La imbecilidad de un pueblo se mide por los cohetones que utiliza en sus festejos.

Octavio Paz escribió, muy bonito como casi siempre lo hacía, sobre las fiestas mexicanas y los fuegos artificiales que iluminan el alma de un pueblo que, en esos espacios, descarga toda la frustración acumulada durante toda una vida de limitaciones:

En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados”, escribe Paz.

A mí me dan ganas de llorar al leer cómo Paz describe de manera tan sublime y poética lo pendejo que somos y lo salvaje que nos comportamos.

El mexicano celebra por todo y su celebración inevitablemente termina por unirse con el dolor. Los cohetones son el mejor ejemplo de la brutalidad que usamos como cota de malla para nuestras fiestas

Apenas el 12 de diciembre pasado regresé a Cuernavaca para ser testigo de la fiesta patronal de la colonia en que crecí. Me dio mucho gusto comprobar que la Virgencita sigue divirtiéndose al ver a sus hijos ebrios, con michelada en mano, madreándose y andar corriendo, unos tras otros, con un torito de pirotecnia que no es más que un armatoste que simula al animal embravecido y va tirando, encabronadamente y para todos lados, cartuchos de pólvora. Hay que saltar como desquiciado para evitar las quemaduras de los llamados buscapiés. Hace años (no muchos) un cohetón me dejó medio pelón. En esta ocasión sólo me quemó la playera.

Durante la celebración del Año Nuevo en el Potosí, la ciudad se iluminó por lo menos durante una hora. El cielo cambiaba de color. Rojo, azul, verde, dorado. Se escuchaba un ruido y luego una flor de luces se iba desparramando por el cielo. Impresionante y hermoso. Como los bombardeos en la Franja de Gaza pero con más pólvora. Tras 20 minutos de apoteosis ya no se podía ver nada, porque la capa de neblina tapó la noche. Olía a rancio. ¡Feliz año nuevo! Me dieron ganas de vomitar.

De pronto unas explosiones hicieron estragos en las casas. Los vidrios se movían, las alarmas de los autos se encendieron y los muros pedían clemencia

Los vecinos habían tomado un seminario con el Estado Islámico y ahora demostraban lo aprendido en la fiesta del 1º de enero. Su alegría al poner cohetones con 40 kilos de pólvora nos inundaba a todos. Tanto fue el derroche de felicidad que tres horas después los vecinos se agarraron a madrazos con los de la otra calle.

La pelea campal se desarrolló en la esquina del departamento. Participaron hijos, padres, hermanos y novios, armados con piedras y tubos, y alentados por las mamás y novias de los dos mandos que, en algunos casos, también portaban palos o cacerolas para entrar al quite. Yo sólo pensaba en que me iban a chingar el carro que estaba estacionado a unos metros del deschongue. Cuando se calmó la trifulca y una patrulla recogió a uno que quedó medio muerto a mitad de la avenida y el primer día del año estaba clareando, nuevamente se escucharon algunos cohetones cerca, como una muestra irrefutable de un pueblo que no puede abandonar el festejo.

¡México, siempre fiel!