariencias puramente empíricas. Quien no tiene esas dos condiciones, no es apto para filosofar (Ibidem, p.129).

El dicho evangélico de que la verdad los hará libres, tiene singular aplicación a la filosofía: es la búsqueda y el anuncio de la verdad frente a lo que la impide, lo que traerá a los hombres y a los pueblos la libertad. La filosofía como búsqueda de la plenitud de la verdad, esto es, no a la manera de ausencia de error, sino de la presencia plena de la realidad, es así un elemento indispensable en la liberación integral de nuestros pueblos (Ibidem, p.131).

La filosofía desde siempre ha tenido que ver con la libertad. Función liberadora como ejercicio supremo de la razón. La filosofía ha jugado también una función dogmática y aun tiránica que ha impedido el libre juego del pensamiento.

Tiene, en efecto, la filosofía una capacidad de crítica y una capacidad de creación: capacidad crítica y capacidad creadora. La función crítica de la filosofía va orientada a la ideología dominante, como momento estructural de un sistema social. Es, pues, frente al fenómeno de la ideología, donde se define en buena medida la función crítica de la filosofía. Hablamos de realidad deformada y deformante (Ellacuría, Ignacio, “Función liberadora de la filosofía”, en Revista de Estudios Centroamericanos, p.47).

Los llamados positivistas pretenden evitar en sus explicaciones lo que ellos llaman juicios de valor. Este fenómeno de la ideologización es el realmente peligroso porque está en estrecha conexión con realidades sociales muy configuradoras de las conciencias tanto colectivas como individuales

Su aparato ideológico sobrepasa el carácter de ideología para caer en el de ideologización; el propio sistema genera productos ideologizados que son el reflejo de donde proceden y, por consiguiente, aparecen como connaturales. Se busca ocultar lo malo del sistema y resaltar lo que tiene de bueno, trastocando la realidad y sustituyéndola por lo que serían expresiones ideales contradichas por la realidad de los hechos y por la selección de los medios empleados para poner en práctica los enunciados ideales (Ibidem, p.49).

Frente a este hecho de gran importancia por su generalización e incidencia, la filosofía es una poderosa arma, si ella misma guarda sus cautelas y no se convierte en arma de ideologización. No es desde luego la única forma de lucha ideológica (ni siquiera es suficiente su labor), por cuanto la ideologización es más extensa y profunda de lo que puede ser el alcance de la filosofía. Pero es necesaria por su fundamentalidad y su criticidad. Es importante que la ideologización no venga revestida de filosofía (Ibidem, p.50).

La filosofía debe distinguirse por la fundamentalidad: por la búsqueda de los fundamentos. La discusión epistemológica y metafísica de los fundamentos prepara al filosofar para desempeñar una labor oportuna y eficaz frente a los distintos planteamientos ideologizados. Ideologización es un falso fundamento de la falsa realidad que se nos quiere imponer en sus distintas formas.  La función liberadora de la filosofía es exigida entonces por su propia condición de criticidad y fundamentación (Ibidem, p.51).

No es que la labor crítica sea meramente negativa porque se critica desde algo y se critica para algo, a la vez que el criticar y negar aparecen formulaciones positivas y tal vez aspectos inesperados de la realidad. Desde luego no ha de quedar la crítica en un movimiento puramente destructivo y/o endurecedor de la posición contraria.

Un nuevo discurso teórico que en vez de encubrir y/o deformar la realidad la descubra, tanto en lo que tiene de negativo como en lo que tiene de positivo. Introduce en ella un determinado modo de saber, aquel saber que por su propia naturaleza situada puede convertirse en ideologizado. Filosofía es inteligencia vertida a la realidad (Ibidem, p.53).

La complejidad y riqueza de lo histórico no sólo replantea la dimensión exacta de lo último y de las categorías apropiadas para desarrollarlo, sino que, como es necesario, replantea también la relación del pensar y ser en nuevos términos, que obligan al introducir el problema de la ideología y de la ideologización en el corazón mismo del discurso metafísico más allá de consideraciones puramente sociológicas o psicológicas que no quedan excluidas, pero sí deben resumirse en consideraciones estrictamente filosóficas.

