La semántica histórica o historia de los conceptos, es un campo académico que remite al conocimiento de frontera.

Los antecedentes de la semántica están en Aristóteles y en el siglo XVIII con Hegel. Kant y Heidegger, también contribuyeron. En el siglo XX, Reinhart Koselleck, discípulo de Hans-Georg Gadamer, sistematizó su estudio. La historia conceptual refiere a realidades extralingüísticas alimentadas por contextos.

El concepto desplaza sus significados y las referencias contextuales, a través de la historia. Los conceptos organizan, intelectualmente, las realidades. Un concepto se entiende en referencia a otros conceptos. Hablamos de una red semántica. El concepto es una constelación de conceptos. El concepto suma unidades cognitivas de significados. El concepto se entiende a partir de estructuras relacionales de conceptos. El concepto incentiva el diálogo semántico, racionaliza un campo de experiencias sociopolíticas, brinda acceso a contextos y sus experiencias. Tejer la historia de un concepto implica trabajar redes de significados en contextos sociales.

Para Reinhart Koselleck, la historia científica tiene lugar en la aprehensión lingüística de acontecimientos y experiencias conceptuales. La memoria es un concepto central en la praxis política cotidiana. Hay una construcción social de la memoria. Los museos, las obras literarias, los nombres de las calles y la genética, son lugares de memoria. La historia es memoria y el historiador su mediador.

El lenguaje es instrumento al servicio del poder. La economía del lenguaje, existe. En las humanidades y las ciencias sociales, está la clave del poder

Las élites económicas necesitan de los científicos sociales para conquistar y mantener el poder. Las mallas del poder se tejen desde las ciencias sociales y las humanidades.

El 15 de julio del 2020, durante la conferencia mañanera que Andrés Manuel López Obrador dictó en Irapuato, en el marco de una gira por Guanajuato, Jalisco y Colima, las entidades políticas más violentas del momento, gobernadas por el PAN, por Movimiento Ciudadano y por el PRI, respectivamente, un reportero cuestionó al Presidente de México sobre el asunto de Emilio Lozoya, ex titular de Pemex. La pregunta generó un planteamiento que nos trae a la semántica histórica.  

En la recta final de su conferencia de prensa, Obrador afirmó que “la justicia no es sólo tener a la gente en la cárcel, sino promover el hábito de la honestidad”. Se regodeó al decir que “hay una reserva de valores en el pueblo de México”. Y con ella “vamos a regenerar la vida pública, pero tenemos que empezar por señalar, por juzgar y estigmatizar a los corruptos. Que de vergüenza. La corrupción es una peste”. Entonces reviró a la corrupción y a la impunidad en el poder judicial.

Puede ser que se le denomine tribunal superior del derecho, pero no de justicia. Es como la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Debe corregirse. Es Suprema Corte de Justicia del Derecho de la Nación. Es distinto, justicia y derecho”. La aplicación del derecho no garantiza justicia, de acuerdo con el Presidente de México. “El fin último de cualquier gobierno es procurar que se imparta justicia”. Sentenció el nacido en Macuspana “que quien imparta justicia, sea un verdadero juez, un representante de la sociedad, un defensor del pueblo, porque si no, no se va a avanzar. Hay corrupción e impunidad, pero estamos haciendo un esfuerzo”.

Me detengo en su planteamiento de orden semántico. Sugiere cambiar derecho por justicia, como si el concepto condicionara y modificara a la realidad.

El gobierno lópezobradorista soluciona los grandes problemas nacionales (juego con el título del libro escrito por Andrés Molina Enríquez, abogado toluqueño) mediante decreto. Aspira a transformar realidades, a través de la manipulación conceptual

La justicia social es una de las banderas políticas del sexenio lópezobradorista, estando, incluso, referida en la Ley General de Educación del 2019. Como dije en otro momento narrativo, es un gobierno lleno de contradicciones y ocurrencias semánticas. Es posible que el Presidente de México no se percate de las profundidades lingüísticas de su planteamiento. Ni la Real Academia de la Lengua Española se atreve a proponer semejantes disparates. Por un lado, denosta a los intelectuales, pero en cada una de sus intervenciones públicas, aspira al mismo reconocimiento. El intelectual estudia, reflexiona e interpreta las realidades; comunica ideas con la pretensión de influir y ser autoridad ante la opinión pública.  

La fijación que el Presidente de México tiene con los conceptos, evidencia la importancia política de la semántica histórica. La historia académica es compleja. Aquellos que piensan que “saber historia” es cosa de memorizar una docena de efemérides, están equivocados. Andrés Manuel López Obrador, consumado creyente practicante de la historia patria, moraliza, predica y testifica: es fuente, heurística, escritor y lector. Quiere anular a investigadores y académicos, para concentrar todo el poder simbólico que confiere la lectura y la escritura.

