Este 17 de mayo sería el cumpleaños 93 de María Luisa Mendoza Romero. Para todos, ‘La China‘ Mendoza.

Podría ser la hora de nombrar a María Luisa ‘La China‘ Mendoza decana de la literatura escrita por guanajuatenes, pero tampoco creo que deba restringirse este nombramiento a un asunto regional ¿Para qué chovinismos innecesarios?

Si a mí me tocara decretarlo, lo haría sin cortapisas. China de mis adjetivos, de mis tres guerras, de contrafuertes. Haría un título nobiliario que convirtiera a La China Mendoza en orgullo nacional y en embajadora de la literatura mexicana ante el mundo y las estratósferas. Sin comparaciones. Solo por su ser única, por ser la que me han dicho sus libros y sus discursos y sus entrevistas que era, que fue, que es.

Haría una fiesta este domingo. Armaría una francachela, una kermés. Sería en la Presa, en el embarcadero, al pie del faro que construyó su padre, un Albarrán, y ahí promulgaría el día de La China Mendoza, un día eterno en el que todo mundo riera y disfrutara de vivir como si cada uno de nosotros fuera un personaje literario del que en algún momento terminaría escribiendo La China Mendoza. Sería un convite, una fiesta de leyenda y de fantasmas, de espíritus chocarreros; una fiesta que fuera una reminiscencia, como las obras de La China lo son. Todos los tiempos se unen en un instante, en un momento literario, y mágico, y nostálgico, y parte de un sueño.   

La China tendría un cetro y contaría cosas. Nos contaría de su viaje a Nueva York o a Cuba o a Roma o a Grecia. Nos contaría que su padre nació de noche. La escena podría ser la de ese cuadro muy rojo en donde aparece ella, un retrato que la viste con casulla y hábito de monja intelectual, con lentes de armazón de abecedario, como una santa de la escritura. La veríamos todos a lo lejos y a cada rato estiraríamos nuestro brazo con sendos caballitos de tequila y brindaríamos por los 93 años de la nacida frente al Teatro Juárez, la arrullada por las musas del recinto porfirista.

No puedo dejar de pensarla así, sonriente y con voz de pito de calabaza, contándonos, como desde el fondo de la historia, la vida y milagros de ese ser guanajuatense, un prodigio de temperamento y de alma especiales, un alma a la que ella le daría voz; y más allá, no dejaría de contar la vida íntima, el milagro de la sexualidad de Ausencia Bautista, la protagonista en De Ausencia, un ser efervescente que nombra de veinticinco maneras un falo. Nos diría que si queremos saber más de la Bautista y sus deseos, buscáramos su nueva edición en la UNAM, en la colección Vindictas.

Pero más allá de ser un panegírico, mi fiesta imaginaría, en la Presa de la Olla, con patos y casas victorianas, multitud de partidarios y amigos y fanáticos de la China, puede ser momento de chismear. Cotilleo asegurado, como se da en Guanajuato en donde todos vamos a una fiesta a enterarnos de lo que las paredes oyen o el pasillo informa, en la fiesta a donde estamos todos invitados alguien nos contaría lo siguiente:

En un día como hoy, hace 93 años, nació en Guanajuato Capital una leyenda de la literatura y el periodismo: María Luisa ‘La China’ Mendoza.

Como si estuviéramos en una sala Luis Felipe, con muebles finos y un tequila, ritmos a go gó o Bracens o la Piaf, nos llevaría a ese año del setenta donde ella, y ellos, sus amigos, expectantes, pensaban en que La China, por fin, había escrito su primera novela, en Joaquín Mortiz, en la sería de Nueva Narrativa Hispanoamericana, la obra que demostrara, si es que fuera necesario demostrar algo, que una de las voces que teníamos que leer y escuchar era la de María Luisa Mendoza. En ese enero o febrero de 1970 se reúnen Monsiváis, Hugo Gutiérrez Vega, José Carlos Becerra –semanas antes de morir-, Carlos Fuentes, Juana Inés Abreu, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Alberto Gironella: en medio de esta reunión, María Luisa Mendoza. Ella nos dice que por fin sale en marzo, que tiene miedo, que no se quiere, que no tiene sentido, que nadie la va a leer. Ellos responden que no, que todo tiene sentido y que si alguien debía escribir sobre Tlatelolco, sobre el 68 y el 71, sería ella. Que es genial y que todos deberíamos estar ya leyéndola.

Así se iba a llamar mi novela, ‘La noche tlatelolca’ ”, dice en medio de esa reunión. Lo escribirá años, muchos años después, en De Cuerpo entero, una autobiografía –vorágine- de 1991. Hablo de ese libro al que la convocó Silvia Molina, publicado en la UNAM junto a una editorial de nombre curioso que quién sabe dónde habrá quedado: Ediciones Corunda. Confiesa los chismes que todos querríamos saber, lo digo por si quiere lectora, lector, enterarse: ahí, ahí encontrará.

No se llamó así  la novela –La noche tlatelolca– porque la novela salió en 1971 y esos días todavía brillaba con dolor ubérrimo el octubre del 68, pero, además, había verdadero temor. Estaba prohibido. Como si fuera una mancha –que lo era-, un elefante dentro de la casa –que lo ha sido durante mucho tiempo-. Por eso, dice La China, terminó escogiendo un verso de Gorostiza, haciendo críptico todo, como si se tratara de definir el procedimiento narrativo de su novela y la tituló Con Él, conmigo, con nosotros tres, una Muerte sin fin de la protagonista, ahora que lo pienso, ahora que imagino que alguien me pregunta de qué va esta novela de la que Monsiváis habla maravillas.  

Pienso, eso lo pienso yo, que hablaba de un monólogo dramático, un libre fluir de conciencia como el que a veces imagino que le pasará a uno a la hora de morir. Un cuerpo ido de la mente, mirada fija en la nada por donde pasan todos los momentos y los vivos y los muertos de su vida; ese momento ígneo y oscuro y azogue: el último momento de la vida que podría ser también el momento de más vida por la cercanía de la muerte, una pulsión que a La China le dio para una novela que vendió diez mil ejemplares. La novela Con Él, conmigo, con nosotros tres, novela piscis de 1971, se sitúa en un cuarto de planchar de un departamento en Tlatelolco. Su sello: el monólogo interior. La China detiene el tiempo y escalamos con ella épocas.

Alguien interrumpiría nuestro viaje en el tiempo. Propondría, brindis incluido, que el año que entra celebremos los cincuenta años de Con Él, conmigo, con nosotros tres. Volveríamos a la fiesta del cumpleaños de La China. Todos contentos, en la Presa. Se escucharía Lágrimas negras, piano y bongós, Juan Trigos o Juan Ibañez nos acompañan en esta fiesta, un séquito digno de La dama de las camelias, pero aquí, celebrando a La China, en su 93 aniversario. Sí, 93, reiría Juan Carlos, su sobrino, revelando que la China se quitaba años, hasta que descubrimos su acta de nacimiento original. Un son se escucha.  Nos hace sentir en la tarde esplendorosa de mayo: un retablo en el que se lee, abajo, con letra gorda y manuscrita: “Esta es mi vida, claro está, por eso escribo sobre un pedazo de ella, de cómo se balancea mi alma dentro de mí y me estremece incontenible”. 

Alguien toma una foto o pinta el cuadro o escribe en la página de sociales.  El titular es Boruca por la China en sus 93 años.

Fotos: Archivo María Luisa Mendoza 

OCT 2