“La función liberadora de la filosofía tiene mucho que decir y aprender, pues la inteligencia sirve para liberar al hombre y también para oprimirlo y retenerlo” (Ignacio Ellacuría)

En este punto, Ellacuría no considera a la historia como la realidad histórica que ha propuesto en otra parte como objeto propio de la filosofía en cuanto tal, sino como aquello que tiene la historia de propio y distinto frente a la persona y a la sociedad.

No es que la filosofía tenga la exclusiva del tratamiento de los valores y del sentido de las cosas, pero suele hacerlo con profundidad y su tarea no ha sido sustituida adecuadamente por otras instancias teóricas. El problema de la ética en toda su amplitud no parece haber muerto o dejado de interesar. La filosofía en cuanto búsqueda de la ultimidad es siempre trascendental, pero esto no implica que haya de admitirse sin más alguna realidad transcendente, ni relativamente trascendente ni absolutamente trascendente (Ibidem, p.55).

Hay que crear, dar respuestas positivas o, cuando es el caso, decir positivamente por qué hay que callar. Elaboración conceptual, cargadas de realidad y de verdad. La filosofía debe desempeñar siempre una función liberadora, pero el modo de desempañarla es distinto. Función liberadora en el plano intelectivo, que no es de despreciar.

La filosofía depende de un modo especial, sobre todo en sus enfoques orientadores, de la realidad social e histórica en la que se realiza, de los intereses que dominan en esa realidad y del horizonte que la enmarca. Hay que tener en cuenta la enorme dependencia que tiene la filosofía de los que sea el saber científico de su tiempo y de lo que es una experiencia cultural acumulada (Ibidem, p.56).

Es evidente, por ejemplo, que filosofías de tipo liberal apoyan más al capitalismo reinante mientras que filosofías de tipo social lo contradicen. Es curioso constatar como en regímenes socialistas se pone tanta resistencia en temas aparentemente tan alejados de la praxis social como la eternidad de la materia o la inexistencia de Dios (Ibidem, p.57).

Por praxis entendemos aquí la totalidad del proceso social en cuanto transformador de la realidad tanto natural como histórica; en ella las relaciones sujeto-objeto no son siempre unidireccionales, por eso es preferible hablar de una respectividad codeterminante, en la que, sin embargo, el conjunto social adopta más bien características de objeto, que desde luego no sólo reacciona, sino que, positivamente, acciona y determina, aunque el sujeto social (que no excluye los sujetos personales, antes los presupone) tenga una cierta primacía en la dirección del proceso.

Las ideas solas no cambian las estructuras sociales; tienen que ser fuerzas sociales las que contrarresten en un proceso de liberación lo que otras fuerzas sociales han establecido en un proceso de opresión

No significa que la pura teoría sea la mayor fuerza transformadora. Es más conveniente hablar del momento teórico de la praxis.

Para que la filosofía como momento teórico pueda desempeñar toda su capacidad liberadora y para que ella misma se potencie como filosofía debe recuperar, consciente y reflejamente, su papel como el momento teórico adecuado de la praxis histórica adecuada.

Pero no es sólo que la filosofía deba adscribirse críticamente a los momentos libertadores de la praxis histórica (expresión también redundante) para poder contribuir exoficio a la liberación; es que, además, la filosofía sacaría enormes beneficios de una encarnación deliberada en esa praxis como filosofía, como ese modo de saber qué es la filosofía. La praxis liberadora es principio no sólo de corrección ética, sino de creatividad, siempre que se participe en ella con calidad e intensidad teóricas y con distancia crítica. Dos palabras sobre el momento fecundador de la presencia y sobre el momento corrector de la distancia.

No obstante, la filosofía sigue siendo una tarea predominantemente teórica, que requiere una capacidad y una preparación peculiares, no sustituibles por ningún compromiso voluntarista o con el ejercicio, aun el más esclarecido, de la praxis social, en los momentos más preñados de realidad. El filósofo puede comprender que hay que tolerar ciertos males y que la presencia de algo malo no hace malo ni a un proyecto, ni a una vanguardia, ni a un poder estatal (Ibidem, p.59).

