Antes de leer la carta de felicitación, debo confesar que la idea de hacer una misiva para Alfonso Reyes a sus ciento treinta años de nacimiento consumió buena parte de mis reflexiones estos últimos días.

La tarea, sencilla en apariencia, se me hacía titánica. La admiración que le tengo sólo contribuía a exacerbar mis preocupaciones. ¿Qué mencionar sobre su vida? ¿Qué mencionar sobre su obra? ¿Qué relaciones con escritores, políticos, instituciones se debían rescatar?

No miento, las preguntas me acosaban. Consulté con amigos, colegas y profesores. Sus respuestas, más que ayudar, me desconcertaron en un principio: “Di lo que sea”, “Habla de generalidades”, “Has referencia a la ‘Cartilla moral’ahorita que está de moda–”, o la que más me gustó: “Si el evento es una cena, debes hablar de sus gustos gastronómicos por fuerza”.

Las sugerencias no me dijeron nada. Pero mientras buscaba una respuesta, y sin saber si este evento era una cena formal o solamente tomaba el título del famoso cuento del mismo nombre escrito en el turbulento año de 1912 y publicado en El plano oblicuo en 1920, no me pareció mal sumergirme, de mientras y por distracción, en sus Memorias de cocina y bodega con el fin de anotar los gustos del norteño que brincan descriptivamente de los platillos mediterráneos, y las especias aromáticas que los acompañan, a los platillos españoles que degustó por largo tiempo, a la quintaesencia de la comida mexicana, cubana, argentina y brasileña. Donde cabritos, guisados, jabalíes, perdices, ansarones, se acompañan de tés, café, chocolate y licores, en un sinfín de combinaciones que sin azahar se presentan a la mesas para deleitar y satisfacer a los comensales, que, tras bambalinas, siempre encuentran el vino, ese anzuelo dionisiaco que suele disfrutar aquel que husmea en búsqueda de verdades.

Las Memorias de cocina y bodega, cuyo objetivo primero es apuntalar la sensualidad de las distintas cocinas, dejan entrever un trasfondo repleto de erudición, donde la gula, condenada por el Arcipreste de Talavera, no es más que una ‘censura del pecado que más bien hace de incentivo’

Precisamente en este recorrido, que dispone guías, notas, procedimientos, libros, autores y anécdotas, y que brinca de la complejidad de las recetas borgoñonas a la sencillez del aperitivo, mientras recorre restaurantes en las calles parisienses lo mismo que fondas en en las callejuelas de Madrid y compara la comida contemporánea con aquella que sólo es aproximable por medio de los libros de historia, filosofía y literatura, pues describe los banquetes de otras épocas, como la grecorromana o la prehispánica, caí en cuenta que la literatura, como el mismo Reyes dice: “siempre anda mezclada con la gastronomía”.

Entonces, sólo entonces, comprendí que no hay forma de diseccionar una obra tan basta, una obra, que según el homenajeado, cuando el Fondo de Cultura Económica le ofreció publicar sus obras completas en 1955, busca “realizar el ideal de toda carrera humana, de toda verdadera conducta, que es acercarse a la unidad cuando sea posible, venciendo así el asalto de la incoherencia y de los azares que por todas partes asedian”.

Por eso, si se observa de cerca lo que Reyes dispone para la mesa, se puede apreciar la forma en que el escritor también se aproxima a las ideas. La manera apasionada de experimentar, de probar nuevos sabores y tratar viejas recetas. El laboratorio gastronómico es análogo al resto de su obra, pues nos invita a imaginar, a soñar un mundo especiado donde no se encuentran en pugna, como muchos suelen pensar, la vida práctica y la vida del espíritu.

De hecho, Reyes, que nunca dejó de perseguir cierto ideal apunta: “Todo empeño por partir artificialmente la unidad fundamental del ser humano tiene consecuencias funestas: arruina a las sociedades y entristece a los individuos. Por encima de todas las especialidades y profesiones limitadas a que nos obliga la complejidad de la época, hay que salvar aquella que Guyau y Rodó han llamado la ‘profesión general de hombre’”.

Líneas que describen su trabajo y su vida, que pasaba de literatura a la diplomacia, que surcan por los ríos de la filosofía lo mismo que de la lingüística, pero, sobre todo, porque plasman a la perfección al hombre de acción, al que impulsa instituciones –como El Colegio de México y El Colegio Nacional–, y al hombre que se deja llevar por pesquisas de la inteligencia, el curioso explorador de la condición humana, el lector de clásicos griegos, ingleses, franceses, etcétera. Por un lado, el que, explotando las relaciones con sus contemporáneos, planea y establece las directrices de la cultura mexicana para todo el siglo XX; por otro, el que se abandona a los placeres de otros rubros que parecen más banales, pero que, como él mismo ha probado, no lo son: el cine, el teatro y la comida.