¿Acaso creen que la persecución discursiva y la precarización a la que somete al gremio de científicos, escritores y artistas es ingenuidad política? Por supuesto que no. Ya lo dijo en su comparecencia en Irapuato: “tenemos que empezar por señalar, por juzgar y estigmatizar. Que de vergüenza”. En el imaginario lópezobradorista, los profesores-investigadores son corruptos y fifís. La semántica postula la historicidad del concepto; fomenta el pensamiento histórico y visibiliza el lenguaje como experiencia humana. El dinamismo del concepto depende de realidades sociales.

Saussure, Pierce, Greimas y Koselleck, especialistas del lenguaje, han dejado claro que la realidad construye y dinamiza al concepto. Obrador va a contracorriente y pretende derrumbar décadas de avance científico en una conferencia mañanera. Así de grande es su arrogancia. La justicia le pertenece a él, el derecho es de la Suprema Corte. Otra vez a degradar, a pegar y a disminuir, públicamente, a las instituciones. Las debilita porque aspira a perpetuarse en el poder. Quiere erigirse como Alteza Serenísima y así remasterizar al veracruzano, López de Santa Anna.  

El viernes 17 de julio del 2020, desde Colima, arremetió contra los mexicanos que estudiaron en el extranjero, a quienes tildó de mafiosos y de hacerle daño a México. Intentó tejer un diálogo literario que salió mal y lo dejó en evidencia, porque como digo, no es intelectual, ni investigador, ni académico; es un hombre en el que confiaron millones de mexicanos y por el que la mitad de ellos, jamás volvería a dar su voto.

Imaginen a los científicos de centros académicos que, fervorosamente, hicieron campaña a favor de Obrador, hoy Presidente de México, cómo deben sentirse luego de las descalificaciones públicas contra su gremio

Mientras el Presidente de México ninguneaba a quienes estudian en el extranjero, pensaba en Samuel Ramos y El perfil del hombre y la cultura en México. ¡Cuánta razón tenía! Libro editado en 1934, durante el Cardenismo, retrata en cuerpo y alma al mexicano: egoísta, acomplejado, arrogante sin sustento, enamorado y hogareño. El gobierno lópezobradorista sugiere la oportunidad de releer a Octavio Paz y El Laberinto de la Soledad, editado en 1950. El único aspecto positivo que veo en el gobierno del tabasqueño es la revitalización de la historia y la literatura, en el espacio público. Hay amplio margen para generar intervenciones periodísticas.  

El discurso que Andrés Manuel López Obrador leyó en la Casa Blanca, el 8 de julio del 2020, no sorprendió. Los ¡Viva México! del cierre, fueron un regalo para sus votantes. La dignidad de una nación no pasa por la teatralización del acto heroico del guanajuatense Miguel Hidalgo y Costilla, a principios del siglo XIX. Es curioso que el presidente de México, López Obrador, tilde de conservador a Hidalgo, pero necesite de su legado para legitimarse frente a sus votantes. No hay coherencia.

En la visita a Estados Unidos, Obrador evocó la relación epistolar que mantuvieron Benito Juárez y Abraham Lincoln, contemporáneos durante el siglo XIX. Compartió una referencia histórica del XX, cuando habló del Programa Bracero, de la Segunda Guerra Mundial y de Franklin Roosevelt. El argumento central del discurso obradorista ofrecido en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca estadounidense, fue la historia y los puntos de encuentro entre las dos naciones, siempre guiado por personajes, nunca refiriendo ni explicando coyunturas. Lo suyo no es la interpretación, sino la enumeración de efemérides escolares. El hecho confirma que la idea de la historia de Andrés Manuel López Obrador, está en lo episódico, en lo anecdótico, en lo lineal, en lo oficial; en el caudillo, en el héroe y en el antihéroe.

El lenguaje es todo. No hay hechos sino referencias lingüísticas. Lo que dice el pasado, depende de la lingüística. El concepto observa tiempo y estructura. Es conexión de significados y un entramado de experiencias políticas. Los conceptos son nódulos semánticos que hacen posible la explicación de realidades políticas.

El Presidente de México marca la agenda nacional desde la semántica histórica, con notorias pretensiones de adoctrinamiento mediático. Intenta pasar por intelectual, sin todavía conseguirlo. Habla de pueblo como si éste fuera una masa amorfa sin memoria ni experiencia política.

Lenguaje es poder. Contra el vacío conceptual.

  • Intervención gráfica: Ruleta Rusa
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