No se debe caer en el espejismo de pensar que un cambio de ideas es un cambio de realidad o que un cambio de intención basta para cambiar la realidad. No es de despreciar, incluso como momento práxico, lo que puede suponer la filosofía en el proceso mental de personas y aun de sectores sociales que son importantes para el cambio social; tampoco es de despreciar lo que la filosofía puede aportar a la lucha ideológica, la cual es, a su vez, un elemento esencial de la praxis histórica.

Pero ni la refutación ideológica ni la construcción de una nueva ideología son de por sí suficientes para cambiar un orden social y el cambio ideológico puede convertirse en pretexto para que no se dé el cambio real. Por muy necesaria y aun primaria que se estime la labor ideológica, y dentro de ella, la labor filosófica, no es suficiente.

Un individuo puede oprimir y reprimir a un individuo o a un grupo de ellos. Pero cuando ya se trata de pueblos enteros son fuerzas sociales las que realmente llevan los procesos de opresión-liberación. Por lo que tiene de potencialidad teórica tanto en la fase creativa como en la fase crítica desideoligizadora; la historia, así entendida, no es que sea maestra de la vida, sino que es maestra de la verdad

El buscar lo cristiano de la filosofía por el camino de la coincidencia dogmática o de la sumisión a la jerarquía eclesiástica va en contra de la naturaleza misma de la filosofía y ha resultado estéril para ella. Distinto sería buscar desde la inspiración cristiana aquel lugar más preñado de verdad. La cruz como categoría de verdad y la crucifixión como evento histórico del pueblo, nos remiten a la dominación y a la explotación. La cruz sitúa en el lugar privilegiado de la revelación de Dios y de la resurrección del hombre, poniendo en unidad y reconciliación lo absoluto y lo relativo, lo infinito y lo finito, la muerte y la vida, la soledad y la compañía, el abandono y el encuentro, lo político y lo religioso (Ibidem, p.61).

No basta con ponerse en el lugar que constituyen los oprimidos de la tierra para hablar de filosofía de inspiración cristiana. Filosofía es situarse en la búsqueda de una verdad que realmente libere de lo que realmente oprime y reprime. Se habrá convertido en lo que debe ser, habrá recuperado su propio ser y volverá a ser lo que está llamada a ser, un momento privilegiado de la praxis verdadera (Ibidem, p.61).  

Lo esencial es dedicarse, filosóficamente, a la liberación más integral y acomodada posible de nuestros pueblos y nuestras personas. La constitución de la filosofía vendrá entonces por añadidura. Aquí también la cruz puede convertirse en vida.

A la praxis como un todo y a muchos de los momentos de esa praxis acompaña un momento teórico. La teoría no es lo contrapuesto a la praxis, sino que es uno de los momentos de ella; aquel instante que, inicialmente, tiene que ver con la conciencia de la praxis, con el carácter de la praxis.

En la ideologización es la realidad falsificada la que cobra justificación por el ejercicio de la inteligencia. La filosofía puede degradarse en ideologización, pero por su propia naturaleza puede caminar por la otra vía haciendo de la pura ideología una reflexión crítica, sistemática y creadora. Intenta constituirse en función liberadora en el aspecto crítico como en el aspecto creador (Ibidem, p.63).

La función liberadora de la filosofía implica la liberación de la propia filosofía de toda contribución ideologizadora y, al mismo tiempo, la liberación de quienes están sometidos a dominación. El camino está en las praxis históricas de liberación.

Si tiene sentido hablar de una filosofía cristiana o de inspiración cristiana es porque una filosofía hecha desde los pobres y oprimidos, en favor de su liberación integral y de una liberación universal, puede en su autonomía ponerse en el mismo camino por el que marcha el trabajo en favor del reino de Dios tal como se prefigura en el Jesús histórico (Ibidem, p.64).

  • Ilustración: Jacques-Louis David
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