Unidas estas dos facetas, en un espíritu tan grande como el de Reyes, son el mejor ejemplo de la figura del creador. Pues a sesenta años de distancia, a pesar de su ausencia, vemos cómo su obra, el compendio de su obra, la que abarca sus escritos y las instituciones, sigue teniendo una vigencia que ninguna persona en sus cinco sentidos se atrevería a poner en cuestión. Y esto, con sus palabras, pasa porque: “Es propio de las ideas fecundas crecer solas, ir más allá de la intención del que las concibe, y alcanzar a veces desarrollos inesperados. La verdadera creación consiste en esto: la criatura se arranca de su creador y empieza a vivir por cuenta propia”. Así es la obra de Reyes.

Mi admiración por el Centauro, en gran medida, como profesor que soy, se fundamenta en su capacidad para absorber cultura de todas partes y, además, de transmitir ese conocimiento con una facilidad didáctica de regreso a sus lectores

No hablo de sencillez, pero sí de un tonelaje innato, ya como guía que se sabe poseedor de cualidades que son ajenas al resto, ya como erudito con ansias de compartir su conocimiento. Por eso no extrañan las interminables referencias, los recetarios, los santos y seña que va dejando como migajas en el bosque para todos aquellos que nos aventuramos por las páginas que ha dispuesto para nuestro disfrute y cultivo.

También estoy seguro que, si rondara por nuestros días, al cine y a la literatura, agregaría los rubros de las series y los cómics, porque para Reyes, todo es cultura. Cualidad que desarrolló porque, cómo encontró al estudiar a Sor Juana, las distintas disciplinas se ayudan entre sí para tener un mejor entendimiento. Es en el nexo interdisciplinario donde hay mayor fecundidad para el pensamiento y la creatividad. Además, tenía una capacidad de encontrar en los polvorientos libros semejanzas con la actualidad, porque la actualidad, la vida, eran lo más relevante.

Así, la elocuencia de su pensamiento apuesta constantemente por un equilibrio, un equilibrio, al que debemos aspirar todos, entre los placeres y la práctica, entre el pensar y el hacer; porque el camino al que lleva el desequilibrio, “sólo conduce a los pueblos y a los hombres a una manera de desnutrición y de escorbuto”. Por eso, no nos debe extrañar que nos exhorte: “Cuidemos, sí, cuidemos de apretar la tuerca que representa nuestro oficio práctico, pero no olvidemos la otra tuerca, la que nos prende del universo”.

También por eso, hoy más que nunca, en un mundo donde la cultura parece subordinarse a la practicidad, a los favores personales, a las deudas políticas, debemos seguir el ejemplo que nos dejó Alfonso Reyes, y zambullirnos en su obra y perseguir el ideal. El ideal que tiene como ejes rectores el sentido humanista, el compromiso intelectual y la preocupación ética… sí, pero a la par del disfrute y el goce: vivir y perseguir la felicidad y la completitud.

Al final, las respuestas que me ofrecieron mis amigos, colegas y profesores y que parecían no ayudar en nada, en realidad lo decían todo, pues en el trasfondo de éstas había una verdad ineludible: a todos aquellos que transitamos por el sendero de la cultura mexicana nos es familiar el nombre de Alfonso Reyes. Y nos es familiar a pesar de que el nombre resuena con cierto grado de misticismo, lejos, a lo alto de las copas de los árboles que esbozaban a principio de siglo los versos torrianos, porque el personaje y su obra se cruzan constantemente en nuestro camino. Porque, a pesar de los años, no hay canas que delaten su edad.

Festejamos al hombre y sus logros, con la misma coherencia con la que él se paseó por la vida: desbordados de pasión y admiración

No hay mejor manera de celebrar al Centauro que con un banquete y un brindis, y con compañeros que disfrutan de la cultura en todas sus manifestaciones. Porque “la cultura es una función unificadora” y porque “los fenómenos se estudian y se describen por partes, pero existen en manera de continuidad”.

Ahora, cabe decir que, aun después de todo este periplo reflexivo sobre mis incertidumbres, no sabía qué escribir en la carta de felicitación para el homenajeado. Asaltado por una duda sincera de que no se me vuelva a invitar a este tipo de eventos, me decidí por lo siguiente:

 

Para Alfonso Reyes, en su cumpleaños ciento treinta:

Te celebramos, Centauro de las letras, a ti y a tu obra: eres un chingón.

 

  • Ilustración: Santiago Caruso